jueves, 27 de mayo de 2010

La oración.




A través de la oración el alma se arma para enfrentar cualquier batalla. En cualquier condición en que se encuentre un alma, debe orar. Tiene que rezar el alma pura y bella, porque de lo contrario perdería su belleza; tiene que implorar el alma que tiende a la pureza, porque de lo contrario no la alcanzaría; tiene que suplicar el alma recién convertida, porque de lo contrario caería nuevamente; tiene que orar el alma pecadora, sumergida en los pecados, para poder levantarse. Y no hay alma que no tenga el deber de orar, porque toda gracia fluye por medio de la oración." (Santa Faustina Kowalska. Diario #146)

"No os despojéis nunca del amparo de la oración. Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente. No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.
La tierra tiene necesidad de un baño de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios." (María Santísima en la Obra de María Valtorta)

"El que reza se salva y el que no reza se condena." (San Alfonso María de Ligorio)

miércoles, 26 de mayo de 2010

La Misericordia de Nuestro Señor con los pecadores.


La Providencia, que alimenta al pequeño pájaro en las ramas, cuida de nuestro cuerpo. ¿Qué es, sin embargo, este miserable cuerpo? Una criatura frágil, un condenado a muerte al que aguardan los gusanos. En la loca carrera de la vida, creemos encaminarnos hacia los negocios o los placeres: cada paso dado nos aproxima del fin; nosotros mismos arrastramos nuestro cadáver al borde de la tumba.
Si Dios se ocupa así de cuerpos perecederos, ¿con qué solicitud no velará por las almas inmortales? Les prepara tesoros de gracias, cuya riqueza supera nuestra imaginación; les envía socorros superabundantes para su santificación y salvación.
Esos medios de santificación, que la Fe pone a nuestra disposición, no serán estudiados aquí.
Simplemente quiero dirigirme a las almas inquietas, que se encuentran con tanta frecuencia. Les mostraré, con el Evangelio en la mano, la inconsistencia de sus temores. Ni la gravedad de sus faltas, ni la multiplicidad de sus recaídas, ni sus tentaciones las deben abatir. Muy por el contrario, cuanto más sientan el peso de la propia miseria, tanto más deben apoyarse en Dios. ¡No pierdan la confianza! Sea cual fuere el horror de su estado, aunque hayan llevado durante mucho tiempo una vida desarreglada, con el socorro de la gracia podrán convertirse y elevarse a una alta perfección.
La misericordia de Nuestro Señor es infinita: nada la cansa, ni siquiera las faltas que nos parecen a nosotros las más degradantes y criminales. Durante su vida mortal, el Maestro acogía a los pecadores con una bondad verdaderamente divina; nunca les rehusó el perdón.

Llevada por el ardor de su arrepentimiento, sin preocuparse con las convenciones humanas, María Magdalena entra en la sala del banquete. Se postra a los pies de Jesús, los inunda de lágrimas. Simón, el fariseo, contempla esa escena con aire irónico: íntimamente se indigna. “Si este hombre fuese profeta –piensa- bien sabría lo que vale esa mujer. La expulsaría con desprecio...” Pero el Salvador no la rechaza. Le acepta los suspiros, el llanto, todas las señales sensibles de la humilde contrición. La purifica de sus pecados y la colma de dones sobrenaturales. Y el Corazón Sagrado desborda de una alegría inmensa, mientras que en lo alto, en el Reino de su Padre, los ángeles se rejubilan y lo alaban; un alma estaba perdida y hela aquí recuperada; esa alma estaba muerta y hela de nuevo restituida a la verdadera vida.
El Maestro no se contenta en recibir con mansedumbre a los pobres pecadores; llega hasta el punto de asumir su defensa. Y ¿no es ésa, pues, su misión? ¿Él no se constituyó “nuestro abogado”?
Trajeron un día a su presencia a una desgraciada, sorprendida en flagrante acto de su pecado. La dura Ley de Moisés la condena formalmente; la culpable debe morir en el lento suplicio de la lapidación. Los escribas y fariseos, sin embargo, esperan impacientes la sentencia del Salvador. Si perdona, los enemigos le censurarán por despreciar las tradiciones de Israel. ¿Qué hará?
Una sola palabra saldrá de sus labios; y esta palabra bastará para confundir a los orgullosos fariseos y salvar a la pecadora: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la primera piedra”.
Respuesta llena de sabiduría y misericordia. Oyéndola, esos hombres arrogantes enrojecen de vergüenza. Se retiran confusos, unos después de otros; los viejos son los primeros en huir.

