domingo, 27 de junio de 2010

Cuando sientes miedo.



Para orar. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

El Buen Pastor


“El Señor es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.
Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.”

jueves, 24 de junio de 2010

Muerte del justo.


Mirada la muerte a la luz de este mundo, nos espanta e inspira temor; pero con la luz de la fe es deseable y consoladora. Horrible parece a los pecadores; mas a los justos se muestra preciosa y amable. “Preciosa –dice San Bernardo– como fin de los trabajos, corona de la victoria, puerta de la vida”.

Y en verdad, la muerte es término de penas y trabajos. El hombre nacido de mujer, vive corto tiempo y está colmado de muchas miserias (Jb. 14, 1).

Así es nuestra vida tan breve como llena de miserias, enfermedades, temores y pasiones. Los mundanos, deseosos de larga vida –dice Séneca (Ep. 101)–, ¿qué otra cosa buscan sino más prolongado tormento? Seguir viviendo –exclama San Agustín– es seguir padeciendo. Porque –como dice San Ambrosio (Ser. 45)– la vida presente no nos ha sido dada para reposar, sino para trabajar, y con los trabajos merecer la vida eterna; por lo cual, con razón afirma Tertuliano que, cuando Dios abrevia la vida de alguno, acorta su tormento. De suerte que, aunque la muerte fue impuesta al hombre por castigo del pecado, son tantas y tales las miserias de esta vida, que –como dice San Ambrosio– más parece alivio al morir que no castigo.

Dios llama bienaventurados a los que mueren en gracia, porque se les acaban los trabajos y comienzan a descansar. “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”. “Desde hoy –dice el Espíritu Santo (Ap. 14, 13)– que descansen de sus trabajos”.

Los tormentos que afligen a los pecadores en la hora de la muerte no afligen a los Santos. “Las almas de los justos están en mano de Dios, y no los tocará el tormento de la muerte” (Sb. 3, 1).

No temen los Santos aquel mandato de salir de esta vida que tanto amedrenta a los mundanos, ni se afligen por dejar los bienes terrenos, porque jamás tuvieron asido a ellos el corazón. “Dios de mi corazón –repitieron siempre–; Dios mío por toda la eternidad” (Salmo 72, 26).

“¡Dichosos vosotros! –escribía el Apóstol a sus discípulos, despojados de sus bienes por confesar a Cristo–. Con gozo llevasteis que os robasen vuestras haciendas, conociendo que tenéis patrimonio más excelente y duradero” (He. 10, 34).

No se afligen los Santos a dejar las honras mundanas, porque antes las aborrecieron ellos y las tuvieron, como son, por humo y vanidad, y sólo estimaron la honra de amar a Dios y ser amados de Él. No se afligen al dejar a sus padres, porque sólo en Dios los amaron, y al morir los dejan encomendados a aquel Padre celestial que los ama más que a ellos; y esperando salvarse, creen que mejor los podrán ayudar desde el Cielo que en este mundo.

En suma: todos los que han dicho siempre en la vida Dios mío y mi todo, con mayor consuelo y ternura lo repetirán al morir.

Quien muere amando a Dios no se inquieta por los dolores que consigo lleva la muerte; antes bien se complace en ellos, considerando que ya se le acaba la vida y el tiempo de padecer por Dios y de darle nuevas pruebas de amor; así, con afecto y paz, le ofrece los últimos restos del plazo de su vida y se consuela uniendo el sacrificio de su muerte con el que Jesucristo ofreció por nosotros en la cruz a su Eterno Padre. De este modo muere dichosamente, diciendo: “En su seno dormiré y descansaré en paz” (Sal. 4, 9).

¡Oh, qué hermosa paz, morir entregándose y descansando en brazos de Cristo, que nos amó hasta la muerte, y que quiso morir con amargos tormentos para alcanzarnos muerte consoladora y dulce!

Es preciosa en la presencia de Dios
la muerte de sus Santos.
Ps. 115, 15

lunes, 14 de junio de 2010

Jesús ama a los hombres.


Una gran y consoladora verdad es saber y tener bien firme que Jesús ama a los hombres, los ama infinitamente, nos ama a cada uno de nosotros con un amor infinito.

No hay nada que ayude más para el avance en la vida espiritual, en el camino hacia la santidad, que el saberse amado por Jesús, que el saberse amado por Dios. Y nosotros debemos sentirnos así, porque esta es la realidad: somos amados infinitamente por Jesús, Dios y Hombre verdadero.

El conocimiento de esto nos debe llevar a la confianza en Jesús, a la total confianza en su bondad infinita, porque Él no ha venido al mundo para juzgar al mundo, sino para salvarlo, y a nosotros nos quiere salvar.

Entonces, por más grandes y numerosos que sean nuestros pecados, no podemos dudar de que Jesús nos ama y quiere perdonarnos y redimirnos, es decir, rescatarnos de las manos de Satanás que, por el pecado, nos tiene como aprisionados y esclavizados.

Porque Jesús ha venido a la tierra especialmente a redimirnos, es decir, a liberarnos del Maligno que tenía a toda la humanidad bajo su poder.

No hay que pecar, jamás, porque sería lastimar el adorable Corazón de Jesús. Pero sepamos que si por debilidad caemos en pecado, Jesús está pronto para perdonarnos y devolvernos al estado original, incluso con más gracias. Porque Jesús es feliz cuando puede decir a un pecador: “Yo te perdono, vete y no peques más”. Y esto lo dice a través del sacerdote, en la confesión, que debemos hacer frecuentemente aunque no tengamos pecados graves, porque allí encontraremos a Jesús, que por amor derramará su sangre sobre nosotros a través del ministro.

¿Estamos convencidos de que Jesús nos ama? ¿De que todo lo que quiere o permite en nuestra vida es por amor a nosotros? Si estamos seguros de esto, entonces vamos por buen camino y Cristo derramará su amor como un río en nuestro corazón y así seremos felices ya desde este mundo, a pesar de las pruebas y tentaciones.

¡Alabado sea Jesucristo!

viernes, 11 de junio de 2010

El camino fácil.




Hijos míos, no viváis de acuerdo a lo fácil como se vive en estos días, al ritmo de la locura, de violencia, creyendo que el hombre solo puede proveerse de todo cuanto puede desear. Todo es una mentira porque es una manera de vivir equivocada.
Sólo el Señor que es el Creador de toda la grandeza del universo es la Verdad. De El recibiréis sabiduría, de El recibiréis fe. Llamadlo y El acudirá.
Gloria al Señor. Predicadlo.
Leed: Romanos C. 12, V. 1-2
1 Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: Este es el culto espiritual que deben ofrecer.
2 No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la Voluntad de Dios: Lo que es bueno, lo que Le agrada, lo perfecto.


Comentario:
Muchos son los que van por el camino fácil, de la diversión y la despreocupación, pero ese camino no termina en el Cielo, sino en el abismo del Infierno.
Porque ya lo ha dicho el Señor en el Evangelio, que debemos esforzarnos por entrar por la puerta estrecha y el camino angosto, porque son legión los que van por el camino espacioso, colmado de placeres carnales y buscando solo los bienes materiales de este mundo. El diablo es su pastor, y los guía y los tiene como atolondrados, dándoles todo lo que quieren en este mundo, pero al final les mostrará su crueldad y para siempre los tendrá en el Infierno para atormentarlos por los siglos de los siglos.
Más vale sufrir un poco o mucho aquí en la tierra, que sufrir terriblemente en el Infierno por toda la eternidad, mientras Dios sea Dios.
Si estamos leyendo este mensaje es porque Dios nos está llamando, y nos tiene paciencia para que tomemos el camino correcto y dejemos el camino fácil que lleva a la perdición. Porque Dios quiere que tomemos el camino del cumplimiento de los Diez Mandamientos, no de algunos mandamientos, sino de los Diez Mandamientos, es decir, que tenemos que cumplirlos todos, y también debemos cumplir y seguir las enseñanzas de Jesús en el Evangelio.
Si hacemos así, el demonio nos sembrará espinas por el camino y nos hará la vida un poco más difícil, pero sabemos que al final nos espera el Cielo donde seremos felices para siempre.
Recordemos que si queremos seguir a Jesús debemos renunciar a nosotros mismos, tomar nuestra cruz de cada día y seguir al Señor.
No queda mucho tiempo todavía para convertirnos. La Virgen ya ha anunciado que el tiempo de Misericordia está para ceder al tiempo de la Justicia divina, tiempo en el que ya no habrá vuelta atrás. No desaprovechemos estas llamadas de lo alto ni dejemos pasar un solo día más, sino convirtámonos al buen camino, porque nos jugamos en ello nuestra eternidad.

La autocensura católica.




Anunciar a Cristo es uno de los compromisos más urgentes que tenemos como bautizados Autor: P. Fernando Pascual Fuente: Catholic.net


Que los enemigos de la religión católica obstaculicen, marginen o censuren artículos o programas católicos resulta comprensible aunque injusto. En ocasiones el odio a la Iglesia llega a extremos de intolerancia que ni siquiera Voltaire aceptaría.

Pero que haya entre los mismos católicos quienes, por una mal entendida prudencia, tengan miedo de enseñar su fe, e impidan a sus mismos hermanos en la fe la publicación o difusión de la doctrina católica, es algo que causa pena y confusión.

Es cierto que hay que ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (cf. Mt 10,16). Es cierto también que escribir un artículo “muy católico” puede asustar a algunos lectores, provocar reacciones de rechazo, incluso cerrar puertas de comunicación que hasta ahora permanecían abiertas. Es cierto que hay que ir poco a poco, pues presentar la propia fe de modo inadecuado provoca en algunos actitudes de rechazo en vez de ayudar a las personas a un sereno encuentro con Cristo.Si lo anterior es verdad, también lo es que hay que subir a las terrazas y predicar las enseñanzas de Cristo con valor y confianza, pues no se enciende la luz para esconderla, sino para que brille e ilumine (cf. Mt 5,14-16).

El Maestro pidió a sus discípulos (también a nosotros) que anunciásemos la Buena Noticia, el Evangelio, a todo el mundo (cf. Mc 16,15). No podemos guardarlo escondido por miedo a quienes hostigan sin cesar el gran don de la salvación.

Es Cristo mismo el que nos invita, nos lanza, nos acompaña. Es Cristo el que desea reunir a todos los hombres para que haya un solo rebaño y un solo pastor (cf. Jn 10,14-16). Es Cristo el que desea que nadie se pierda, que todos puedan llegar a la gran fiesta de los cielos (cf. Mt 18,14).

Por eso anunciar a Cristo, en todos los areópagos, en la prensa o en internet, en la televisión o en la radio, en las conversaciones de cada día o en el trabajo, es uno de los compromisos más urgentes que tenemos como bautizados.

Cada católico puede apropiarse, en la medida de sus posibilidades, las palabras que el Papa Pablo VI dijo en Manila el 29 de noviembre de 1970:

“Yo soy Apóstol y Testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo; Él es quien nos ha revelado al Dios Invisible, Él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en Él. Él es también el Maestro y Redentor de los hombres; Él nació, murió y resucitó por nosotros”.

¿Por qué esa urgencia de predicar a Cristo? Benedicto XVI quiso dar una respuesta en su viaje a Fátima, Portugal (13 de mayo de 2010):“Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo. Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana”.

Más allá de cualquier censura, venga de los enemigos de Dios o de los mismos creyentes que tienen miedo a las críticas del mundo, podemos hacer nuestro el empuje misionero de san Pablo: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Co 9,16-17).

Sí: tenemos que predicar el Evangelio con urgencia, por amor a Cristo y por amor a tantos hombres que lo necesitan y lo esperan en un mundo cada día más hambriento de esperanza y de misericordia.

jueves, 10 de junio de 2010

Dios no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta del mal y viva.





Muerte del pecador
Sobreviniendo la aflicción, buscarán la paz y no la habrá; turbación sobre turbación vendrá.
Ez. 7, 25-26
PUNTO 1
Rechazan los pecadores la memoria y el pensamiento de la muerte, y procuran hallar la paz (aunque jamás la obtienen) viviendo en pecado. Mas cuando se ven cerca de la eternidad y con las angustias de la muerte, no les es dado huir del tormento de la mala conciencia, ni hallar la paz que buscan, porque ¿cómo ha de hallarla un alma llena de culpas, que como víboras la muerden? ¿De qué paz podrán gozar pensando que en breve van a comparecer ante Cristo Juez, cuya ley y amistad han despreciado? Turbación sobre turbación vendrá (Ez. 7, 26).
El anuncio de la muerte ya recibido, la idea de que ha de abandonar para siempre todas las cosas de este mundo, el remordimiento de la conciencia, el tiempo perdido, el tiempo que falta, el rigor del juicio de Dios, la infeliz eternidad que espera al pecador, todo esto forma tempestades horribles, que abruman y confunden el espíritu y aumentan la desconfianza. Y así, confuso y desesperado, pasará el moribundo a la otra vida.
Abrahán, confiando en la palabra divina, esperó en Dios contra toda humana esperanza, y adquirió por ello mérito insigne (Ro. 4, 18). Mas los pecadores, por desdicha suya, desmerecen y yerran cuando esperan, no solo contra toda racional esperanza, sino contra la fe, puesto que desprecian las amenazas que Dios dirige a los obstinados. Temen la mala muerte, pero no temen llevar mala vida.
Y, además, ¿quién les asegura que no morirán de repente, como heridos por un rayo? Y aunque tuvieren en ese trance tiempo de convertirse, ¿quién les asegura de que verdaderamente se convertirán?. ..
Doce años tuvo que combatir San Agustín para vencer sus inclinaciones malas... Pues ¿cómo un moribundo que ha tenido casi siempre manchada la conciencia podrá fácilmente hacer una verdadera conversión, en medio de los dolores, de los vahídos de cabeza y de la confusión de la muerte?
Digo verdadera conversión, porque no bastará entonces decir y prometer con los labios, sino que será preciso que palabras y promesas salgan del corazón. ¡Oh Dios, qué confusión y espanto no serán los del pobre enfermo que haya descuidado su conciencia cuando se vea abrumado de culpas, del temor del juicio, del infierno y de la eternidad! ¡Cuán confuso y angustiado le pondrán tales pensamientos cuando se halle desmayado, sin luz en la mente y combatido por el dolor de la muerte ya próxima! Se confesará, prometerá, gemirá, pedirá a Dios perdón..., mas sin saber lo que hace. Y, en medio de esa tormenta de agitación, remordimiento, afanes y temores, pasará a la otra vida (Jb. 34, 20).
Bien dice un autor que las súplicas, llanto y promesas del pecador moribundo son como los de quien estuviere asaltado por un enemigo que le hubiere puesto un puñal al pecho para arrebatarle la vida. ¡Desdichado del que sin estar en gracia de Dios pasa del lecho a la eternidad!
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh llagas de Jesús! Vosotras sois mi esperanza. Desesperaría yo del perdón de mis culpas y de alcanzar mi eterna salvación si no os mirase como fuente de gracia y de misericordia, por medio de la cual Dios derramó toda su Sangre para lavar mi alma de tantos pecados como he cometido. Yo os adoro, pues, ¡oh sacrosantas llagas!, y en vosotras confío. Mil veces detesto y maldigo aquellos indignos placeres con que ofendí a mi Redentor y miserablemente perdí su amistad. Mas al contemplaros renace mi esperanza, y se encaminan a vosotras todos mis afectos.
¡Oh amantísimo Jesús!, merecéis que los hombres todos os amen con todo su corazón; y aunque yo tanto os he ofendido y despreciado vuestro amor, Vos me habéis sufrido y piadosamente invitado a que busque perdón.
¡Ah Salvador mío, no permitáis que vuelva a ofenderos y que me condene! ¡Qué tormento sufriría yo en el infierno al ver vuestra Sangre y los actos de misericordia que por mí hicisteis!
Os amo, Señor, y quiero amaros siempre. Dadme la perseverancia; desasid mi corazón de todo amor que no sea el vuestro, e infundid en mi alma firme deseo y verdadera resolución de amar desde ahora sólo a Vos, mi Sumo Bien...
¡Oh María, Madre amorosa, guiadme hacia Dios, y haced que yo sea suyo por completo antes que muera!

PUNTO 2
No una sola, sino muchas, serán las angustias del pobre pecador moribundo. Atormentado será por los demonios, porque estos horrendos enemigos despliegan en este trance toda su fuerza para perder el alma que está a punto de salir de esta vida. Conocen que les queda poco tiempo para arrebatarla, y que si entonces la pierden, jamás será suya.
No habrá allí uno solo, sino innumerables demonios, que rodearán al moribundo para perderle (Is. 13, 21). Dirá uno: “Nada temas, que sanarás”. Otro exclamará: “Tú, que en tantos años no has querido oír la voz de Dios, ¿esperas que ahora tenga piedad de ti?” “¿Cómo –preguntará otro– podrás resarcir los daños que hiciste, devolver la fama que robaste?” Otro, por último, te dirá: “¿No ves que tus confesiones fueron todas nulas, sin dolor, sin propósitos? ¿Cómo es posible que ahora las renueves?”.
Por otra parte, se verá al moribundo rodeado de sus culpas. Estos pecados, como otros tantos verdugos –dice San Bernardo–, le tendrán asido, y le dirán: “Obra tuya somos, y no te dejaremos. Te acompañaremos a la otra vida, y contigo nos presentaremos al Eterno Juez”.
Quisiera entonces el que va a morir librarse de tales enemigos y convertirse a Dios de todo corazón. Pero el espíritu estará lleno de tinieblas y el corazón endurecido. El corazón duro mal se hallará a lo último; y quien ama el peligro, en él perece (Ecl. 3, 27).
Afirma San Bernardo que el corazón obstinado en el mal durante la vida se esforzará en salir del estado de condenación, pero no llegará a librarse de él; y oprimido por su propia maldad, en el mismo estado acabará la vida. Habiendo amado el pecado, amaba también el peligro de la condenación. Por eso permitirá justamente el Señor que perezca en ese peligro, con el cual quiso vivir hasta la muerte.
San Agustín dice que quien no abandona el pecado antes que el pecado le abandone a él, difícilmente podrá en la hora de la muerte detestarle como es debido, pues todo lo que hiciere entonces, a la fuerza lo hará.
¡Cuán infeliz el pecador obstinado que resiste a la voz divina! El ingrato, en vez de rendirse y enternecerse por el llamamiento de Dios, se endurece más, como el yunque por los golpes del martillo (Jb. 41, 15). Y en justo castigo de ello, así seguirá en la hora de morir, a las puertas de la eternidad. El corazón duro mal se hallará al fin.
Por amor a las criaturas –dice el Señor–, los pecadores me volvieron la espalda. En la muerte recurrirán a Dios y Dios les dirá: “¿Ahora recurrís a Mí? Pedid auxilio a las criaturas, ya que ellas han sido vuestros dioses” (Jer. 2, 28).
Esto dirá el Señor, pues aunque acudan a Él, no será con afecto de verdadera conversión. Decía San Jerónimo que él tenía por cierto, según la experiencia se lo manifestaba, que no alcanzaría buen fin el que hasta el fin hubiera tenido mala vida.

miércoles, 9 de junio de 2010

La gracia puede santificarnos en un instante.


¡Abismo de la debilidad humana, tiranía de los malos hábitos! Cuántos cristianos reciben en el tribunal de la Penitencia la absolución de sus faltas: es sincera en ellos la contrición; enérgicas son sus resoluciones. Y caen de nuevo en los mismos pecados, a veces muy graves; el número de sus caídas crece sin cesar. ¿No tendrán, entonces, sobradas razones para desanimarse?

Que la evidencia de la propia miseria nos mantenga en la humildad, nada más justo; que nos haga perder la confianza, sería una catástrofe, más peligrosa que tantas recaídas.

El alma que cae debe levantarse lo antes posible. No debe cesar de implorar la piedad del Señor. ¿No sabes que Dios tiene su hora y puede en un instante elevarnos a la más sublime santidad?

¿Acaso no había llevado María Magdalena una vida culpable? La gracia, sin embargo, la transformó instantáneamente. Sin transición, de pecadora se transformó en una gran santa. Ahora bien, el brazo de Dios no se ha encogido. Lo que hizo por otros lo puede hacer por ustedes. No duden: la oración confiante y perseverante obtendrá la curación completa de vuestras almas.

No me objeten que el tiempo pasa y que tal vez ya a toca al término vuestras vidas. ¿No esperó Nuestro Señor la agonía del buen ladrón para atraerlo victoriosamente a Sí? En un solo minuto ese hombre tan culpable se convirtió. Su Fe y su amor fueron tan grandes que, a pesar de sus crímenes, no pasó por el Purgatorio; ocupa para siempre un lugar muy elevado en los Cielos.

¡Que nada les altere la confianza! Desde lo más profundo del abismo, clamen sin tregua al Cielo. Dios acabará respondiendo a vuestro llamado y llevará a cabo Su obra en ustedes.
De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

martes, 1 de junio de 2010

Sin oración...


Si dejamos la oración, nos vamos enfriando en el amor a Dios y poco a poco perdemos gusto por las cosas de Dios, por la vida espiritual, y por lo tanto comenzamos a preocuparnos solo por las cosas materiales, y así caemos en el materialismo, y tenemos como fin de nuestra vida el tener más, el acaparar dinero y bienes materiales, y nos ponemos en peligro de perder el Cielo y condenarnos al Infierno.

El demonio sabe esto y por eso nos pone delante cualquier pretexto para que abandonemos la oración, o que recemos menos, porque él conoce muy bien el alma humana, y sabe que si decae en el interés por Dios y por el Cielo, es su presa fácil, y poco a poco la va envolviendo en sus redes, y le hace creer que el alma está actuando por su propia cuenta y con plena libertad, y en cambio él la está dominando y llevando adonde él quiere.

No dejemos nunca la oración, porque como bien dijo San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva y el que no reza se condena”.

Dios nos tiene preparadas innumerables gracias, consuelos y bienes de todo tipo, pero ha puesto una condición para concedérnoslos, y esta condición es que recemos pidiéndolos. Si no rezamos no obtendremos, y quedaremos pobres y desarmados ante el enemigo infernal, que muy fácilmente nos llevará gradualmente hacia el pecado cada vez más grave, hasta que ya se nos haga imposible remontar el camino de descenso.

Abramos los ojos porque el Infierno existe y es eterno, y nadie está completamente seguro de salvarse, salvo que Dios se lo haya revelado.

Entonces oremos sin cesar, recemos el Rosario o al menos un misterio de él, cada día, porque si no rezamos, nuestra alma no se alimenta y va languideciendo, y al final muere, y si la muerte nos encuentra en pecado mortal, nos espera el infierno para siempre.

Si Jesús, siendo Dios, quiso y necesitó de la oración; y María, siendo la Madre de Dios, vivió toda su vida en oración, ¿nos creemos superiores a Ellos? Estamos en un gran error y en gran peligro si no rezamos. Muy pronto caeremos en graves pecados.