martes, 31 de agosto de 2010

Confianza en Dios.


La confianza en Dios lo es todo, lo obtiene todo y nos salva de todo, porque el hombre que confía en Dios es omnipotente, ya que el mismo poder de Dios lo tiene a su servicio, pues si confía en Dios, Él no se deja vencer en generosidad y pone todo su poder para salvarlo del mal.

Si sabemos que Dios es infinitamente bueno, y que nada de lo que ocurre en nuestras vidas o en el mundo puede ocurrir si Dios no lo quiere o por lo menos lo permite, ¿entonces por qué no confiamos en Él? Si sabemos que Dios solo quiere el bien para nosotros, lo que tenemos que hacer es obedecer a lo que decía el Padre Pío de Pietrelcina: “Reza, ten fe y no te preocupes”.

Hay que obrar y rezar como si todo dependiera de nosotros, pero saber que en definitiva todo depende de Dios.

¡Cuánto le gusta a Dios que confiemos en Él! ¿Y no nos sucede a nosotros lo mismo? Porque si somos buenos nos gusta que la gente confíe en nosotros. ¡Cuánto sufrimiento nos viene cuando alguien desconfía de nosotros! Y eso que nosotros no somos del todo buenos y no podemos ni siquiera compararnos de lejos con la Bondad infinita de Dios.

Si a nosotros nos gusta que los hombres confíen en nuestra palabra y en nuestras promesas, ¡cuánto más le gustará a Dios que confiemos en su Bondad y en sus Promesas!

La confianza es la llave que abre los tesoros de Dios, y nunca confiaremos demasiado en Él.

Ya estamos salvados si confiamos en Dios.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

sábado, 28 de agosto de 2010

Vanidad del mundo.




¿Qué aprovecha al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?Mt. 16, 26


En un viaje por mar, cierto antiguo filósofo, llamado Aristipo, naufragó con la nave en que iba, y él perdió cuantos bienes llevaba. Mas pudo llegar salvo a tierra, y los habitantes del país al que arribó, entre los cuales gozaba Aristipo gran fama por su ciencia, le proveyeron de tantos bienes como había perdido. Por lo cual escribió luego a sus amigos y compatriotas encomendándoles, con su ejemplo, que sólo atendiesen a proveerse de aquellos bienes que ni aun con los naufragios se pueden perder.

Esto mismo nos avisan desde la otra vida nuestros deudos y amigos que llegaron a la eternidad. Nos advierten que en este mundo procuremos, ante todo, adquirir los bienes que ni aun con la muerte se pierden. Día de perdición se llama el día de la muerte, porque en él hemos de perder los honores, riquezas y placeres, todos los bienes terrenales. Por esta razón dice San Ambrosio que no podemos llamar nuestros a tales bienes, puesto que no podemos llevarnos con nosotros a la otra vida, y que sólo las virtudes nos acompañan a la eternidad.

¿De qué sirve, pues –dice Jesucristo (Mt. 16, 26)–, ganar todo el mundo, si en la hora de la muerte, perdiendo el alma, se pierde todo?... ¡Oh! ¡A cuántos jóvenes hizo esta gran máxima encerrarse en el claustro! ¡A cuántos anacoretas condujo al desierto! ¡A cuántos mártires movió para dar la vida por Cristo!

Con estas máximas, San Ignacio de Loyola ganó para Dios innumerables almas, singularmente la hermosísima de San Francisco Javier, que se hallaba en París, ocupado allí en mundanos pensamientos. “Piensa, Francisco –dijo un día el Santo–, piensa que el mundo es traidor, que promete y no cumple, mas aunque cumpliere lo que promete, jamás podrá satisfacer tu corazón. Y aun suponiendo que le satisficiere, ¿cuánto durará esa ventura? ¿Podrá durar más que tu vida? Y al fin de ella, ¿llevarás tu dicha a la eternidad? ¿Hay algún poderoso que haya llevado a la otra vida ni una moneda ni un criado para su servicio? ¿Hay algún rey que tenga allí un pedazo de púrpura para engalanarse?...”.