“Y Jesús quedó solo con la mujer”
Jesús le pregunta: “¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado? Ella responde: “Ninguno. Señor”. Y Jesús prosigue: “¡Pues Yo tampoco te condeno! ¡Vete y desde ahora no peques más”.
Cuando no vienen a Él los pecadores, Jesús se lanza a su encuentro. Como el padre del pródigo, espera la vuelta del ingrato. Como el buen pastor, busca la oveja perdida; y, cuando la encuentra, la carga sobre los hombros divinos y la restituye ensangrentada al redil.
¡Oh! Él no le irritará aún más las heridas; las tratará como el buen samaritano, con el vino y el óleo simbólicos. Derramará sobre sus llagas el bálsamo de la penitencia; y, para fortificarla, le hará beber de su cáliz eucarístico.
Almas culpables, no tengan miedo del Salvador; fue especialmente para ustedes que Él descendió a la tierra. No repitan el grito de desesperación de Caín: “Mi maldad es tan grande, que no puedo yo esperar perdón”.
¡Eso sería desconocer el Corazón de Jesús!
Jesús purificó a la Magdalena y perdonó la triple negación de Pedro; abrió el Cielo al buen ladrón. En verdad, les aseguro: si Judas hubiese ido a Él después del crimen, Nuestro Señor lo habría acogido con misericordia.
¿Cómo, pues, no les perdonará también?

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

martes, 25 de mayo de 2010

Fidelidad al Espíritu Santo.


Si queremos ser santos, debemos encomendar esta tarea al Espíritu Santo, que es el Santificador, ya que es Él quien lleva a cabo la obra de santificación de nuestras almas.
Y en cuanto a nosotros, no se trata tanto de actuar y de hacer, sino de dejar actuar y dejar hacer al Espíritu Santo en nosotros, es decir, no ponerle obstáculos al Espíritu divino para que nos lleve a la cumbre de la perfección.
El Espíritu Santo siempre nos va inspirando cosas para hacer, y nos da la fuerza y la gracia para que las llevemos a cabo. Entonces nuestra santificación consistirá en ser fieles a esas gracias e inspiraciones, y así estaremos cumpliendo la voluntad de Dios, porque en eso consiste la santidad: en cumplir a la perfección la voluntad divina.
El primero que no quiso cumplir la voluntad divina fue Lucifer, que a pesar de conocer bien cuál era la voluntad de Dios, se rebeló.
Para poder cumplir bien la voluntad de Dios, pidamos ayuda a San Miguel Arcángel, que es el ejemplo de cumplimiento de dicha voluntad, y nos defenderá de las tentaciones del Maligno, que tratará de desviarnos del cumplimiento de nuestro deber, del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Si estamos en duda de si una inspiración viene de Dios, y no sabemos si realizarla o no, lo primero que tenemos que pensar es si es buena o no, porque si es mala, entonces no es de Dios. Pero si es buena y estamos dudosos, lo mejor es consultar con un director esclarecido o rezar más implorando que el Señor nos dé luz sobre ese punto. Porque Dios no deja librado al azar nada, y lo que comienza lo lleva a su término, aunque encuentre oposición.
Así que no debemos tener miedo, y confiar ciegamente en Dios, en su Bondad, porque Él es el Todopoderoso y no nos puede pasar nada que Él no quiera o permita, por lo cual debemos vivir tranquilos y felices, sabiendo que el Señor guía nuestra vida.

martes, 18 de mayo de 2010

Rezar por las necesidades temporales.


La confianza, como acabamos de describirla, no nos desobliga de la oración. En las necesidades temporales no basta esperar los socorros de Dios, es menester además pedírselos.
Jesucristo nos dejó en el Padrenuestro el modelo perfecto de la oración; ahí Él nos hace pedir el “pan de cada día”: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy”.
Con respecto al deber de la oración ¿no habrá frecuentemente negligencia nuestra? ¡Qué imprudencia y qué locura! Nos privamos así, por liviandad, de la protección de Dios, la única soberanamente eficaz. Los capuchinos, dice la leyenda, nunca murieron de hambre, porque recitan siempre piadosamente el Padrenuestro. Imitémoslos y el Altísimo no dejará que nos falte lo necesario.
Pidamos, pues, el pan cotidiano. Es una obligación que nos impone la fe y la caridad para con nosotros mismos. ¿Podremos, no obstante, elevar nuestras pretensiones y pedir también la riqueza?
Nada se opone a eso, siempre que esa oración se inspire en motivos sobrenaturales y quedemos sumisos a la voluntad de Dios. El Señor no prohíbe la expresión de nuestros deseos; por el contrario, quiere que actuemos filialmente con relación a Él. No esperemos, sin embargo, que Él se doblegue a nuestras fantasías; su Bondad a ello se opone. Dios sabe lo que nos conviene. Sólo nos concederá los bienes de la tierra si pueden servir para nuestra santificación.
Abandonémonos completamente a los designios de la Providencia y recitemos la oración del Sabio: “No me des ni pobreza ni riquezas, dame solamente lo necesario para vivir. No sea que, viéndome sobrado, me vea tentado a renegar y diga: ¿Quién es el Señor? O bien que, acosado de la necesidad, me ponga a robar y a perjurar el nombre de Dios”.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

sábado, 15 de mayo de 2010

Pedid y recibiréis.





Juan 16, 23-28. Pascua. Puedes ganar mucho si sabes orar en el nombre de Cristo, si no te dejas aplastar por el dolor o el fracaso.

Juan 16, 23-28 En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre.


Reflexión :
¿Para qué rezar, si no conseguimos nada? ¿Para qué rezar, si a veces sentimos un muro de soledad a nuestro alrededor? Puede ser que no recemos con fe, o que no pidamos lo que nos conviene. Santa Teresa del Niño Jesús escribía lo siguiente: "Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría" (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. autob. C 25r). Entonces sí vale la pena rezar, pues sólo se ve la luz en medio de la oscuridad cuando miramos hacia delante, cuando descubrimos que Cristo pasó antes que nosotros por la prueba de la cruz, y ahora está con Dios Padre, y nos espera, y nos prepara un lugar. También el cristiano puede ganar mucho si sabe orar en el nombre de Cristo, si no se deja aplastar por el dolor o el fracaso. Toca a Dios decidir si nos concede eso que pedimos desde lo más profundo del corazón. Pero incluso cuando no llega el regalo que pedimos, no nos faltará el consuelo de saber que estamos en sus manos. ¿No es eso ya vivir en oración, el mejor regalo que podemos recibir de nuestro Padre de los cielos?

lunes, 10 de mayo de 2010

La fe debe guiar nuestra vida.


La fe debe guiar nuestra vida, debe embeber todas nuestras acciones. Porque ¿de qué sirve tener fe si uno no tiene obras? Ya lo dice el Apóstol que la fe sin obras está muerta. Y las obras no son las acciones estrepitosas y llamativas, sino simplemente el vivir cristiano, el vivir de acuerdo a los Diez Mandamientos, siendo compasivos con todos, misericordiosos con los que más sufren, y dispuestos a perdonar todo y a todos para ser semejantes a Jesús que perdonó todo y a todos.
Por eso el mundo anda tan mal, porque los cristianos no vivimos de acuerdo a lo que creemos y así no damos buen testimonio ante el mundo.
A veces se escucha a ciertos católicos que dicen que tienen fe pero que en asuntos de negocios es mejor dejar la fe de lado y moverse con las máximas del mundo. ¿Son éstos verdaderos católicos?
Quien no está con el Señor, está contra Él, y quien no recoge con Él, desparrama.
No se puede estar con Dios y con el diablo, y tenemos que saber que no hay términos medios; o se está con Cristo o con el demonio. O se vive en gracia de Dios o se vive en pecado mortal.
En el mundo falta coherencia de vida porque los cristianos no viven lo que creen.
¿Pero Jesús, que es Dios, puede haber dicho algo inútil, algo que sea imposible de vivir y practicar? ¿Podemos creer que Él, siendo Dios y por lo tanto la Sabiduría infinita, se haya equivocado y nos haya dado unos consejos y leyes impracticables? Esto es desde todo punto de vista imposible. Entonces somos los hombres los que no queremos obedecer al Señor y no queremos ajustarnos al Evangelio sino que desfiguramos el Evangelio a nuestro gusto y tomamos lo que nos conviene y rechazamos o cambiamos el resto. Pero a Dios no lo podemos engañar.
Es tiempo de que comencemos a vivir bien nuestra fe, porque si decimos creer en Dios y en Jesucristo, es necesario que creamos a sus palabras, consejos y mandamientos, y que los llevemos a la práctica. Así nuestro obrar será grato a los ojos de Dios y nos salvaremos y daremos buen ejemplo, tan necesario en estos tiempos de maldad generalizada.
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

martes, 4 de mayo de 2010

Signos de los Tiempos.


Cisma.
Hay un cisma interior en la Iglesia Católica, que pronto podrá ser abierto y proclamado. Ya muchos obispos y sacerdotes no siguen las enseñanzas del Papa y se oponen a Él.
Pero sabemos muy bien que donde está Pedro, está la Iglesia; es decir que donde está el Papa, allí está la Iglesia.
Llegará un momento en que muchos sacerdotes, seducidos por Satanás y su error del ateísmo marxista, se pondrán abiertamente en contra del Sumo Pontífice y se producirá un cisma que perderá a muchísimas almas. Para ese entonces debemos prepararnos, sabiendo que nuestra seguridad está en seguir al Papa.
La Virgen ha preparado una milicia santa, y son los Sacerdotes del Movimiento Sacerdotal Mariano, que harán frente a estos sacerdotes engañados por el demonio.
Este cisma está bien indicado en la visión del Apocalipsis en que el Dragón rojo, a saber, el ateísmo marxista, arrastra con su cola una tercera parte de las estrellas del cielo y las precipita sobre la tierra. Es decir que una tercera parte de las Iglesia, sacerdotes y obispos, caerán en este funesto error.
Estemos atentos y no nos dejemos sorprender, porque no estamos lejos de este acontecimiento.
¡Ven Señor Jesús!

lunes, 3 de mayo de 2010

Devoción a la Virgen.


El demonio, en estos tiempos, está tratando por todos los medios de oscurecer la devoción del pueblo cristiano a la Santísima Virgen, porque es su enemiga personal y la que lo ha suplantado en el orden de la creación, y sabe que un alma devota de María jamás caerá en su Infierno.

Efectivamente Lucifer era el que seguía en poder, belleza e inteligencia después de Dios, y después de la caída, ese lugar lo ha ocupado la Santísima Virgen, por eso el demonio la odia tanto.

Entonces si sabemos que el diablo odia tanto a la Virgen, es motivo más que suficiente para amarla nosotros.

Dicen los santos que el tener devoción a María es gran señal de predestinación, es decir que quien ama mucho a la Virgen es seguro que vaya al Cielo y que no se condene.

También dicen los santos que a quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de María.

Honremos, entonces, a María, y recémosle muchos rosarios, que es su oración predilecta y la que más nos ayuda a nosotros en este caminar terreno.

Consagrémonos al Corazón Inmaculado de la Virgen, y seremos protegidos de toda adversidad, jamás perderemos la Fe y nos salvaremos a pesar de todos los esfuerzos del mundo, del demonio y de las pasiones de la carne. Porque estos son los tiempos en que la Virgen aparece como la Mujer vestida de sol del Apocalipsis, que combate contra el Dragón rojo, que es el ateísmo, que es el demonio. Pero el triunfo definitivo será de María, que ha prometido en Fátima que su Corazón Inmaculado al final triunfará.

No tengamos temor de que amando mucho a la Virgen, Jesús se ofenda, no. Al contrario, Jesús se siente dichoso cuando ve que amamos tanto a su Madre, que es la Obra Maestra de la Santísima Trinidad. Además María, cuando recibe una alabanza enseguida alaba a Dios, como cuando fue a visitar a su prima Santa Isabel, y cuando ésta la ensalzó, María enseguida cantó el Magníficat alabando a Dios.

Entreguémonos a la Virgen, y estaremos salvados en este mundo y en el venidero.

sábado, 1 de mayo de 2010

Regla de Oro.


Regla de oro.
La regla de oro de la vida cristiana es: “No hacer a los demás lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros; y hacer a los demás lo que quisiéramos que los hombres hagan por nosotros”. Aquí se resume todo el Evangelio, toda la vida cristiana.


Porque el amor al prójimo consiste en esta regla. Si somos misericordiosos, obtendremos misericordia. Si rezamos por las almas que están detenidas en el Purgatorio, a su tiempo, cuando nos toque el turno a nosotros y estemos en ese lugar de tormento, los hombres tendrán misericordia de nosotros, como nosotros la tuvimos con otros.

¡Es tan fácil alcanzar el Cielo! Basta que seamos buenos, que seamos misericordiosos y que no juzguemos a nadie, porque si procedemos así ya estamos salvados, ya que el Señor ha prometido que con la misma vara que midamos, seremos medidos por Dios; y entonces, si somos indulgentes con nuestros prójimos, incluso con los verdaderamente culpables, entonces Dios también será indulgente con nosotros en el juicio.

Tenemos que ser astutos, con la buena astucia de la bondad, porque Dios nos ha dado muchos recursos para alcanzar el Cielo, para alcanzar una gloria deslumbrante en el Paraíso. No seamos tan tontos de caer en las redes que nos tiende el diablo para que seamos malos y nos condenemos.

No juzguemos a nadie, no condenemos a ninguno, perdonemos a todos y todo. ¿Que dirán que somos tontos? ¡Qué importa! Lo que importa es que procediendo así alcanzaremos el Cielo, donde seremos eternamente felices.

En cambio quien odia, quien guarda rencor y tiene deseos de venganza, nunca tendrá paz, ni siquiera aquí en la tierra, y luego le espera el Infierno.

Pensemos que Dios ve nuestro corazón, nuestros pensamientos, y andemos en verdad delante de Él, porque lo que podemos ocultar a los hombres, no lo podemos ocultar a Dios. Por eso es tiempo de pedirle perdón al Señor y comenzar una nueva vida con su ayuda, con su gracia, sabiendo que el premio es maravilloso, como también el castigo es horroroso.

Tengamos un corazón de carne, compasivo y misericordioso, bueno con todos y pronto a socorrer las miserias y dolores de nuestros hermanos. Porque Dios ama un corazón así, ya que es un corazón semejante al Suyo, y Dios ama a los hombres de buen corazón.