sábado, 25 de septiembre de 2010

Ponernos en la piel de los "nuevos lázaros"

En la primera lectura del día de hoy escuchamos al profeta Amós que denuncia la vida de aquellos que se han enriquecido a costa de la miseria y del abandono de los demás. La Palabra de Dios describe el lujo en el que muchos viven instalados y que los incapacita para vivir abiertos a las necesidades de los demás.
Dios mismo les dirige una palabra de condena, pues él siempre mira el dolor de los suyos, especialmente de los que más sufren.
En el evangelio encontramos a Jesús camino de Jerusalén. Lucas se vale de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro para resaltar la novedad que trae consigo el Reino de Dios y que exige a sus discípulos ir más allá de una justicia meramente humana. Jesús resalta la insolidaridad y las desigualdades escandalosas entre los seres humanos.
Nosotros también conocemos situaciones en las que se sigue dando la misma desigualdad escandalosa y la misma insolidaridad entre personas, entre regiones y entre países. Detrás de cada "epulón" que derrocha frenéticamente hay muchos pobres que rebuscan angustiados las migajas que caen de su mesa.
Todo esto es sólo una parábola, pero con ella Jesús quiere enseñarnos mucho. Como si quisiera avisarnos: ¡cuidado con ser gentes de corazón duro que no se compadecen de los que sufren! ¡Cuidado con no enteraros, con cerrar los ojos a los pobres, con encerraros en vuestra isla de bienestar, sin pensar en nadie más! ¡Cuidado con que os preocupen más vuestros caprichos que las angustias y las necesidades de los que sufren! ¡Cuidado con no hacer caso a la Palabra de Dios, que nos llama a ser solidarios, porque ya no cambiaremos nuestra vida ni aunque resucite un muerto! ¡Cuidado con que nuestra vida cómoda no se convierta en un insulto o en un desprecio hacia los más pobres y los que más sufren!.
Los cristianos, los discípulos de Jesucristo, debemos mostrar una sensibilidad muy especial que nos capacite para ponernos en la piel de los "nuevos lázaros", de los que más sufren.
El Pan de la fraternidad que recibimos en cada Eucaristía, Cristo mismo, nos debe sacar de la indiferencia e insensibilidad y debe capacitarnos para vivir compartiendo nuestros bienes y nuestras personas con todos aquellos que están a nuestro lado y más nos necesitan. Jesús nos previene hoy acerca del pecado de la inactividad y la indiferencia.
Un día también nosotros tendremos que rendir cuentas a Dios de cómo y en qué hemos invertido los talentos y dones que Él nos ha regalado. ¡Aún estamos a tiempo de reconducir nuestras vidas!.
Articulo de: Antonio Javier Reyes Guerrero (Párroco de Santa Teresa) Córdoba.
Semanario Diocesano de Información y Formación Cristiana - Nº 251 - 26 de septiembre de 2010.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un corazón, un Señor.


Domingo XXV del Tiempo Ordinario. (Lucas 16, 1-13)


En el Evangelio de este domingo, Jesucristo nos deja claro que el apego a las riquezas resulta incompatible con el servico auténtico de Dios.

Y cuando hablamos de apego, estamos hablando en definitiva, del corazón humano.

En el corazón del hombre, está la clave de su vida, es el centro de los sentimientos, de los deseos, y también de la voluntad.

Pero el corazón está hecho para entregarse a un amor, a un único amor que comprometa la vida. Es así que no puede haber dos señore en nuestra vida, como nos dice Jesucristo en este Evangelio, pues un corazón dividido, termina por asfixiarse. Cuando se habla de riquezas siempre pensamos en el dinero, en tener muchas posesiones... y solemos decir: yo, como soy pobre...sin embargo el Señor cuando habla de riquezas se refiere a todo aquello que nos aparta de su Amor.

Puede ser el orgullo, el afán por ser tenido en cuenta, una amistad que nos hace daño, y un largo etcétera que cada uno conoce de su propia vida.

Por tanto, hagaos examen de conciencia, y busquemos que es lo que ocupa nuestro corazón y deja fuera a Dios.

Y después, acerquémonos al Corazón vivo y palpitante de Jesucristo, y enamorémonos de Él perdidamente, locamente. Si descubrimos cuánto le importa nuestra vida, ya no tendremos corazón para nada de este mundo que no sea Él, por Él y para Él. Esta es la aventura verdadera del cristiano, dejarlo todo por un amor, por el Amor que redime, que salva, por el Amor de Dios encarnado.

Sigamos el consejo de San Juan de Ávila: "Atreveos a perderos por Cristo, que Él os guardará".

Que nuestro corazón encuentre la verdadera riqueza, y el verdadero gozo, en amar de verás a Cristo, sabiendo que todo lo demás, pasará.

Articulo de: Carlos Jesús Gallardo Panadero (Vicerrector del Santuario de San Juan de Ávila, Montilla).

Semanario Diocesano de Información y Formación Cristiana - Nº 250 - 19 de septiembre de 2010.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Confiando en María.


Confianza en la oración.

Si queremos alcanzar gracias de María Santísima, Mediadora de toda gracia, es necesario que confiemos en Ella en la oración, ya que el que no confía cuando reza, no debe esperar obtener nada de la Virgen.

Pensemos cómo es nuestra oración. Si es una oración llena de confianza amorosa en María y en su bondad y providencia, o si por el contrario rezamos maquinalmente y dudando del poder y bondad de la Virgen.

A María le gusta que confiemos en Ella, porque ¿qué madre no exige a su hijo la plena confianza en ella? Así también María Santísima, nuestra Madre del Cielo, nos exige a nosotros, sus hijos, una plena confianza en Ella.

Si logramos esta confianza ilimitada en María, entonces todo lo alcanzaremos en la oración, especialmente en el rezo del Santo Rosario, que es su oración predilecta.

martes, 21 de septiembre de 2010

Miremos a Cristo en la Cruz.


Domingo XXIII del tiempo ordinario.

Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.


El Evangelio de este Domingo es uno de los que si pudiéramos suavizarlo lo harímos ya que se hace muy duro para nosotros. Son palabrasque pueden resultar tajantes o incluso costosas para nuestro corazón humano.

A Jesucristo no se le puede seguir a medias, Él nos lo pide todo porque quiere darlo todo, es más, ya lo ha dado todo.

No podemos llegar hasta Cristo con paso vacilante sino con paso firme.

En este Evangelio se nos pide radicalidad en nuestra entrega.No vale seguir a Cristo sin cruz.

Si queremos ser verdaderos cristianos tenemos que coger nuestra cruz y lanzarnos sin miedo a vivir una vida entregada y generosa con Cristo.

El cristianismo no se puede tomar a la ligera. Jesús nos pone en guardia contra el intento de amansarlo todo y de hacer de la religión y de Dios algo que no transforma nuestra vida.

Para el Señor no hay más camino de seguirle que el de negarse a sí mismo y tomar la cruz; esta palabra es la base de toda la vida cristiana, esta palabra se ha de poner en primer término cuando se quiere seguir a Dios Nuestro Señor.

Esta palabra es la que nos va a clarificar si vamos por el verdadero camino de la santidad, o si por el contrario, vamos por otro camino que no es el del seguimiento de Cristo.

Cargar con la cruz es estar en el banco de la prueba y demostrar si nuestro amor al Señor es verdadero.

En la Imitación de Cristo se lee "Si llevas voluntariamente la cruz, ella te llevará a ti y te conducirá al deseado fin.

Si la llevas a la fuerza, te creas un peso que te pesará siempre cada vez más.

Si echas fuera una cruz, seguramente, encontrarás otra y posiblemente más pesada...toda la vida de Cristo fue cruz y martirio; ¿ y tú pretendes para ti reposo y alegría?(II,12).

La advertencia y proposición de Cristo es clara. Sabemos cuál es el camino del que quiere seguir a Cristo, ahora está en nuestras manos una entrega verdadera.

Santa Teresa de Jesús decía: "miremos al crucificado y todo se nos hará poco".

Miremos a Cristo en la cruz y seguro que no tendremos corazón para negarle nada ya que Él lo dio todo por nosotros.

Articulo de: Jesús Enrique Aranda Cano (Párroco de Ntra. Sra. de Gracía) Guadalcázar (Córdoba).

Semanario Diocesano de Información y Formación Cristiana . Nº 248 . 5 de septiembre de 2010.

Iglesia en Córdoba.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Malicia del pecado mortal.




¿Qué hace quien comete un pecado mortal?... Injuria a Dios, le deshonra y, en cuanto está de su parte, le colma de amargura.

Primeramente, el pecado mortal es una ofensa grave que se hace a Dios. La malicia de una ofensa, como dice Santo Tomás, se aprecia atendiendo a la persona que la recibe y a la persona que la hace. Una ofensa hecha a un simple particular es, sin duda, un mal; pero es mayor delito si se le hace a una persona de alta dignidad, y mucho más grave si se dirige al rey... ¿Y quién es Dios? Es el Rey de los reyes (Ap. 17, 14). Dios es la Majestad infinita, respecto de la cual todos los príncipes de la tierra y todos los Santos y ángeles del Cielo son menores que un grano de arena (Is. 40, 15). Ante la grandeza de Dios, todas las criaturas son como si no fuesen (Is. 40, 17). Eso es Dios...

Y el hombre, ¿qué es?... Responde San Bernardo: Saco de gusanos, manjar de gusanos, que en breve le devorarán. El hombre es un miserable, que nada puede; un ciego, que no sabe ver nada; pobre y desnudo, que nada tiene (Ap. 3, 17). ¿Y este mísero gusanillo se atreve a injuriar a Dios? –dice el mismo San Bernardo–. Con razón, pues, afirma el Angélico Doctor (p. 3, q. 2, a. 2) que el pecado del hombre contiene una malicia casi infinita.

Por eso, San Agustín llama, absolutamente, al pecado un mal infinito; de suerte que, aunque todos los hombres y los ángeles se ofrecieran a morir, y aun a aniquilarse, no podrían satisfacer por un solo pecado. Dios castiga el pecado mortal con las terribles penas del infierno; pero, con todo, ese castigo es, como dicen todos los teólogos, citra condignum, o sea, menor que la pena con que tal pecado debiera castigarse.

Y, en verdad, ¿qué pena bastará para castigar como merece a un gusano que se rebela contra su Señor? Sólo Dios es Señor de todo, porque es Creador de todas las cosas (Es. 13, 9). Por eso, todas las criaturas le obedecen. “Obedécenle los vientos y los mares” (Mt. 8, 27). El fuego, el granizo, la nieve y el hielo... ejecutan sus órdenes (Sal. 148, 8). Mas el hombre, al pecar, ¿qué hace sino decir a Dios: Señor, no quiero servirte?

El Señor le dice: “No te vengues”, y el hombre responde: “Quiero vengarme”. “No tomes los bienes del prójimo”, y desea apoderarse de ellos. “Abstente del placer impuro”, y no se resuelve a privarse de él. El pecador dice a Dios lo que decía el impío Faraón cuando Moisés le intimó la orden divina de que diese libertad al pueblo de Israel... Aquel temerario respondió: ¿Quién es el Señor para que yo obedezca su voz?... “No conozco al Señor” (Ex. 5, 2). Pues lo mismo dice el pecador: Señor, no te conozco; hacer quiero lo que me plazca.

En suma: ante Dios mismo le pierde el respeto y se aparta de Él, que esto es propiamente el pecado mortal: la acción con que el hombre se aleja de Dios. De esto se lamenta el Señor, diciendo: Ingrato fuiste, “tú me has abandonado”; Yo jamás me hubiera apartado de ti; “tú te has vuelto a atrás”.

Dios declaró que aborrecía el pecado; de suerte que no puede menos de aborrecer al que lo comete (Sb. 14, 9). Y el hombre, al pecar, se atreve a declararse enemigo de Dios y a combatir frente a frente contra Él. Pues ¿qué dirías si vieses a una hormiga que quisiera pelear con un soldado?...

Dios es aquel omnipotente Señor que con sólo querer sacó de la nada el Cielo y la tierra (2Mac. 7, 28). Y si quisiera, a una señal suya, podría aniquilarlo todo. Y el pecador, cuando consiente en el pecado, levanta la mano contra Dios, y “con erguido cuello”, es decir, con soberbia, corre a ofender a Dios; ármase de gruesa cerviz (Jb. 15, 25) (símbolo de ignorancia), y exclama: “¿Qué gran mal es el pecado que hice?... Dios es bueno y perdona a los pecadores...”. ¡Qué injuria!, ¡qué temeridad!, ¡qué ceguedad tan grande!

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Heme aquí, Dios mío! A vuestros pies está el rebelde temerario que tantas veces en vuestra presencia se atrevió a perderos el respeto y a huir de Vos; pero ahora imploro vuestra piedad. Vos, Señor, dijisteis: Clama a Mí y te oiré. Reconozco que el infierno es poco castigo para mí; mas sabed, Señor, que tengo mayor dolor de haberos ofendido, ¡oh Bondad infinita!, que si hubiese perdido todos mis bienes y aun la misma vida.

Perdonadme, Señor, y no permitáis que vuelva a ofenderos. Me habéis esperado, a fin de que os amase y bendijese para siempre vuestra misericordia. Yo os amo y bendigo, y espero que por los merecimientos de mi Señor Jesucristo jamás abandonaré vuestro amor. Este amor vuestro me libró del infierno. Él me librará del pecado en lo porvenir.

Gracias mil os doy por estas luces y por el deseo que me dais de amaros siempre. Tomad, pues, posesión de todo mi ser, alma, cuerpo, potencias, sentidos, voluntad y libertad. Tuyo soy, sálvame (Sal. 118, 94). Vos, que sois el único bien, lo único amable, sed mi amor. Dadme fervor vivísimo para amaros, pues ya que tanto os ofendí, no me puede bastar el vulgar amor, sino que deseo amaros mucho para reparar las ofensas que os hice. De Vos, que sois omnipotente, espero alcanzarlo...

También, ¡oh María!, lo espero de vuestra oraciones, que son omnipotentes para con Dios.

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

martes, 14 de septiembre de 2010

El Señor nos espera.


Oh pueblos, a vosotros hablo, escuchad, que cada uno comience a sentir el calor y el amor que encierran las Palabras del Señor.

No las dejéis desaparecer, ni abandonéis lo que no empezasteis todavía, el Señor es paciente, os espera, no tardéis. Amén. Amén.

Leed: Isaías C. 55, V. 1-2-3 y 6-7

1 ¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche.

2 ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares.

3 Presten atención y vengan a Mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David.

6 ¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca!

7 Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y El le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar.
Comentario:

No tardemos en volver al Señor, no sea cosa que cuando queramos volver ya no tengamos tiempo ni modo de hacerlo.

Cuando Noe invitaba a los hombres a entrar en el Arca, muchos se burlaban de él. Pero llegó el diluvio y ya todos perecieron.

Hoy Dios nos invita a entrar en la nueva Arca que es el Corazón Inmaculado de María, al cual debemos entrar por una sincera conversión y por la consagración a María. No dejemos pasar más tiempo y pongámonos seriamente a trabajar sobre nuestra alma, para volverla más pura a través de una sincera y completa confesión con un sacerdote.

Mientras es de día se puede caminar, luego llega la noche y ya no se puede andar sin tropezar. Estamos todavía en el día, pero no sabemos cuánto durará todavía este tiempo de gracia, ya que luego vendrá la noche más oscura sobre el mundo y una general desesperación.

Estamos a tiempo todavía, busquemos a Dios y dejémonos encontrar por Él ahora que es el tiempo oportuno.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La oración de quien confía obtiene todo .


Finalmente, y no es la menor de sus prerrogativas, la confianza siempre será atendida. Nunca estará demás repetirlo: la oración de quien confía obtiene todo.

Con gran insistencia, la Escritura nos recomienda reanimar nuestra fe antes de presentar a Dios nuestros humildes pedidos. “Todo cuento pidierais en la oración, si tenéis Fe, lo alcanzaréis”, declara el Maestro. El Apóstol Santiago utiliza el mismo lenguaje: quiere que pidamos “con Fe, sin sombra de duda. Aquel que duda, se parece a la ola inconstante del mar; con esa disposición de alma inútilmente esperará ser oído”.

Ahora bien, ¿de qué Fe tratan los textos precedentes? No es de la Fe habitual que el Bautismo infunde en las almas, sino de una confianza especial, que nos hace esperar firmemente la intervención de la Providencia en ciertas circunstancias. Es lo que dice claramente Nuestro Señor en el Evangelio: “Todo lo que pidiereis orando, creed que lo obtuvisteis ya y se os dará”. El Maestro no podía hablar más claramente de la confianza.

Podemos tener Fe viva y dudar, sin embargo, que Dios quiera acoger favorablemente esta o aquella petición nuestra. ¿Acaso tenemos la seguridad, por ejemplo, de que el objeto de nuestro deseo se ordena a nuestro verdadero bien? Dudamos pues. Y esta simple duda, hace notar un teólogo, disminuye la eficacia de la oración.

En otras ocasiones, por el contrario, la seguridad interior se fortifica hasta el punto de rechazar completamente toda duda y vacilación. Estamos tan seguros de ser atendidos, que nos parece tener ya en la mano la gracia solicitada.

“En atención a una confianza tan perfecta escribe el P. Pesch- Dios nos concede favores que, sin esto, no nos habría dado. En efecto, el bien que le pedíamos no nos era necesario; o no reunía las condiciones suficientes para que Dios, en virtud de sus promesas, se obligase a dárnoslo”. Por otro lado, casi siempre esa seguridad interior es obra de la gracia en nosotros.

“Por eso –concluye el mismo autor- una singular confianza en obtener esta o aquella bendición, es una especie de promesa especial que Dios nos hace de concedérnosla”.

Una palabra de Santo Tomás resumirá esta corta digresión: “La oración –dice el Doctor Angélico- toma su merecimiento de la caridad, pero su eficacia impetratoria le viene de la Fe y de la confianza”.
De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

jueves, 9 de septiembre de 2010

Dios es Padre.




Una verdad que a veces olvidamos es que Dios es “Padre”.

Efectivamente Dios es Padre, y un Padre Bueno, infinitamente bueno, que todo lo hace por amor, y que, incluso cuando castiga, es decir, cuando permite el mal, lo hace movido por el amor hacia nosotros, los hombres.

Es bueno que tengamos esto presente cuando nos ocurra alguna desgracia y nos imaginemos que Dios es cruel o malo porque ha permitido ese mal.

Si no debemos juzgar a nadie, mucho menos debemos juzgar a Dios, porque no sabemos lo que sabe Dios, y por ello no podemos entender por qué el Señor ha querido o permitido esas cosas.

En lo que respecta a nosotros nos debe bastar recordar esta verdad de que Dios es Padre, y un Padre infinitamente bueno, que solo actúa por amor, y su misma Justicia, está movida por su amor.

Tenemos que rezar mucho para que Dios no permita el mal en nuestras vidas ni en las vidas de nuestros seres queridos, porque el Mal existe y Dios, a veces, lo permite. Pero si rezamos mucho, el Señor nos amparará del Maligno y si nos sucede alguna desgracia, con la oración tendremos fuerzas para sobrellevarla y convertir ese mal en bien, como hace Dios, que del mal sabe sacar bienes.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Confiando en María.


Más confiamos, más recibimos.

Cuanto más confiamos en María, tanto más recibimos de Ella gracias y dones, favores y cariños, porque la Virgen no se deja ganar en generosidad y premia con su ayuda abundante a todo aquel que se abandona en sus brazos maternales.

El recipiente con el que debemos acercarnos a María para recibir sus gracias, es el de la confianza. Según sea este recipiente, así serán las gracias que entrarán en él.

Por eso no debemos poner límites a la confianza en María, nuestra Madre celestial, porque Ella es la Madre también de Dios, y Dios no le niega nada de todo lo que Ella pide. Así que si confiamos plenamente en María, entonces estamos seguros que obtendremos todo de Dios, porque María pedirá por nosotros. Pero lo importante es que no perdamos la confianza en María, y si una gracia no la recibimos, seguir confiando en Ella, estando bien seguros de que si no recibimos algo es por nuestro bien, porque la Virgen cuida de nosotros y sabe que eso es lo mejor.

Es fácil confiar cuando todo va bien, lo difícil es confiar cuando las cosas se complican o sobrevienen las desgracias o problemas. Ahí, justamente es cuando debemos confiar ciegamente en María y en su socorro, que no tardará en llegar. Y, superada la prueba, nuestra Madre nos consolará y premiará abundantemente.

martes, 7 de septiembre de 2010

La vida presente es un viaje a la eternidad


Irá el hombre a la casa de su eternidad.
Ecl. 12, 5

Al considerar que en este mundo tantos malvados viven prósperamente, y tantos justos, al contrario, viven llenos de tribulaciones, los mismos gentiles con el solo auxilio de la luz natural, conocieron la verdad de que existiendo Dios, y siendo Dios justísimo, debe haber otra vida en que los impíos sean castigados y premiados los buenos.

Pues esto mismo que los gentiles conocieron con las luces de la razón, nosotros los cristianos lo confesamos también por la luz de la fe: No tenemos aquí ciudad permanente, mas buscamos la que está por venir (He. 13, 14).

Esta tierra no es nuestra patria, sino lugar de tránsito por donde pasamos para llevar en breve a la casa de la eternidad (Ecl. 12, 5). De suerte, lector mío, que la casa en que vives no es tu propia casa, sino como una hospedería que pronto, y cuando menos lo pienses, tendrás que dejar; y los primeros en arrojarte de ella cuando llegue la muerte serán tus parientes y allegados... ¿Cuál será, pues, tu verdadera casa? Una fosa será la morada de tu cuerpo hasta el día del juicio, y tu alma irá a la casa de la eternidad, o al Cielo, o al infierno.

Por eso nos dice San Agustín: “Huésped eres que pasa y mira”. Necio sería el viajero que, yendo de paso por una comarca, quisiera emplear todo su patrimonio en comprarse allí una casa, que al cabo de pocos días tendría que dejar. Considera, por consiguiente, dice el Santo, que estáis de paso en este mundo, y no pongas tu afecto en lo que ves. Mira y pasa, y procúrate una buena morada donde para siempre habrás de vivir.

¡Dichoso de ti si te salvas!... ¡Cuán hermosa la gloria!... Los más suntuosos palacios de los reyes son como chozas respecto de la ciudad del Cielo, única que pudo llamarse Ciudad de perfecta hermosura. Allí no habrá nada que desear. Estaréis en la gozosa compañía de los Santos, de la divina Madre de Nuestro Señor Jesucristo y sin temor de ningún mal. Viviréis, en suma, abismados en un mar de alegría de continua beatitud, que siempre durará (Is. 35, 10). Y este gozo será tan perfecto y grande, que por toda la eternidad y en cada instante parecerá nuevo...

Si, por el contrario, te condenas, ¡desdichado de ti! Te hallarás sumergido en un mar de fuego y de dolor, desesperado, abandonado de todos y privado de tu Dios... ¿Y por cuánto tiempo?... ¿Acaso cuando hubieren pasado cien años, o mil, habrá concluido tu pena?... ¡Oh, no acabará!... ¡Pasarán mil millones de años y de siglos, y el infierno que padecieres estará comenzando!... ¿Qué son mil años respecto de la eternidad?... Menos de un día que ya pasó... (Sal. 89, 4). ¿Quieres ahora saber cuál será tu casa en la serenidad?... Será la que merezcas; la que te fabriques tú mismo con tus obras.

AFECTOS Y SÚPLICAS

Ved, pues, Señor, la casa que merecí con mi vida: la cárcel del infierno, donde apenas hube cometido el primer grave pecado, debí estar abandonado de Vos y sin esperanza de amaros nuevamente. ¡Bendita sea para siempre vuestra misericordia, porque me esperasteis, Señor, y me disteis tiempo para remediar tanto mal! ¡Bendita sea para siempre la Sangre de Jesucristo, que mereció para mí esa misericordia!... No quiero, Dios mío, abusar más de vuestra paciencia. Me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, no tanto por el infierno que merecí como por haber ultrajado vuestra infinita bondad.

No más, Dios mío; no más. Antes morir que volver a ofenderos. Si yo estuviese ahora en el infierno, ¡oh Sumo Bien mío!, no podría ya amaros, ni Vos podríais amarme a mí... Os amo, Señor, y quiero que me améis. Bien sé que no lo merezco; pero lo merece Jesucristo, que se sacrificó en la cruz para que me perdonaseis y amarais. Por amor de vuestro divino Hijo, dadme, pues, ¡oh Eterno Padre!, la gracia de que yo os ame siempre de todo corazón... Os amo, Padre mío, que me disteis a vuestro Hijo Jesús. Os amo, Hijo de Dios, que moristeis por mí.

Os amo, ¡oh Madre de Jesucristo!, que con vuestra intercesión me habéis alcanzado tiempo de penitencia. Alcanzadme ahora, Señora mía, dolor de mis pecados, el amor de Dios y la santa perseverancia.

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

lunes, 6 de septiembre de 2010

Mañana, mañana...


Muchos esperan al último momento de sus vidas para arreglar su conciencia con Dios. Ponen en peligro su salvación eterna, dejando para el último momento de su existencia la confesión con el sacerdote.

Pero esto es un grave error y una gran imprudencia, porque, primero: no sabemos si tendremos tiempo y modo de confesarnos antes de que nos llegue la muerte; y, segundo: si no estamos acostumbrados a confesarnos, es muy difícil hacer bien la confesión en el momento terminal de nuestra vida, en que tenemos tantos temores y cuando el demonio pone todo su esfuerzo para llevarnos a su Infierno, desatando sobre nosotros su última tentativa, la última batalla para arrebatarnos el alma.

Es verdaderamente de locos dejar la confesión para mañana, para después, para el último día, porque no sabemos si podemos contar con ese “mañana”, ya que con lo único seguro que contamos es con el “ahora”, con el “hoy”.

Esta es una astucia de Satanás, que nos hace aplazar hasta último momento la reconciliación con Dios, porque sabe que de esa forma él tiene una gran oportunidad de llevarnos a la perdición eterna.

Meditemos hoy profundamente cómo está nuestra alma, y si descubrimos que vivimos en pecado mortal, hagamos un acto de sincero arrepentimiento y vayamos a confesarnos HOY MISMO con un sacerdote, porque no sabemos si mañana veremos la luz del día.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los frutos de la confianza.


Atrae sobre las almas favores excepcionales

“No perdáis, pues, vuestra confianza dice el Apóstol San Pablo- que tiene una gran recompensa” (Heb 10, 35). Esa virtud, en efecto, da tanta gloria a Dios, que atrae necesariamente sobre las almas favores excepcionales.

El Señor, varias veces, manifestó en las Escrituras la generosa magnificencia con la cual trata a los corazones que confían.

“Ya que ha esperado en Mí, Yo le libraré, Yo le protegeré porque reconoció mi Nombre. Me invocará y Yo le escucharé. Estaré con él en la tribulación; le libertaré y le glorificaré”. (Sal 90, 14-15).

¡Qué promesas pacificadoras en boca de Aquel que castiga toda palabra inútil y condena la más ligera exageración!

Así, pues, y según el testimonio de la propia Verdad, la confianza aparta de nosotros todos los males.

“Porque has hecho del Altísimo tu baluarte, no llegará a ti el mal, ni plaga alguna se acercará a tu tienda. Pues Él ha mandado a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos, -ellos te llevarán sobre sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra. Andarás sobre áspides y víboras, hollarás los leones y dragones”. (Sal 90, 9-13).

Entre los males de los que nos preserva la confianza, es necesario citar en primer lugar al pecado. Nada más conforme, por lo demás, a la naturaleza de las cosas. El alma que confía conoce su nada, como el de todas las criaturas; por eso, no cuenta consigo misma ni con los hombres y pone en Dios toda su esperanza. Desconfía de la propia miseria; practica, por tanto, la verdadera humildad.

Ahora bien, como sabemos, “el origen de todo pecado es la soberbia” y “la altivez de espíritu precede a la ruina”. El Señor se aparta del soberbio; lo abandona a su debilidad y lo deja caer. La caída de San Pedro es un terrible ejemplo de ello.

En los designios misericordiosos de su Sabiduría, Dios permitirá tal vez que la prueba asalte durante algún tiempo al alma que confía: nada, sin embargo, la hará temblar; estará inmóvil y firme “como el monte de Sión”. Conservará “la alegría en el fondo del corazón” y a pesar del rugido de la tormenta “dormirá en paz”. Se dejará llevar hasta el final bienaventurado de su peregrinar, pues Dios salva “a los que en Él esperan”.

Estos son, sin embargo, beneficios puramente negativos.

Dios colma de los beneficios de los más positivos al hombre que confía en Él. Con hermosa poesía el Profeta expone esa verdad: Bienaventurado el varón que tiene puesta en el Señor su confianza y cuya esperanza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, el cual extiende hacia la humedad sus raíces, y no temerá cuando venga el estío. Y estarán verdes sus hojas; ni le hará mella la sequía, ni jamás dejará de producir fruto”.

Para resaltar, por impresionante contraste, la paz radiante de ese cuadro, contemplen la suerte lamentable de aquel que cuenta con las criaturas: “¡Maldito sea el hombre que confía en el hombre y se apoya en un brazo de carne, y aparta del Señor su corazón! Porque será como desnudo arbusto en el desierto; cuando viene el bien no lo ve; pues vive en la sequedad del desierto, en una tierra salobre e inhabitable”.
De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent