jueves, 29 de julio de 2010

El poder de Nuestro Señor.


El Verbo Encarnado, que se nos dio, posee un poder sin límites. Aparece en el Evangelio como el supremo Señor de la tierra, de los demonios y de la vida sobrenatural; todo está sometido a su dominio soberano.
En ese poder del Salvador existe aún para nosotros otro motivo segurísimo de confianza. Nada puede impedir a Nuestro Señor el socorrernos y protegernos.
Jesús domina las fuerzas de la naturaleza. –En los comienzos de su ministerio apostólico, asiste a las Bodas de Caná. Durante el banquete, faltó vino. ¡Qué humillación para la pobre gente que había convidado al Maestro con su Madre y los discípulos! La Virgen María se dio cuenta enseguida del contratiempo: Ella es siempre la primera en darse cuenta de nuestras necesidades y en aliviarlas. Dirige al Hijo una mirada de súplica; le murmura en voz baja una corta oración. María conoce su poder y su amor. Y Jesús, que nada sabe rehusarle, transforma el agua en vino. Este fue su primer milagro.
En otra ocasión, una tarde, para evitar la multitud que lo asedia, el Maestro atraviesa en barca con los discípulos el lago de Genezaret. Mientras navegan se levanta un huracán, se desata la tempestad, las grande solas crecen y se deshacen ruidosamente. El agua inunda la toldilla; la embarcación se va a hundir. Él, fatigado de la dura faena, duerme a popa, la divina cabeza apoyada sobre el cordaje. Los discípulos aterrorizados lo despiertan gritando: “¡Señor, Señor, sálvanos que perecemos!” Entonces, el Salvador se levanta; amenaza al viento; dice al mar enfurecido: Silencio, cálmate. Instantáneamente todo se calmó. Los testigos de esa escena se preguntan con asombro: “¿Quién es este hombre que hasta los vientos y el mar le obedecen?”.
Jesús cura a los enfermos. –Muchos ciegos s ele acercan a tientas; claman ante él su infortunio: “¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!”. El Maestro les toca los ojos, y ese divino contacto los abre a la luz.
Le traen a un sordomudo, pidiéndole que le imponga las manos. El Salvador atiende a ese deseo, y la lengua de este hombre se desata y sus oídos oyen.
Un día encuentra en el camino a diez leprosos. El leproso es un exiliado de la sociedad humana; lo rechazan de las aglomeraciones; se evita su trato por miedo al contagio; todos se alejan con horror de su podredumbre. Los diez leprosos ni osan acercarse a Nuestro Señor. Se quedan lejos. Pero reuniendo las pocas fuerzas dejadas por la enfermedad, gritan a distancia: “¡Maestro, ten piedad de nosotros!”. Jesús, que debía ser en la Cruz el gran leproso, que debía ser en la Eucaristía el abandonado, se conmueve con esa miseria: “Id y mostraos a los sacerdotes”, les dice. Y mientras los desdichados caminan para ejecutar las órdenes del Maestro, son curados.
Jesús resucita a los muertos. – Son tres los que Él hace volver a la vida. Y , también, por el más maravilloso de los prodigios, después de morir en las ignominias del Gólgota, después de haber sido depositado en el sepulcro, Él se resucita a sí mismo al alba del tercer día. Así nos resucitará a nosotros en el fin de los tiempos. Nuestros seres queridos, a quienes perdimos, Él nos los restituirá transformados, pero siempre semejantes a lo que fueron, en su gloria. Enjugará nuestras lágrimas por toda la eternidad. Entonces, no habrá más llanto, ni luto, porque habrá terminado la era de nuestra miseria.
Jesús domina el Infierno. – Durante los tres años de su vida pública, a veces se encuentra, con posesos. Habla a los demonios con una autoridad soberana; les da órdenes imperiosas y los demonios huyen a su voz confesando su divinidad.
Jesús es el Señor de la vida sobrenatural. – Resucita almas muertas y les restituye la gracia perdida. Y para probar que tiene, realmente, ese poder divino, cura a un paralítico.
“¿Qué es más fácil? – pregunta a los escribas que le cercan- ¿qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle levántate, toma tu camilla y anda? Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad para perdonar los pecados sobre la tierra yo te lo digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
Sería bueno meditar detenidamente sobre el poder del Salvador. Cuando se trata de poner ese poder al servicio de su amor por nosotros, el Maestro nunca duda.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

domingo, 25 de julio de 2010

SALMO 4 (Me diste alivio en la Angustia)


4:1 Salmo de David.
4:2 Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor,
tú, que en la angustia me diste un desahogo:
ten piedad de mí y escucha mi oración.
4:3 Y ustedes, señores,
¿hasta cuando ultrajarán al que es mi Gloria,
amarán lo que es falso
y buscarán lo engañoso?
4:4 Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
él me escucha siempre que lo invoco.
4:5 Tiemblen, y no pequen más;
reflexionen en sus lechos y guarden silencio,
4:6 ofrezcan los sacrificios que son debidos
y tengan confianza en el Señor.
4:7 Hay muchos que preguntan:
"¿Quién nos mostrará la felicidad,
si la luz de tu rostro, Señor,
se ha alejado de nosotros?"
4:8 Pero tú has puesto en mi corazón más alegría
que cuando abundan el trigo y el vino.
4:9 Me acuesto en paz y en seguida me duermo,
porque sólo tú, Señor, aseguras mi descanso.


Comentarios al Samo 4.
Este salmo es la oración de un "fiel", un hombre religioso de Israel consciente de ser amado por Dios. Tal es el sentido de la palabra "Hassid": el fiel, objeto de la Alianza Divina. Ahora bien, este hombre lleno de fe, no está preservado: su oración al comienzo es jadeante...

Para decir que ora, se atreve a decir que "grita" hacia Dios. Su gran angustia, es estar literalmente sofocado por los paganos que lo rodean: este paganismo, este ambiente materialista, diríamos hoy, es atrayente, aun para un fiel. Recurre entonces a una antiquísima costumbre religiosa usada en muchas de las religiones antiguas: "pasará una noche en el Templo", haciéndose el "huésped de Dios", esperando el favor de un "sueño profético" en que Dios le hablará.

De hecho, en el fondo de sí mismo, en su fe, escucha decir a Dios que la vida "sin Dios" es "nada", una "carrera hacia la mentira", una vida engañosa. La verdadera felicidad no está en la abundancia de bienes materiales, sino en "la intimidad con Dios": "alza sobre nosotros la luz de tu rostro... Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el vino".

viernes, 23 de julio de 2010

Persecución.


La intensificación de las persecuciones a la Iglesia, al Santo Padre y a los católicos en general, es una señal de que nos acercamos a los Últimos Tiempos, porque el demonio sabe que le queda poco tiempo y está recrudeciendo las persecuciones.

Pero la Iglesia debe pasar por lo mismo que pasó su Esposo divino, y si Cristo sufrió su Pasión, es necesario que la Iglesia, su Esposa, sufra también la pasión redentora.

Entonces tenemos que prepararnos con confianza a vivir momentos graves. La solución está en consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, ya que este es el refugio que la Virgen ha preparado para sus hijos. Allí seremos consolados y fortalecidos, para que quien deba dar la vida por Cristo, tenga en este Corazón la fuerza necesaria para testimoniar el amor y la Verdad.

No hay que tener miedo, porque la misma Virgen lo dice y lo repite insistentemente. Si tenemos que derramar la sangre por Cristo, Dios nos asistirá, ya que ninguno de los mártires soportó los tormentos por propia fuerza, sino que el Señor los sostuvo en sus torturas, ya que de lo contrario no habrían podidos superarlas.

Confiemos en Dios y en la Virgen, que nos cuidan y nos fortalecen.

¡Ven Señor Jesús!

lunes, 19 de julio de 2010

Pensamiento Mariano.


Predicar a María.

Dice San Anselmo que habiendo sido el sacrosanto seno de María el camino del Señor para salvar a los pecadores, no puede ser que al oír las predicaciones sobre María no se conviertan y se salven los pecadores.

Comentario:

¿Quién no se emociona al oír hablar de las dulzuras y bondades de su madre? Solo un demonio no se conmueve al escuchar que se ensalza a la propia madre.

Pues bien, si queremos convertir pecadores, empecemos por hablarles de María, su Madre, que sufrió por ellos toda clase de penas junto a su Hijo Jesucristo, para salvarlos de la muerte eterna, del Infierno tan horrendo.

María es la tabla de salvación para los pobres pecadores, incluso para los más desesperados y perdidos; porque el pensamiento de María en las almas de los pobres pecadores abre una brecha a la entrada de la gracia santificante, y Jesucristo viene a morar en el alma que es preparada por la meditación o el pensamiento de María.

¿Queremos dar frutos en el apostolado? Prediquemos a todas las gentes la dulzura y bondad de esta Madre todopoderosa, que puede hacer milagros portentosos en la vida de sus hijos, tanto de los hijos fieles como de los infieles y pecadores.

En María no hay nada terrible que asuste, sino todo lo contrario, María es la fuente de la Misericordia y de la Bondad, y todo hombre se siente feliz al recibir una caricia de su Madre. Pues bien, hablar y predicar sobre María es caricia para las almas.

¡Ave María Purísima!

¡Sin pecado concebida!

domingo, 18 de julio de 2010

Sufrimiento.



Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. (Mt 5, 5)

Enseñanza:

En esta vida no podemos pasar sin sufrir, sin llevar la cruz, porque el demonio nos molestará y nos hará sufrir si tratamos de ser fieles cristianos. Por eso el Señor nos ha dicho que si queremos salvarnos, debemos seguirle con la cruz a cuestas.

Pero es mejor llevar la cruz aquí en la tierra, sufrir en este mundo, antes que sufrir largos siglos en el purgatorio o, lo que es infinitamente peor, sufrir para siempre en el Infierno con tormentos que no se pueden ni siquiera imaginar.

Así que cuando tengamos una pena o un sufrimiento, acudamos a Jesús y a la Virgen para que nos ayuden a llevar esa cruz, sabiendo que al final nos espera el Paraíso, donde seremos eternamente consolados por Dios, y estaremos felices para siempre, con una felicidad que no podemos ni siquiera imaginar vagamente.

No envidiemos a los que en este mundo no sufren nada y pasan la vida entre risas y alegrías y viven en pecado, porque es el demonio que no los molesta ni los hace sufrir, ya que en la otra vida los tendrá para torturarlos por los siglos de los siglos. Por el momento el diablo esconde su odio, pero llegado el momento, incluso a veces ya en esta vida, se muestra con toda su crueldad, llevándolos a la desesperación.

viernes, 16 de julio de 2010

Jesús está en el Evangelio.


Muchos santos han tratado de dar a conocer a Jesús y su amor por los hombres, pero nada mejor para conocer a Cristo que la propia experiencia personal. Porque cada alma es un mundo y cada uno de nosotros es especial para Jesús, es único e irrepetible, y por eso el Señor quiere dársenos a conocer particularmente a cada uno de nosotros.

Pero como Jesús ha dicho en el Evangelio que el que busca encuentra, nosotros debemos buscar a Jesús para encontrarlo. Es más, si empezamos a buscarlo es porque Él ya nos ha encontrado, porque no lo buscaríamos si ya no lo tuviéramos en nosotros.

Y a Jesucristo lo encontramos en el Evangelio. Allí sentiremos palpitar de amor el Corazón de Cristo por nosotros y cada vez que leamos y meditemos el Santo Evangelio, iremos aprendiendo más de la persona de Jesús, de los secretos de su Corazón divino, y del amor que Él tiene por nosotros, por mí.

Dejemos de leer tantos libros y revistas inútiles y a veces hasta perjudiciales, y tomemos el Evangelio en nuestras manos y zambullámonos en el conocimiento del Señor.

Porque para conocer a Cristo no hay que ser sabio según el mundo, sino sabio según la sabiduría de Dios, es decir, tenemos que ser pequeños y sencillos, porque Dios se muestra a los mínimos de este mundo, y ellos son los que lo entienden verdaderamente.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine el Evangelio y, teniendo como guía la interpretació n de la Iglesia Católica, profundicemos y saboreemos este Libro maravilloso, realmente celestial, con tesoros infinitos e insospechados, como aquel tesoro escondido en el campo, de la parábola.

lunes, 12 de julio de 2010

Los fundamentos de la confianza.


El sabio construye su casa sobre la roca: ni las inundaciones, ni las lluvias, ni las tempestades la podrán echar por tierra. Para que el edificio de nuestra confianza resista todas las pruebas, es preciso que se levante sobre bases inconmovibles.

“¿Queréis saber –dice San Francisco de Sales- qué fundamento debe tener nuestra confianza? Debe basarse en la infinita bondad de Dios, y en los méritos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, con condición que, de nuestra parte, tengamos la firme y total resolución de ser enteramente de Dios y de abandonarnos completamente y sin reservas a su Providencia”.

Las razones de la esperanza son demasiado numerosas para que podamos citarlas todas. Examinaremos aquí solamente las que nos son proporcionadas por la Encarnación del Verbo y por la Persona sagrada del Salvador. Además, Cristo es en verdad la piedra angular sobre la cual debe apoyarse principalmente nuestra vida interior.

¡Qué confianza nos inspiraría el misterio de la Encarnación, si nos esforzáramos en estudiarlo de una forma un poco menos superficial!

¿Quién es esa criatura que llora en el Pesebre? ¿Quién es ese adolescente que trabaja en el taller de Nazaret, ese predicador que entusiasma a las multitudes, ese taumaturgo que hace prodigios sin cuenta, esa víctima inocente que muere en la Cruz? Es el Hijo del Altísimo, eterno y Dios como su Padre. Es el Emanuel desde hace mucho esperado; es aquel que el Profeta llama “el Admirable, el Dios fuerte, el Príncipe de la paz”.

Pero Jesús –frecuentemente nos olvidamos de esto- es “nuestra propiedad”. En todo el rigor del término, Él nos pertenece; es nuestro, tenemos sobre Él derechos imprescriptibles, pues Su Padre celestial nos lo dio. Así dice la Escritura: “El Hijo de Dios nos ha sido dado”. Y San Juan, en el Evangelio, dice a su vez: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo”.

Ahora bien, si Cristo nos pertenece, los infinitos méritos de sus trabajos, de sus sufrimientos y de su muerte nos pertenecen también.

Siendo así, ¿cómo podríamos desanimarnos? Entregándonos a Su Hijo, el Padre nos dio la plenitud de todos los bienes. Sepamos explotar plenamente ese precioso tesoro.

Dirijámonos, pues, al cielo, con santa audacia; y en nombre de ese Redentor, que es nuestro, imploremos, sin dudar, las gracias, que deseamos. Pidamos los favores temporales y sobre todo el socorro de la gracia; para nuestra Patria solicitemos paz y prosperidad; para la Iglesia, calma y libertad.

Esa oración será ciertamente atendida. Actuando así, ¿no hacemos un negocio con Dios? A cambio de los bienes deseados, le ofrecemos su propio Hijo unigénito. Y en esa transacción Dios no puede ser engañado: le daremos infinitamente más de lo que de Él recibamos.

Si hacemos, pues, esta oración, con la Fe que mueve montañas, será de tal manera eficaz que obtendrá, incluso, los prodigios más extraordinarios.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

jueves, 8 de julio de 2010

(Mensajes de la Santísima Virgen al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano)


(Mensajes de la Santísima Virgen al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano)
1 de enero de 1979
Fiesta de la Maternidad Divina de María Santísima

El designio del amor misericordioso.
“Hijos predilectos, estoy a vuestro lado al comienzo de este año nuevo. Tened confianza en mi Corazón Inmaculado.
En mi Corazón está encerrado el designio del amor misericordioso de mi Hijo Jesús, que quiere conducir de nuevo el mundo al Padre, para la perfecta glorificación de Dios.
El mundo no está perdido, aunque camine ahora por las sendas de la perdición y de su propia destrucción.
A través de una prueba, que os he preanunciado muchas veces, será salvado al fin por un acto de amor misericordioso de Jesús, que os ha confiado a la acción de vuestra Madre del Cielo.
Todavía los pecados cubren la tierra; odio y violencia explotan por todas partes; los mayores delitos claman cada día venganza al Cielo.
Iniciáis un año en el que todos de una manera particular advertirán la poderosa mano de Dios, que se inclinará sobre el mundo para socorrerlo con la fuerza irresistible de su Amor Misericordioso.
Por esto, hijos míos, os aguardan acontecimientos que ni siquiera podéis imaginar.
Pero hay que contar también con las oraciones de los buenos, los dolores de los inocentes, los sufrimientos escondidos de muchos, las lágrimas y súplicas de numerosas víctimas esparcidas por todas las partes del mundo.
Por medio de ellos he apresurado los tiempos de mi extraordinaria intervención.
La Iglesia, mi hija predilecta sale ahora de una gran prueba porque la batalla entre Yo y mi Adversario se ha desarrollado también en su vértice. Satanás ha intentado introducirse hasta amenazar la piedra sobre la cual está fundada la Iglesia, pero Yo se lo he impedido.
Justamente, cuando Satanás se ilusionaba con la victoria, después que Dios hubo aceptado el sacrificio de Pablo VI y de Juan Pablo I, Yo he obtenido de Dios para la Iglesia el Papa preparado y formado por Mí.
Él se consagró a mi Corazón Inmaculado y me confió solemnemente la Iglesia, de la que soy Madre y Reina.

En la persona y en la obra del Santo Padre, Juan Pablo II, Yo irradio mi gran Luz, que se hará tanto más fuerte cuanto más tinieblas lo invadan todo.
Sacerdotes y fieles consagrados a mi Corazón Inmaculado, hijos que he reunido de todas las partes del mundo y enrolado en mi ejército para la gran batalla que nos espera: uníos todos en torno al Papa y os revestiréis de mi misma fuerza y de mi luz maravillosa.
Amadle, rogad por Él, escuchadle.
Obedecedle en todo, incluso en llevar el hábito eclesiástico según el deseo de mi Corazón y conforme a su querer, que os ha manifestado ya. Ofrecedme el dolor que sentís si, por este motivo, sois a veces objeto de la burla de vuestros mismos hermanos.
También a la Iglesia, que tiene en el Papa su guía seguro, le será abreviado el tiempo de la purificación, según mi designio de amor.
Ésta, por tanto, es vuestra hora; la hora de los apóstoles de mi Corazón Inmaculado.
Difundid con valor el Evangelio de Jesús, defended la Verdad, amad a la Iglesia; ayudad a todos a huir del pecado y a vivir en gracia y en el amor de Dios.
Rezad, sufrid, reparad.
Estáis entrando en el período conclusivo de la purificación y no queráis medir el tiempo, porque ahora está ordenado según un designio de amor que estáis llamados a ver pronto en todo su esplendor.”


28 de enero de 1979
Fiesta de Santo Tomás de Aquino


Primer signo: la confusión.
“Hijos predilectos, refugiaos en mi Corazón Inmaculado.
El Reino glorioso de Cristo será precedido por una gran tribulación, que servirá para purificar a la Iglesia y al mundo, y para conducirlos a su completa renovación.
Jesús ha iniciado ya su misericordiosa obra de renovación con la Iglesia, su Esposa.
Varios signos os indican que ha llegado para la Iglesia el tiempo de la purificación: el primero de ellos es la confusión que reina en Ella. Éste es, en verdad, el tiempo de la mayor confusión.
La confusión se ha difundido en el interior de la Iglesia, donde se ha subvertido todo en el campo dogmático, en el litúrgico y en el disciplinar.
Hay verdades reveladas por mi Hijo, que la Iglesia ha definido para siempre con su divina e infalible autoridad.
Estas verdades son inmutables, cono inmutable es la Verdad misma de Dios. Muchas de ellas forman parte de verdaderos y propios misterios, porque no son, ni podrán ser jamás comprendidos por la inteligencia humana.
El hombre las debe acoger con humildad, a través de un acto de fe pura y de firme confianza en Dios, que las ha revelado y las propone a los hombres de todos los tiempos, a través del Magisterio de la Iglesia.
Pero ahora se ha difundido la tendencia tan peligrosa de querer penetrarlo y comprenderlo todo –incluso el misterio-, llegándose así a aceptar de la Verdad tan sólo aquella parte que es comprendida por la inteligencia humana. Se quiere desvelar el misterio mismo de Dios.
Se rechaza aquella verdad que no se comprende racionalmente. Se tiende a replantear, en forma racionalista, toda la verdad revelada, con la ilusión de hacerla aceptable a todos.
De este modo se corrompe la verdad con el error. El error se difunde de la manera más peligrosa, es decir, como un modo nuevo y “actualizado” de comprender la Verdad; y se acaba subvirtiendo las mismas verdades que son el fundamento de la fe católica.
No se niegan abiertamente, pero se aceptan de una manera equívoca, llegándose en la doctrina al más grave compromiso con el error que jamás se haya logrado.

Al fin, se sigue hablando y discutiendo, pero ya no se cree, y las tinieblas del error se difunden.
La confusión, que tiende a reinar en el interior de la Iglesia y a subvertir sus verdades, es el primer signo que os indica con certeza que ha llegado para ella el tiempo de la purificación.
La Iglesia, de hecho, es Cristo, que místicamente vive entre nosotros.
Cristo es la Verdad. La Iglesia debe por esto resplandecer siempre con la Luz de Cristo, que es la Verdad.
Pero ahora su Adversario ha logrado hacer que penetre en su interior tanta oscuridad con su obra subrepticia y engañosa.
Y hoy la Iglesia está oscurecida por el humo de Satanás.
Satanás ante todo ha oscurecido la inteligencia y el pensamiento de muchos hijos, seduciéndolos con el orgullo y la soberbia y por su medio ha oscurecido a la Iglesia.
A vosotros, hijos predilectos de la Madre Celeste, apóstoles de mi Corazón Inmaculado, se os llama hoy a esto: a combatir con la palabra y con el ejemplo para que cada vez más se acepte por todos la Verdad.
Así por medio de la Luz será derrotada la tiniebla de la confusión.
Por esto debéis vivir al pie de la letra el Evangelio de mi Hijo Jesús.
Debéis ser sólo Evangelio vivido. Después debéis anunciar a todos, con fuerza y con valentía, el Evangelio que vivís. Vuestra palabra tendrá la fuerza del Espíritu Santo, que os llenará, y la Luz de la Sabiduría que os otorga la Madre Celeste.
Por esto cuanto más la confusión, entrada en el interior de la Iglesia, aumente el gran sufrimiento de su purificación, tanto más por medio de vosotros Ella experimentará el consuelo y la ayuda de mi acción materna.
La Iglesia será ayudada por vosotros a salir de la tiniebla, para renacer al esplendor divino de su inmutable Verdad.”

martes, 6 de julio de 2010

Hojita Apostólica.


Hojita apostólica

TRES AVEMARÍAS
Preocupada la religiosa benedictina que luego fue Santa Matilde (siglo XIV) por el buen fin
de su vida, rogó insistentemente a la Virgen Santísima "que la asistiera a la hora de la muerte";
y acogiendo benignamente su súplica, la Madre de Dios se manifestó a la implorante,
diciéndole:
"Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres
Avemarías, conmemorando, en la primera, el Poder recibido del Padre Eterno; en la
segunda, la Sabiduría con que me adornó el Hijo; y, en la tercera, el Amor de que me
colmó el Espíritu Santo".
Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en práctica ese rezo diario
de las tres Avemarías.
La práctica de esta devoción no puede ser ni más fácil, ni más breve. Fácil es, porque se
concreta a rezar todos los días tres Avemarías agradeciendo a la Santísima Trinidad los dones
de Poder, Sabiduría y Amor que otorgó a la Virgen Inmaculada, e instando a María a que use de
ellos en auxilio nuestro.
Modo de practicar esta devoción:
Todos los días, rezar lo siguiente:
¡María, Madre mía; líbrame de caer en pecado mortal!
1- Por el Poder que te concedió el Padre Eterno. (rezar un Avemaría)
2- Por la Sabiduría que te concedió el Hijo. (rezar un Avemaría)
3- Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo. (rezar un Avemaría)
Fue la misma Santísima Virgen la que dijo a Santa Gertrudis (Siglo XIV) que "quien la
venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha
comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios; admiraría los
ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los
hombres, y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu
Santo".
Refiriéndose a todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la
sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, dijo María a Santa
Gertrudis que, "a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza
tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales".
María renueva su promesa de protección:
Cuando Sor María Villani, religiosa dominica (siglo XVI), rezaba un día las tres Avemarías,
oyó de labios de la Virgen estas estimulantes palabras:
"No sólo alcanzarás las gracias que me pides, sino que en la vida y en la muerte
prometo ser especial protectora tuya y de cuantos como tú PRACTIQUEN ESTA
DEVOCIÓN"
También dijo la Santísima Virgen: “La devoción de las tres Avemarías siempre me fue
muy grata... No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis. Cada día
tendréis pruebas de su eficacia...”
¡Difunda esta hojita!

domingo, 4 de julio de 2010

Paz del justo a la hora de la muerte.




Las almas de los justos están en la mano de Dios
y no los tocará tormento de muerte.
Pareció que morían a los ojos de los insensatos;
mas ellos están en paz.
Sb. 3, 1

Justorum anima in manu Dei sunt. Si Dios tiene en sus manos las almas de los justos, ¿quién podrá arrebatárselas? Cierto es que el infierno no deja de tentar y perseguir hasta a los Santos en la hora de la muerte; pero Dios, dice San Ambrosio, no cesa de asistirlos y de aumentar su socorro a medida que crece el peligro de sus fieles siervos. (Jos. 5).

Aterrado quedóse el criado de Eliseo cuando vio la ciudad cercada de enemigos. Pero el Santo le animó, diciéndole: “No temas, porque muchos más son con nosotros que con ellos” (2 R. 6, 16), y le hizo ver un ejército de ángeles enviados por Dios para defenderle.

Irá, pues, el demonio a tentar al moribundo, pero acudirá también el ángel de la Guarda para confortarle; irán los Santos protectores; irá San Miguel, destinado por Dios para defensa de los siervos fieles en el postrer combate; irá la Virgen Santísima, y acogiendo bajo su manto al que le fue devoto, derrotará a los enemigos; irá el mismo Jesucristo a librar de las tentaciones a aquella ovejuela inocente o penitente, por cuya salvación dio la vida. Él le dará la esperanza y el esfuerzo necesario para vencer en la tal batalla, y el alma, llena de valor, exclamará: “El Señor se hizo mi auxiliador” (Sal. 39, 12). “El Señor es mi iluminación y mi salud, ¿a quién temeré?” (Sal. 26, 1).

Más solícito es Dios para salvarnos que el demonio para perdernos; porque muchos más nos ama Dios de lo que nos aborrece el demonio.

Dios es fiel –dice el Apóstol (1 Co. 10, 13)–, y no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Quizá me diréis que muchos Santos murieron temiendo por su salvación. Yo os respondo que hay poquísimos ejemplos de que mueran con ese temor los que hubieren tenido buena vida. Vicente de Beauvais dice que permite el Señor a veces que ocurra esto a ciertos justos, para purificarlos en la hora de la muerte de algunas faltas ligeras. Por otra parte, leemos que casi todos los siervos de Dios murieron con la sonrisa en los labios.

Todos temeremos al morir el juicio divino; pero así como los pecadores pasan de ese temor a la desesperación horrenda, los justos pasan del temor a la esperanza. Temía San Bernardo, estando enfermo, según refiere San Antonino, y se veía tentado de desconfianza; pero pensando en los merecimientos de Jesucristo, desechaba todo temor y decía: Tus llagas son mis méritos.

San Hilarión temía también, pero pronto exclamó lleno de gozo: Sal, pues, alma mía, ¿qué temes? Cerca de setenta años has servido a Cristo, ¿y ahora temes la muerte?

Es decir: ¿qué temes, alma mía, después de haber servido a un Dios fidelísimo que no sabe abandonar a los que le fueron fieles durante la vida? El Padre José de Scamaca, de la Compañía de Jesús, respondió a los que le preguntaban si moría con esperanza: “Pues qué, ¿he servido acaso a Mahoma para dudar de la bondad de mi Dios, hasta el punto de temer que no quisiera salvarme?”

Si en la hora de la muerte viniese a atormentarnos el pensamiento de haber ofendido a Dios, recordemos que el Señor ha ofrecido olvidar los pecados de los penitentes (Ez. 18, 31-32).

Dirá alguien tal vez: ¿Cómo podremos estar seguros de que Dios nos ha perdonado?.. . Eso mismo se preguntaba San Basilio, y se respondió diciendo: He odiado la iniquidad y la he abominado. Pues el que aborrece el pecado puede estar seguro de que le ha perdonado Dios.

El corazón del hombre no vive sin amor: o ama a Dios, o ama a las criaturas. ¿Y quién ama a Dios? El que guarda sus mandamientos (Jn. 14, 21). Por tanto, el que muere en la observancia de los preceptos muere amando a Dios; y quien a Dios ama, nada teme (1 Jn. 4, 18).

sábado, 3 de julio de 2010

¿Quién es María?


María es la Vid fecunda.


Dice Jesús:

En Abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres. Sin embargo, aún ignorábase la más bella Rosa. Ya florecía para Dios en el secreto del claustro materno, porque mi Madre amó desde que fue concebida, mas sólo cuando la vid da su sangre para hacer vino, y el olor de los mostos, dulce y penetrante, llena las eras y el olfato, Ella sonreiría, primero a Dios y luego al mundo, diciendo con su superinocente sonrisa: "Mirad: la Vid que os va a dar el Racimo para ser prensado y ser Medicina eterna para vuestro mal está entre vosotros".
Comentario:

María es la Vid fecunda que nos da el Racimo óptimo, Jesucristo, Nuestro Señor.

Y gracias a Ella es que los hombres estamos salvados. Porque Dios ama tanto a la Virgen, que con tal de tenerla para siempre en su Paraíso, quiso dejar que la raza humana siguiera existiendo, a pesar de la primera culpa y de las innumerables culpas que le siguieron.

¿Por qué Dios tiene tanta paciencia con los hombres? ¿Por qué Dios ama tanto a la humanidad?

Porque de la humanidad nacería esta Virgen fecunda, Obra Maestra de la Santísima Trinidad, que recompensaría a Dios con su amor, por todo el desprecio y el odio de los hombres ingratos.

Y si la raza humana todavía no fue suprimida y destruida por los castigos divinos, se debe a la intercesión de María, que nos cuida como verdadera Madre nuestra que es, y que se interpone entre la Justicia de Dios y nuestra impiedad.

Amemos mucho a esta Madre toda buena, que nos ama tanto como a Dios, y gracias a la cual tenemos todos los dones que Dios nos regala, porque cada gracia y cada don recibido, lo obtenemos a través de María, y es Ella la que lo ha pedido para nosotros.

Ella es la Vid de que habla también el Evangelio, y nosotros somos sus sarmientos, que debemos producir el fruto, el Racimo, Jesucristo, en nosotros

¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!

jueves, 1 de julio de 2010

Jesús, es el Gran Amigo.


Jesús es el Gran Amigo de los hombres, con todo lo que significa la palabra amigo.

Él dio su vida por nosotros y la sigue dando a través del Santo Sacrificio de la Misa.

Él no vacila en ofrecerse al Padre en rescate de nosotros, para arrebatarnos de las manos de Satanás, y lo hace con amor infinito y sin calcular gastos, se entrega completamente por nosotros, y así nos demuestra su amistad incondicional.

Solo podemos perder su amistad con el pecado mortal, porque con el pecado mortal nos hacemos enemigos de Dios, enemigos de Jesús, aunque Él nos sigue llamando “amigos”, como le llamó a Judas cuando lo entregaba.

Perdemos la amistad de Jesús definitivamente, si nos condenamos para siempre en el Infierno.

Aprovechemos que Jesús es nuestro Gran Amigo y confiémosle todos nuestros pesares y problemas, también nuestros deseos y alegrías, porque Él escucha a sus hijos y, cuando es voluntad de Dios, nos contenta en todo.

Y a este Amigo lo encontramos en el Sagrario, bajo la apariencia de pan, pero realmente presente como hace dos mil años en Galilea, pero más perfectamente todavía, pues en el sacramento está Jesús resucitado y glorioso.

Vayamos a visitar a nuestro Amigo, porque Él tiene sus delicias en pasar las horas junto a los hombres, que son sus amigos.

¡Alabado sea Jesucristo
!

Ora, ten fe y no te preocupes.

Ora,