Con estas consideraciones, San Francisco Javier se apartó del mundo, siguió a San Ignacio de Loyola y fue un gran santo.

Vanidad de vanidades (Ecl. 1, 2), así llamó Salomón a todos los bienes del mundo cuando por experiencia, como él mismo confesó (Ecl. 2, 10), hubo conocido todos los placeres que hay en la tierra. Sor Margarita de Santa Ana, carmelita descalza, hija del emperador Rodolfo II, decía: “¿De qué sirven los tronos en la hora de la muerte?...”.

¡Cosa admirable! Temen los Santos al pensar en su salvación eterna. Temía el Padre Séñeri, que, lleno de sobresalto, preguntaba a su confesor: “¿Qué decís, Padre; me salvaré?”

Temblaba San Andrés Avelino cuando, gimiendo, exclamaba: “¡Quién sabe si me salvaré!”.

Idéntico pensamiento afligía a San Luis Beltrán, y le movía muchas noches a levantarse del lecho, diciendo: “¡Quién sabe si me condenaré!...”

¡Y con todo, los pecadores viven condenados, y duermen, y ríen, y se regocijan!

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Ah Jesús, Redentor mío! De todo corazón os agradezco que me hayáis dado a conocer mi locura y el mal que cometí apartándome de Vos, que por mí disteis la Sangre y la vida. No merecíais, en verdad, que os tratase como os he tratad

Si ahora llegase mi muerte, ¿qué hallaría en mí sino pecados y remordimientos de conciencia que me harían morir abrumado de angustia

Confieso, Salvador mío, que obré mal, que me engañé a mí mismo, trocando el Sumo Bien por los míseros placeres del mundo. Arrepiéntome con todo mi corazón, y os ruego que, por los dolores que en la cruz sufristeis, me deis a mí tan gran dolor de mis pecados, que por él llore en todo el resto de mi vida las culpas que cometí. Perdonadme, Jesús mío, que yo prometo no ofenderos más y amaros siempre.

Harto sé que no soy digno de vuestro amor, porque le desprecié mil veces; pero sé también que amáis a quien os ama (Pr. 8, 17). Yo os amo, Señor; amadme Vos a mí. No quiero perder de nuevo vuestra amistad y gracia, y renuncio a todos los placeres y grandezas del mundo con tal que me améis...

Oídme, Dios mío, por amor de Jesucristo, que Él os ruega no me arrojéis de vuestro corazón. A Vos del todo me ofrezco y os consagro mi vida, mis bienes, mis sentidos, mi alma, mi cuerpo, mi voluntad y mi libertad. Aceptadlo, Señor; no lo rechacéis (Sal. 50, 13), como merezco, por haber rechazado yo tantas veces vuestro amor...

Virgen Santísima, Madre mía, rogad por mí a Jesús. En vuestra intercesión confío.
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

martes, 24 de agosto de 2010

Mensajes de conversión.


Lo que fuimos.

Esto digo a todos mis hijos: Muchos de vosotros podéis haber llevado una mala vida pero si mostráis arrepentimiento lograréis salvaros.
El Señor vendrá en vuestro auxilio os lo aseguro. Mi Misión es salvar almas, mostrar el camino hacia el Señor y hacer comprender la pureza que hubo en El.
Alabado sea el Señor.


Comentario:

No importa lo que hayamos sido en el pasado, o lo que seamos actualmente. Lo que sí importa es que tengamos desde hoy en adelante un sincero arrepentimiento y tratemos de cambiar de rumbo, empezando a transitar por el camino del cumplimiento de los Diez Mandamientos y de las enseñanzas del Evangelio, porque el tiempo que tenemos para hacer esto no es mucho, ya que la misma Virgen nos dice que tenemos que apurarnos a convertirnos porque de lo contrario no alcanzaremos la salvación.

Esto no es para asustarnos, pero sí es para que tengamos precaución y previsión, tratando de acercarnos al Señor lo antes posible, con una vida nueva, de acuerdo a la voluntad divina, ya que solo se salvarán los que hagan el querer de Dios en sus vidas.

La Virgen no nos dice nada nuevo, porque siempre el mensaje de Cristo es la conversión urgente. Pero lo que sí nos trae como nuevo la Virgen es la cercanía de los tiempos en que ya no habrá posibilidad de conversión. Por eso no nos durmamos en la tibieza y en el pecado, porque no sabemos de cuánto tiempo disponemos todavía para nuestra personal conversión.

lunes, 23 de agosto de 2010

Epitafios con humor.




Como ya han podido adivinar, este blog deja hoy los temas más serios y se adentra en el mundo del humor.

En fin, hay que tomarse la vida con alegría, incluso en momentos “delicados”.
-“Con amor de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada.

-“Aquí yaces y yaces bien, tú descansas y yo también”

-Un hombre de 140 kilos de peso y muchas curas de adelgazamiento: “Por fin me quedé en los huesos”.

-“Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”. Miguel de Unamuno.

-“A mi marido de su esposa con profundo agradecimiento".

-“Necesité toda una vida para llegar hasta aquí”.

-“Tanta paz encuentres como tranquilidad me dejas”.

-“Os dije que estaba enfermo”.

-“Fray Diego aquí reposa, en su vida no ha hecho otra cosa”.

-“Fallecido por la voluntad de Dios y mediante la ayuda de un médico imbécil”.

-“Ya os decía que ese médico no era de fiar”.

-“Aquí yace mi mujer, fría como siempre”.

-“Aquí yace mi marido, al fin rígido”.

-En la tumba de su suegra:”Señor, recíbela con la misma alegría con la que yo te la mando".

-En la tumba de su yerno:”Descansa en paz hasta que volvamos a encontrarnos”.

-“Por fin dejé de fumar”.

-“Ya estás en el paraíso, y yo también”.

-“Por fin he dejado de pagar facturas”.

viernes, 20 de agosto de 2010

Soy muy pecador.


Una de las excusas que podemos poner para no ser santos es ésta: “Yo soy muy pecador, no puedo llegar a ser santo”.

Esta es una tentación del demonio. Justamente porque somos grandes pecadores, es que tenemos más posibilidades de llegar a ser grandes santos.

Sí, porque si nos sabemos humillar, será tan grande el dolor que tendremos por haber pecado tanto, que nos elevaremos a gran altura y será como una necesidad el llegar a la santidad.

¿Acaso la Magdalena no fue tan santa por haber sido antes tan pecadora? ¿Acaso Pedro no fue más santo después de haber llorado amargamente el grave pecado de negar al Señor? Así también nosotros, si hemos pecado, tenemos la gracia de que Cristo he venido al mundo a salvarnos especialmente a nosotros, los pecadores, y que Él quiere hacernos santos.

Entonces no le demos el gusto al demonio, porque aunque seamos la peor basura del mundo, Dios nos ama infinitamente y nos quiere santos y en su Cielo, porque para nosotros lo ha creado.

Es que haciéndonos santos demostramos que Dios no se ha encarnado en vano, sino que nosotros somos fruto de su Misericordia infinita, que puede hacer de un montón de estiércol una montaña de oro.

jueves, 19 de agosto de 2010

Signos de los Tiempos.


Enfriamiento de la caridad.

Ya el Señor nos avisó en el Evangelio que cuando se acercaran los tiempos finales, al ser tan grande la difusión del mal en el mundo, la caridad, el amor, se enfriará. Y eso es lo que está pasando en estos tiempos, en que vemos tanto mal, los noticieros nos dan tantas malas noticias, violencias, robos, fraudes, que la gente se va como intoxicando por esto malo y ya no quiere abrir el corazón al hermano que sufre, al más necesitado. Es como que se cierra al amor.

Pero es bueno darnos cuenta de esto que sucede en el mundo, para no caer nosotros en el mismo enfriamiento, ya que el Señor también ha dicho en otra parte que el que persevere hasta el fin, ése se salvará. O sea que debemos perseverar en la caridad.

Que nos pueden robar si abrimos la puerta al necesitado, que nos pueden matar si damos hospedaje al peregrino; y sí, es posible que suceda esto; pero ¿quién nos quitará el mérito ante Dios de haber sido caritativos, aunque de ello recibamos mal en nuestros bienes o hasta en la propia vida material? Lo importante es no perder la vida eterna.

Pensemos esto y demos a cada cosa el valor que le corresponde.

¡Ven Señor Jesús!

miércoles, 18 de agosto de 2010

Si no rezamos...


Si no rezamos estamos perdidos, porque al dejar de rezar, empezamos a fijar nuestra mirada en las cosas de la tierra, en las cosas materiales, y perdemos de vista las cosas del Cielo, las cosas espirituales. Nos volvemos materialistas y así somos fáciles presas del demonio, que nos hace creer que “no pasa nada” si dejamos la oración y no nos molesta al principio, para darnos una falsa seguridad de que “hemos dejado de rezar y no nos sucede nada malo”. Pero en realidad, el demonio espera muy astutamente el momento oportuno, en que asaltará a su presa, a nosotros, y nos encontrará desarmados ante él, porque no estamos unidos a Dios con la oración diaria.
Ya lo dijo San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva y el que no reza se condena”, y es una gran verdad.
La oración es como la respiración del alma, y si no rezamos, nos volvemos raquíticos en la vida espiritual, vamos dejando de lado lo espiritual, para entregarnos a lo material, y si conservamos todavía la gracia de Dios en el alma, si seguimos descuidando la oración, pronto también perderemos la gracia por el pecado mortal.
No hay excusas para no rezar, porque la Virgen promete la salvación eterna a quien reza al menos tres avemarías cada día. Y cualquiera de nosotros puede rezar al menos esas tres avemarías. Si no las rezamos es porque no amamos a Dios, y antes o después caeremos en las manos del demonio, que nos llevará al Infierno.
Tratemos de rezar, porque si no rezamos, estamos perdidos, y somos fáciles presas del Maligno, que hace de todo para distraernos de la oración y nos pone multitud de pretextos, y nos hace creer que la oración es algo inútil y que igual podemos vivir sin ella. ¡Atención porque este es un engaño colosal del demonio, que sabe todos los frutos que recibimos en la oración, y que con la oración somos todopoderosos!

domingo, 15 de agosto de 2010

El triunfo definitivo de María.


Lucas 1, 39-56. Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Que asunta hoy al cielo, sea siempre nuestra Madre, guía y compañera de camino hasta la eternidad.


En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!Y dijo María: Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia- como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

viernes, 13 de agosto de 2010

Mensaje de confianza.




Los fundamentos de la confianza

Su bondad

La verdad es que Nuestro Señor es adorablemente bueno: su Corazón no puede ver sufrir sin ser desgarrado. Esa piedad le hace operar algunos de sus mayores milagros, espontáneamente, e incluso antes de haber recibido cualquier súplica.

La multitud le sigue a través de las montañas desiertas de Palestina; durante tres días, se olvida, para oírle, de la necesidad de comer y de beber. Llama, sin embargo, el Maestro a los Apóstoles: “Tengo compasión de la muchedumbre –les dice- y si les envío a sus casas en ayunas desfallecerán en el camino”. Y multiplica los pocos panes que les quedaban a los discípulos.

En otra ocasión, Él se dirigía a la pequeña ciudad de Naím, escoltado por una multitud. Casi al llegar a las puertas encuentra un cortejo fúnebre. Era un joven al que llevaban para la última morada: hijo único y su madre viuda. No esperando nada más de la vida, con profundo desaliento, seguía la triste mujer el cuerpo de su hijo. Ese dolor mudo compadeció vivamente al Maestro: Se emocionó de misericordia por la pobre madre afligida y le dijo: “¡No llores más!”. Y, acercándose a las angarillas donde yacía el cadáver, devolvió el joven vivo a su madre.

Almas heridas por las pruebas; conciencias turbadas por la duda, o, tal vez, por el remordimiento; corazones torturados por la traición o por la muerte; ustedes que sufren, ¿creen acaso que Jesús no tiene piedad de sus dolores? Eso sería no comprender su inmenso amor. Él conoce sus miserias; Él las ve y su Corazón se compadece. Es por ustedes, hoy, que Él lanza ese grito de compasión; y es a ustedes a quien Él repite, como a la viuda de Naím: “¡No llores. Yo soy la Resignación, Yo soy la Paz. Yo soy la Resurrección y la Vida!”.

Esa confianza, que naturalmente nos debería inspirar la divina bondad, Nuestro Señor nos la reclama explícitamente. Hace de ella condición esencial de sus favores. Lo vemos, en el Evangelio, exigir actos formales de esa confianza antes de obrar ciertos milagros.

¿Por qué Él, siempre tan tierno, se muestra tan duro en apariencia con la cananea, que le pide la cura de la hija? La rechaza varias veces; pero nada la desanima. Ella multiplica sus súplicas; nada disminuye su confianza inquebrantable. Eso era justamente lo que pretendía Jesús: “¡Mujer –exclama con alegre admiración- grande es tu Fe!” Y añade: “Hágase conforme tú lo deseas”.

La confianza obtiene el cumplimiento de nuestros deseos: el mismo Nuestro Señor lo afirma.

¡Extraña aberración de la inteligencia humana! Creemos en los milagros del Evangelio, puestos que somos católicos convictos; creemos que Cristo no perdió nada de su poder subiendo a los Cielos; creemos en su bondad, probada en toda su vida y, sin embargo, ¡no sabemos abandonarnos a la confianza en Él!

Conocemos muy mal al Corazón de Jesús. Nos obstinamos en juzgarlo por nuestros débiles corazones: realmente parece que quisiéramos reducir su inmensidad a nuestras mezquinas proporciones. Nos cuesta admitir esa increíble misericordia para con los pecadores, porque somos vengativos y lentos en perdonar. Comparamos su infinita ternura con nuestros pequeños afectos. Nada podemos comprender de ese fuego devorador que hacía de Su Corazón un inmenso brasero de amor, de esa santa pasión por los hombres que le dominaba completamente, de esa caridad infinita que lo llevó de las humillaciones del Pesebre al sacrificio del Gólgota. Y no podemos decir con el Apóstol San Juan, en la plenitud de nuestra Fe: ¡Creemos, Señor, en tu amor! Credidimus caritati.

Divino Maestro, de ahora en adelante, queremos abandonarnos enteramente a tu amorosa dirección.

Te confiamos el cuidado de nuestro futuro material. Ignoramos lo que nos reserva ese futuro cargado de amenazas. Pero nos abandonamos a las manos de tu Providencia.

Confiamos nuestros pesares a tu Corazón. A veces son muy crueles. Pero Tú estás con nosotros para suavizarlos.

Confiamos a tu misericordia nuestras miserias morales. La debilidad humana nos hace temer todos los desfallecimientos. Pero Tú, Señor, nos habrás de amparar y preservarás de caer.

Como el Apóstol preferido que descansó la cabeza sobre vuestro pecho, así descansaremos nosotros sobre tu Divino Corazón; y, según la palabra del Salmista, ahí dormiremos con deliciosa paz, porque estaremos -¡oh Jesús!- firmemente establecidos por Ti en una confianza inalterable.
De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent