miércoles, 28 de abril de 2010

No inquietarse con el futuro.



Mensaje de confianza
No inquietarse con el futuro
Dios provee nuestras necesidades. “No os inquietéis”, dice el Señor.
¿Cuál será el exacto sentido de ese consejo?
¿Para obedecer la dirección del Maestro, debemos ser completamente negligentes en el cuidado de los asuntos temporales?
No dudamos que la gracia puede pedir, a veces, a ciertas almas, el sacrificio de una pobreza estricta y de un total abandono a la Providencia. Es necesario dejar constancia, sin embargo, de lo poco frecuentes que son esas vocaciones. Todos los demás, comunidades religiosas o individuos, poseen bienes; deben administrarlos prudentemente.
El Espíritu Santo alaba a la mujer fuerte que supo gobernar bien su casa. En el Libro de los Proverbios nos la muestra levantándose muy temprano para distribuir a los criados la tarea cotidiana y trabajando también con sus propias manos. Nada escapa a su vigilancia. Los suyos nada tienen que temer: encontrarán todos, gracias a su previsión, lo necesario, lo agradable e incluso cierto lujo moderado. Sus hijos la proclaman bienaventurada y su marido le exalta las virtudes.
La Verdad no habría alabado tan magníficamente a esa mujer, si ella no hubiese cumplido su deber.
No nos aflijamos; aunque ocupándonos razonablemente de los quehaceres, no nos dejemos dominar por la angustia de sombrías perspectivas futuras y contemos, sin vacilaciones, con el socorro de la Providencia.
Nada de ilusiones: una confianza así supone una gran fuerza de alma. Hemos de evitar un doble escollo: la falta y la demasía. Aquel que, por negligencia, se desinteresa de sus obligaciones y de sus negocios no puede, sin tentar a Dios, esperar un auxilio excepcional del Cielo. Aquel que da a las preocupaciones materiales el primer lugar de sus preocupaciones, aquel que cuenta menos con Dios que consigo mismo, se engaña aún más crasamente; así roba al Altísimo el lugar que por derecho le cabe en nuestra vida.
“In medio stat virtus”: entre esos dos extremos se encuentra el deber.
Si nos ocupamos prudentemente de nuestros intereses, la aflicción por el futuro será por desconocimiento y menosprecio del Poder y de la Bondad de Dios.
Durante los muchos años en que San Pablo, el Ermitaño, vivió en el desierto, un cuervo le traía, cada día, medio pan. Pues bien, sucedió que San Antonio fue a visitar al ilustre solitario. Conversaron largamente los dos santos, olvidados en sus piadosas meditaciones de la necesidad del alimento. Pensaba en ellos, sin embargo, la Providencia: el cuervo vino, como de costumbre, pero trayendo esta vez ¡un pan entero! El Padre celestial creó todo el Universo con una sola palabra; ¿podría acaso serle difícil socorrer a sus hijos en la hora de la necesidad?
San Camilo de Lellis se había endeudado para socorrer a los enfermos pobres. Los religiosos se alarmaban. “Jamás se debe dudar de la Providencia”, les decía el santo para tranquilizarlos. ¿Será difícil a Nuestro Señor darnos un poco de esos bienes con los que colmó a los judíos y a los turcos, enemigos unos y otros de nuestra fe?”. La confianza de Camilo no fue defraudada; un mes después, uno de sus protectores le legaba, al morir, una suma considerable.
Afligirse con el futuro es desconfianza que ofende a Dios y provoca su cólera.
Cuando los hebreos, huyendo de Egipto, se vieron perdidos en las arenas del desierto, se olvidaron de los milagros que Jehová había hecho en su favor. Tuvieron miedo, murmuraron: “¿Podrá acaso Dios poner mesa en el desierto?” “¿Podrá acaso darnos pan y poner una mesa a su pueblo?” Esas palabras irritaron al Señor. Lanzó contra ellos el fuego del cielo. Su cólera cayó sobre Israel, “porque no creyeron en Dios ni esperaron de Él la salvación”
Nada de aflicciones inútiles: el Padre vela por nosotros.


De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

lunes, 26 de abril de 2010

La juventud divino tesoro.

Cada vez en la Iglesia , aumentan los jovenes, descubriendo que la alegria, la paz y el seguimiento del Evangelio, le dan un sentido a sus Vidas, que el Mundo no les puede dar con sus vanidades pasajeras.

viernes, 23 de abril de 2010

PUNTO 3 de Retrato de un hombre que acaba de morir.


PUNTO 3
En esta pintura de la muerte, hermano mío, reconócete a ti mismo, y mira lo que algún día vendrás a ser: Acuérdate de que eres polvo y el polvo te convertirás. Piensa que dentro de pocos años, quizá dentro de pocos meses o días, no serás más que gusanos y podredumbre. Con tal pensamiento se hizo Job (17, 14) un gran santo. A la podredumbre dije: Mi padre eres tú, y mi madre y mi hermana a los gusanos.
Todo ha de acabar. Y si en la muerte pierdes tu alma, todo estará perdido para ti. Considérate ya muerto –dice San Lorenzo Justiniano–, pues sabes que necesariamente has de morir. Si ya estuvieses muerto, ¿qué no desearías haber hecho?... Pues ahora que vives, piensa que algún día muerto estarás.
Dice San Buenaventura que el piloto, para gobernar la nave, se pone en el extremo posterior de ella. Así, el hombre, para llevar buena y santa vida, debe imaginar siempre que se halla en la hora de morir. Por eso exclama San Bernardo: Mira los pecados de tu juventud, y ruborízate; mira los de la edad viril, y llora; mira los últimos desórdenes de la vida, y estremécete, y ponles pronto remedio.
Cuando San Camilo de Lelis se asomaba a alguna sepultura, decíase a sí mismo: “Si volvieran los muertos a vivir, ¿qué no harían por la vida eterna? Y yo, que tengo tiempo, ¿qué hago por mi alma?...” Por humildad decía esto el Santo; mas tú, hermano mío, tal vez con razón pudieras temer el ser aquella higuera sin fruto de la cual dijo el Señor: Tres años que vengo a buscar fruto a esta higuera, y no le hallo (Lc. 13, 7).
Tú, que estás en el mundo más de tres años ha, ¿qué frutos has producido?.. . Mirad –dice San Bernardo– que el Señor no busca solamente flores, sino frutos; es decir, que no se contenta con buenos propósitos y deseos, sino que exige santas obras.
Sabe, pues, aprovecharte de este tiempo que Dios, por su misericordia, te concede, y no esperes para obrar bien a que ya sea tarde, al solemne instante en que se te diga: ¡Ahora! Llegó el momento de dejar este mundo. ¡Pronto!... Lo hecho, hecho está.

AFECTOS Y SÚPLICAS
Aquí me tenéis, Dios mío; yo soy aquel árbol que desde muchos años ha merecía haber oído de Vos estas palabras: Córtale, pues ¿para qué ha de ocupar terreno en balde?... (Lc. 13, 7). Nada más cierto, porque en tantos años como estoy en el mundo no os he dado más frutos que abrojos y espinas de mis pecados...
Mas Vos, Señor, no queréis que yo pierda la esperanza. A todos habéis dicho que quien os busca os halla (Lc. 11, 9). Yo os busco, Dios mío, y quiero recibir vuestra gracia. Aborrezco de todo corazón cuantas ofensas os he hecho, y quisiera morir por ellas de dolor.
Si en lo pasado huí de Vos, más aprecio ahora vuestra amistad que poseer todos los reinos del mundo. No quiero resistir más a vuestro llamamiento. Ya que es voluntad vuestra que del todo me dé a Vos, sin reserva a Vos me entrego todo... En la cruz os disteis todo a mí. Yo me doy todo a Vos.
Vos, Señor, habéis dicho: Si algo pidiereis en mi nombre, Yo lo haré (Jn. 14, 14). Confiado yo, Jesús mío, en esta gran promesa, en vuestro nombre y por vuestros méritos os pido vuestra gracia y vuestro amor. Haced que de ellos se llene mi alma, antes morada de pecados.
Gracias os doy por haberme inspirado que os dirija esta oración, señal cierta de que queréis oírme. Oídme, pues, ¡oh Jesús mío!, concededme vivo amor hacia Vos, deseo eficacísimo de complaceros y fuerza para cumplirle... ¡Oh María, mi gran intercesora, escuchadme Vos también, y rogad a Jesús por mí!

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

miércoles, 21 de abril de 2010

PUNTO 2 de Retrato de un hombre que acaba de morir.


PUNTO 2
Mas para ver mejor lo que eres, cristiano –dice San Juan Crisóstomo–, ve a un sepulcro, contempla el polvo, la ceniza y los gusanos, y llora. Observa cómo aquel cadáver va poniéndose lívido, y después negro. Aparece luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y repugnante, de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda, que cae por la tierra.
Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos, que se nutren de la misma carne, a los cuales, a veces, se agregan las ratas para devorar aquel cuerpo, corriendo unas por encima de él, penetrando otras por la boca y las entrañas. Cáense a pedazos las mejillas, los labios y el pelo; descárnase el pecho, y luego los brazos y las piernas.
Los gusanos, apenas han consumido las carnes del muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel cuerpo no queda, finalmente, más que un fétido esqueleto, que con el tiempo se deshace, separándose los huesos y cayendo del tronco la cabeza. Reducido como a tamo de una era de verano que arrebató el viento... (Dn. 2, 35). Esto es el hombre: un poco de polvo que el viento dispersa.
¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien llamaban alma y encanto de la conversación? Entrad en su morada; ya no está allí. Visitad su lecho; otro lo disfruta. Buscad sus trajes, sus armas; otros lo han tomado y repartido todo. Si queréis verle, asomaos a aquella fosa, donde se halla convertido en podredumbre y descarnados huesos...
¡Oh Dios mío! Ese cuerpo alimentado con tan delicados manjares, vestido con tantas galas, agasajado por tantos servidores, ¿se ha reducido a eso?
Bien entendisteis vosotros la verdad, ¡oh Santos benditos!, que por amor de Dios –fin único que amasteis en el mundo– supisteis mortificar vuestros cuerpos, cuyos huesos son ahora, como preciosas reliquias, venerados y conservados en urnas de oro. Y vuestras almas hermosísimas gozan de Dios, esperando el último día para unirse a vuestros cuerpos gloriosos, que serán compañeros y partícipes de la dicha sin fin, como lo fueron de la cruz en esta vida.
Tal es el verdadero amor al cuerpo mortal; hacerle aquí sufrir trabajos para que luego sea feliz eternamente, y negarle todo placer que pudiera hacerle para siempre desdichado.

AFECTOS Y SÚPLICAS
¡He aquí, Dios mío, a qué se reducirá este mi cuerpo, con que tanto os he ofendido: a gusanos y podredumbre! Mas no me aflige, Señor; antes bien, me complace que así haya de corromperse y consumirse esta carne, que me ha hecho perderos a Vos, mi sumo bien. Lo que me contrista es el haberos causado tanta pena por haberme procurado tan míseros placeres.
No quiero, con todo, desconfiar de vuestra misericordia. Me habéis guardado para perdonarme (Is. 30, 18), ¿no querréis, pues, perdonarme si me arrepiento?. ..
Me arrepiento, sí, ¡oh Bondad infinita!, con todo mi corazón, de haberos despreciado. Diré, con Santa Catalina de Génova: Jesús mío, no más pecados, no más pecados. No quiero abusar de vuestra paciencia. No quiero aguardar para abrazaros a que el confesor me invite a ello en la hora de la muerte. Desde ahora os abrazo, desde ahora os encomiendo mi alma.
Y como esta alma mía ha estado tantos años en el mundo sin amaros, dadme luces y fuerzas para que os ame en todo el tiempo de vida que me reste. No esperaré, no, para amaros, a que llegue la hora de mi muerte. Desde ahora mismo os abrazo y estrecho contra mi corazón, y prometo no abandonaros nunca... ¡Oh Virgen Santísima!, unidme a Jesucristo y alcanzadme la gracia de que jamás le pierda.

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

martes, 20 de abril de 2010

Retrato de un hombre que acaba de morir.



Lectura espiritual
CONSIDERACIÓN PRIMERA
Retrato de un hombre que acaba de morir
Polvo eres y en polvo te convertirás
Gn. 3, 19
PUNTO 1
Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal. 14, 11). A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).
Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar. Mira aquél cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo ve!... ¡Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo!
Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso cuando comienza a descomponerse. .. Ni un día ha pasado desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes, y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino para que despida más insufrible fetidez, dice un autor.
¡Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio, aquel deshonesto!. .. Poco ha, veíase acogido y agasajado en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de la casa, y pagan portadores para que, encerrado en su ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).
Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia con grandes riquezas. Contrístanse algunos, porque la vida del que murió les era provechosa; alégranse otros, porque esa muerte puede serles útil.
Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus deudos más allegados no quieren que de él se les hable, por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto, no falta un pariente que diga: “¡Por caridad, no me lo nombréis más!”
Considera que lo que has hecho en la muerte de tus deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran. Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y muy luego parece como que su muerte los regocija. En aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro, y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán, como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos... Y tu alma, ¿dónde estará entonces?


AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Gracias mil os doy, oh Jesús y Redentor mío, porque no habéis querido que muriese cuando estaba en desgracia vuestra! ¡Cuántos años ha que merecía estar en el infierno!... Si hubiera muerto en aquel día, en aquella noche, ¿qué habría sido de mí por toda la eternidad?.. . ¡Señor!, os doy fervientes gracias por tal beneficio.
Acepto mi muerte en satisfacción de mis pecados, y la acepto tal y como os plazca enviármela. Mas ya que me habéis esperado hasta ahora, retardadla un poco todavía. Dadme tiempo de llorar las ofensas que os he hecho, antes que llegue el día en que habéis de juzgarme (Jb. 10, 20).
No quiero resistir más tiempo a vuestra voz... ¡Quién sabe si estas palabras que acabo de leer son para mí vuestro último llamamiento! Confieso que no merezco misericordia. ¡Tantas veces me habéis perdonado, y yo, ingrato, he vuelto a ofenderos! ¡Señor, ya que no sabéis desechar ningún corazón que se humilla y arrepiente, ved aquí al traidor que, arrepentido, a Vos acude! Por piedad, no me arrojéis de vuestra presencia (Sal. 50, 13).
Vos mismo habéis dicho: Al que viniere a mí no le desecharé. Verdad es que os he ofendido más que nadie, porque más que a nadie me habéis favorecido con vuestra luz y gracia. Pero la sangre que por mí habéis derramado me da ánimos y esperanza de alcanzar perdón si de veras me arrepiento.. . Sí, bien sumo de mi alma; me arrepiento de todo corazón de haberos despreciado.
Perdonadme y concededme la gracia de amaros en lo sucesivo. Basta ya de ofenderos. No quiero, Jesús mío, emplear en injuriaros el resto de mi vida; quiero sólo invertirle en llorar siempre las ofensas que os hice, y en amaros con todo mi corazón. ¡Oh Dios, digno de amor infinito!... ¡Oh María, mi esperanza, rogad a Jesús por mí!

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

jueves, 15 de abril de 2010

Un asesino camino de los altares.

La persecución.


Un signo de que nos estamos acercando al Fin de los Tiempos es el recrudecimiento de la persecución. A través de los medios de comunicación social se está atacando a la Iglesia y al Papa, como previo trámite para una persecución sangrienta. No hay que tener miedo porque el que tenga que dar su sangre por Cristo, estará fortalecido por el Señor, que no lo dejará solo y, como a todos los mártires, lo ayudará con su gracia y su poder. Porque los mártires no habrían podido resistir las torturas si el Señor no los hubiera sostenido. Entonces vivamos tranquilos, sin inquietarnos por nada, en paz y rezando mucho. Consagrémonos al Corazón Inmaculado de María si todavía no lo hemos hecho, y preparémonos a la persecución y al contraataque, porque tiene que cumplirse en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia Católica, algo similar a lo que sucedió en el cuerpo de Cristo, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección. La Iglesia, como Esposa del Cordero, debe pasar horas semejantes a las de su Esposo divino. No perdamos el ánimo y confiemos en Dios y en su Madre, que en los momentos difíciles estarán junto a nosotros.

¡Ven Señor Jesús!

miércoles, 14 de abril de 2010

Confesión frecuente.


No esperamos a estar cubiertos de barro e inmundicia para bañarnos, sino que nos bañamos regularmente. Así también debe suceder con la confesión con el sacerdote. No hay que esperar a cometer un pecado mortal para ir a confesarnos, sino que debemos confesarnos regularmente, al menos una vez por mes, confesando los pecados veniales, si es que, gracias a Dios, no cometimos pecados graves.

Porque en la confesión se reciben gracias y fuerza para seguir en el camino hacia la santidad, y este sacramento nos va curando las heridas del alma, las consecuencias que nos han dejado los pecados pasados ya perdonados.

A veces nos cuesta ir a confesarnos, porque esto requiere un acto de humillación al tener que decir las culpas y pecados al sacerdote. Pero justamente esto es lo importante, porque ya lo dice el Señor que quien se humilla, será ensalzado; y nosotros, humillándonos ante el representante del Señor, que es el sacerdote, recibimos no solo el perdón de los pecados, sino que somos colocados en un grado más elevado de santidad.

En cada confesión bien hecha, el Señor derrama su sangre preciosa sobre nuestras almas, y nos recubre con su misericordia infinita.

Debemos confesarnos de forma urgente si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal. Tenemos que hacer así: Si por desgracia cometemos un pecado grave o mortal, al momento siguiente de haberlo cometido tenemos que hacer un acto de contrición con el firme propósito de ir a confesarnos con el sacerdote cuanto antes podamos.

El acto de contrición debe ser un pedir perdón a Dios porque le hemos causado dolor con nuestro pecado, porque con nuestro pecado lo hemos vuelto a crucificar. Entonces ya si morimos en ese estado, antes de confesarnos, igual nos salvaremos porque no estamos ya en pecado, pero siempre y cuando no dejemos de ir a confesarnos con el sacerdote cuanto antes.

Porque lo importante es no permanecer ni un momento en pecado mortal, pues si morimos en ese estado, nos condenamos para siempre en el Infierno.

Recordemos el dicho que dice: “Pecador no te acuestes nunca en pecado, no sea que despiertes ya condenado”.

Así que si tenemos la gran desgracia de cometer un pecado grave, inmediatamente hagamos un acto de contrición, es decir, pedir perdón a Dios porque nos duele haberle ofendido tanto, y tratemos de confesarnos cuanto antes con el sacerdote.

Busquemos un buen sacerdote para confesarnos, porque si bien todos los sacerdotes tienen el poder de perdonar los pecados, hoy lamentablemente hay muchos sacerdotes que no están en la buena doctrina y ya no consideran como pecados los que realmente siguen siendo pecados. Esta es una lamentable realidad, y sucede a veces que cuando uno se va a confesar de un pecado, por ejemplo de impureza, a veces se encuentra con que el sacerdote le dice que eso no es pecado. ¡Qué barbaridad! Esto es parte de la oscuridad que ha sembrado el demonio dentro de la Iglesia.

Así que sepamos que todos los sacerdotes perdonan los pecados, pero no todos nos pueden aconsejar bien. Busquemos un sacerdote santo y prudente para abrirle nuestro corazón.

martes, 13 de abril de 2010

Jesús se esconde.


Jesús ha resucitado, y a partir de entonces le gusta aparecerse con otra forma y otro aspecto. Lo vemos con los discípulos de Emaús, caminando con ellos pero sin darse a conocer. Lo vimos también al encontrar a la Magdalena llorando fuera del sepulcro, y ella no lo reconoció. Esta es una enseñanza para nosotros, que en el Santísimo Sacramento vemos solo pan. Pues bien, Jesús está escondido en ese aparente pan. También Jesús se esconde en el hermano, especialmente en el que sufre o está necesitado. Él camina a nuestro lado en forma invisible, y en los momentos más difíciles de nuestro camino, Él nos lleva en sus brazos. ¡Es Jesús! ¡Es el Amor! ¡Es la Misericordia del Padre! Por eso ¡qué gran amor debemos tener al Señor, que está constantemente con nosotros y se “esconde” bajo esos aspectos! ¡Qué delicadeza y amor debemos tener con todos nuestros hermanos, sabiendo que Jesús está escondido en cada uno de ellos, porque ya Jesús nos dijo en su Evangelio que lo que hacemos al más pequeño sus hermanos se lo hacemos a Él mismo! Entonces, a partir de hoy, miremos la realidad con otros ojos, con los ojos de la Fe, viendo a Jesús que camina con nosotros y está en el prójimo, especialmente en el que sufre y es más necesitado de ayuda material o espiritual.
¡Alabado sea Jesucristo!

lunes, 12 de abril de 2010

Hipocresía.


Nada recalca tanto el Evangelio como el tener cuidado con la hipocresía y no imitar a los doctores de Israel que gustaban de aparentar lo que no eran. Pero hoy sucede algo parecido con los teólogos que se oponen al Papa y enseñan lo que les da la gana, sin tener en cuenta la Tradición ni el Magisterio de la Iglesia. Hay que cuidarse de ellos como de la peste, porque con sus doctrinas erróneas seducen a muchos y los arrastran al error. Nosotros recordemos siempre que la Verdad es simple, porque Dios es simple; el hombre es el que complica todo, y mucho más los teólogos presuntuosos que quieren pasar por sabios y no son más que unos herejes. Éstos tendrán un juicio muy riguroso, porque usaron la religión para ensalzarse ellos y pusieron las cosas del Señor a su propio servicio, y no se pusieron ellos mismos al servicio del Señor. Que no nos suceda esto a nosotros, y siempre rectifiquemos nuestra intención. Y preguntémonos frecuentemente si estamos sirviendo a Dios y a los hermanos, o nos estamos sirviendo a nosotros mismos, poniendo los intereses de Dios a nuestros pies, y no nosotros a los pies de Dios.

jueves, 8 de abril de 2010

Ya no estoy sola.


Hace más de 12 años que estoy viuda, y cada día que pasa quiero más a mi marido. Le digo Te quiero, y le doy gracias por los más de 30 años que estuvimos juntos. Todo nos hacía ilusión si lo haciamos juntos: rezábamos, paseábamos, íbamos a bailar...Jamás nos aburríamos. Como es lógico, alguna vez discutíamos, pero siempre aclarábamos las cosas antes de dormirnos. Estoy harta de oír y de leer en los medios de comunicación que el amor no es eterno. Aquí tenéis una excepción. Cada día doy gracias a Dios por haber conocido un cielo anticipado en la tierra. Soy muy creyente, y cuando tengo un bajón, entro en una Iglesia y, junto al sagrario, encuentro también a mi marido, y salgo renovada. El otro día volví a mi visita al sagrario y me quejé de que me encontraba sola, que necesitaba su mano entre las mias...Y de pronto creí escuchar una voz silenciosa que decía: Pero tonta, ¿no notas que soy Yo el que ahora te lleva de la mano?

Margarita Boned (Madrid).

Semanario Católico de Información: ALFA y OMEGA. nº684/08-04-2010.

Concédenos llevar con amor nuestra cruz.



Queremos sentirnos participes del sufrimiento de Jesús, compartiendo su Pasión en nuestra vida, en la vida de la Iglesia, para la vida del mundo; porque sabemos que , precisamente en la Cruz, en el Amor sin limites que se entrega totalmente, está la fuente de la gracia, de la liberación, de la paz, de la salvación.Nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras que parecen marcar el derrumbe de todo , quedan iluminados por la esperanza. El acto de amor de la Cruz, confirmado por el Padre, y la luz fulgurante de la Resurrección, lo envuelve y lo transforma todo. De la traición puede nacer la amistad; de la renegación, el perdón; del odio, el amor.Concédenos, Señor, llevar con amor nuestra cruz, nuestras cruces cotidianas, en la certeza de que éstas están iluminadas con el fulgor de tu Pascua.

Semanario católico de información: ALFA y OMEGA, nº 684/08-04-2010.

miércoles, 7 de abril de 2010

La confianza en Dios y nuestras necesidades temporales.



Mensaje de confianza
CAPÍTULO III

Dios provee nuestras necesidades temporales
La confianza, ya lo hemos dicho, es una esperanza heroica: no difiere de la esperanza común a todos los fieles sino por el grado de perfección. Es ejercida pues, sobre los mismos objetos que aquella virtud, pero por medio de actos más intensos y vibrantes.
Así como la esperanza ordinaria, la confianza espera del Padre celestial todos los socorros necesarios para vivir santamente aquí en la tierra y merecer la bienaventuranza del Paraíso.
En primer lugar espera los bienes temporales, en la medida en que éstos nos pueden conducir al fin último.
Nada más lógico: no podemos conquistar el Cielo a la manera de los puros espíritus; somos compuestos de cuerpo y alma. Este cuerpo que el Creador formó con sus manos adorables es el compañero de nuestra existencia terrenal; y también lo será de nuestra suerte eterna, después de la resurrección de los muertos. No podemos prescindir de su asistencia en la lucha por la conquista de la bienaventuranza.
Ahora bien, para sostenerse, para cumplir plenamente sus tareas, el cuerpo tiene muchas exigencias. Esas exigencias es necesario que la Providencia las satisfaga; y Ella lo hace magníficamente.
Dios se encarga de proveer nuestras necesidades temporales; y cuida de ellas generosamente. Nos sigue con su mirada vigilante y no nos deja en la indigencia. En medio de las dificultades materiales, aunque sean angustiantes, no debemos perturbarnos. Con una tranquila seguridad, esperemos de las manos divinas lo que nos es necesario para el sostenimiento de la vida.
“Yo os digo –declara el Salvador- no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. Qué ¿no vale más la vida o el alma que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
Mirad cómo las aves del cielo, no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo?
Y, del vestido, ¿por qué preocuparos? , aprended de los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Pues Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¡no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe!
Así que no os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿qué beberemos? o ¿qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso, pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.
Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 25-26, 28-33).
No basta recorrer con los ojos estas palabras de Nuestro Señor. Es necesario que nos detengamos largamente para buscar su significación profunda y dejarse embeber por su doctrina.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

lunes, 5 de abril de 2010

"Ha Resucitado, no está aqui" (Mc,16,6)


“Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6)

La Vida triunfó sobre la muerte para siempre
Las armas victoriosas de Jesús son el amor, la humildad y la obediencia.
El enemigo arrogante, por matar al Siervo Doliente quedó el mismo vencido.
Se abre la tumba y se derrama sobre la tierra la misericordia.
Abranse los corazones a la misericordia
Todo está orientado nuevamente al Hijo que da vida ¡Vida eterna!.
En Cristo todo alaba al Padre
“¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Co 15,55)

Su Evangelio sacia plenamente el anhelo de paz y de felicidad que habita en todo corazón humano.
Cristo ahora está vivo y camina con nosotros.
¡Inmenso misterio de amor!

“Hoy el cielo y la tierra cantan ‘el nombre’ inefable y sublime del Crucificado resucitado.

Todo parece como antes, pero, en realidad,
nada es ya como antes.
Él, la Vida que no muere, ha redimido y vuelto a abrir a la esperanza a toda existencia humana.

‘Pasó lo viejo, todo es nuevo’ (2 Co 5, 17).

Todo proyecto y designio del ser humano, esta noble y frágil criatura, tiene hoy un nuevo ‘nombre’ en Cristo resucitado de entre los muertos,
Porque ‘en Él hemos resucitado todos’”.

Aleluya, Cristo ha Resucitado.


Él había de resucitar de entre los muertos ( Jn 20,1-9)

"El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto."
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo;
pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos".