lunes, 8 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción de María

lunes, 3 de marzo de 2014

Fe

Aquel que pierde dinero pierde mucho
aquel que pierde un amigo pierde mas
aquel que pierde la fe en DIOS lo pierde todo.




jueves, 20 de febrero de 2014

El Papa Francisco responde a los que se confiesan “sólo con Dios”

Foto ACI Prensa
Foto ACI Prensa
VATICANO, 19 Feb. 14 / 10:05 am (ACI/EWTN Noticias).- En su catequesisde esta mañana en la Plaza de San Pedro ante miles de fieles presentes, el Papa Francisco explicó la importancia y la necesidad de confesarse; y respondió a los que creen erradamente que basta confesarse “solamente con Dios” sin acudir a un sacerdote.
El Santo Padre comentó en su alocución que “alguno puede decir: ‘Yo me confieso solamente con Dios’. Sí, tú puedes decir a Dios: ‘Perdóname’, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote”.
“‘Pero, padre, ¡me da vergüenza!’. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un ‘senza vergogna’ un ‘sinvergüenza’. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona”.
El Papa resaltó luego que “desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas –también la vergüenza– pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión”.
“Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice no está bien. El ícono bíblico que los representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos”.
El Pontífice explicó luego que el sacramento de la Confesión, Reconciliación o Penitencia tiene su origen en la Pascua del Señor cuando Jesús sopla sobre los discípulos y dice “los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”. “Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento. Sobre todo, el hecho que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: ‘Yo me perdono los pecados’; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos perdón a Jesús”.
“El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado”.
En segundo lugar, prosiguió el Papa, “nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y ésto lo hemos sentido todos, en el corazón, cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza. Y cuando sentimos el perdón de Jesús, ¡estamos en paz! Con aquella paz del alma tan bella, que sólo Jesús puede dar, ¡sólo Él!”
“Es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana”.
El Santo Padre hizo luego una pregunta para ser respondida en el corazón: “¿cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y cada uno se diga a sí mismo: ¿cuándo ha sido la última vez que yo me he confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia delante, que el sacerdote será bueno. Está Jesús, allí, ¿eh? Y Jesús es más bueno que los curas, y Jesús te recibe. Te recibe con tanto amor. Sé valiente, y adelante con la Confesión”.
“Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos aquella bella, bella Parábola del hijo que se fue de casa con el dinero de su herencia, despilfarró todo el dinero y luego, cuando ya no tenía nada, decidió regresar a casa, pero no como hijo, sino como siervo”.
El Papa Francisco dijo finalmente que el hijo efectivamente sentía culpa y vergüenza, “y la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar y a pedir perdón, el Padre no lo dejó hablar: ¡lo abrazó, lo besó e hizo una fiesta! Y yo les digo, ¿eh? ¡Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta! Vayamos adelante por este camino. Que el Señor los bendiga”.

lunes, 20 de enero de 2014

No retiraremos los crucifijos


A los que odian a Dios, el crucifijo les duele. Saben que la Cruz es signo de la victoria de Cristo y no están dispuestos a tolerarlo. Quieren convertir a Dios en el gran ausente; quieren sacarlo de las calles, de los hospitales, de los colegios, de la universidad. Lo que ha pasado con la exposición sobre la vida y obra de la Madre Teresa de Calcuta, es muy significativo. Unos han declarado sentirse ofendidos por los símbolos religiosos y otros los han retirado para no ofender.

Lo cierto es que la Iglesia de hoy no necesita católicos tibios, cumplidores de preceptos que se conformen con ser tan buenos y tan políticamente correctos que retiren crucifijos de una exposición que versa sobre la vida de una santa de la iglesia. Un absurdo y un contrasentido.

No se trata de imponer nada, sino de proclamar nuestro derecho a ser testigos de Cristo y a manifestarlo públicamente. Por negarse a quitar un crucifijo, más de un cristiano ha dado su vida. Recuerdo ahora el caso de Helen Kafka, una religiosa Franciscana de la Caridad de Viena, que en 1938 desobedeció el mandato nazi de quitar los crucifijos del hospital en el que trabajaba, por lo que fue arrestada y condenada a muerte.

No, no podemos retirar los crucifijos porque a quien nosotros predicamos es precisamente "a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 23).
Fuente:http//eligelavidanet.com.es

lunes, 13 de enero de 2014

LA BELLEZA

La belleza es algo que no se refleja en la fachada. Hay muchas personas bellas que luego resulta que no lo son. Sin embargo, en la madurez, cuando lo físico empieza a menguar, reluce una belleza que con el tiempo crece y se hace más bella.

Y es que la belleza no radica en el aspecto, sino que se esconde dentro del corazón. Se hace difícil verla, porque es algo tan valioso que no se lleva como un cartel publicitario. Así como la fachada luce, refleja y resplandece, la belleza permanece oculta y sale sólo en los momentos que es provocada.
 
Ocurre que pronto, la fachada, expuesta a la intemperie, sufre el deterioro de las inclemencias del tiempo. Más la belleza, guardada en lo más profundo del corazón, se hace cada día más bella. Descubrir la belleza no es tarea fácil. Lleva tiempo y paciencia, pero sobre todo mucha conversación y espacios de compartir y apurar situaciones que la ponga a prueba. A veces es el tiempo quien la descubre, como la fruta que cae, por madura del árbol que la sostiene.
 
Pero vale la pena esperar, porque la belleza nunca muere, siempre está joven y reluciente. Por eso, cuando se descubre la belleza, el amor nunca muere.