martes, 30 de noviembre de 2010

¿Cómo abrirse a Dios?

1. La decisión. Se puede escuchar cientos de veces la necesidad de abrirle el corazón a Dios, pero sin la decisión personal es imposible. El hombre debe tomar la decisión porque Dios no infringe la voluntad. Dios espera que el hombre le diga: "aquí estoy, estoy dispuesto". "Hoy tomo la decisión de permitirte entrar a mi vida, a lo más profundo de mi existencia, a que vengas a morar a mí."
2. La humildad. Sin la humildad es imposible permitirle a Dios entrar al corazón, por dos razones: porque Dios es humilde y se manifiesta en los que son como Él, y luego: porque la humildad es la disposición necesaria, la virtud que Él escogió para entrar y morar en las almas.
3. Elabandono completamente a la gracia de Dios, que no es otra cosa que la actitud de entrega sin reservas a Su amor, porque en el fondo lo que Dios desea, es que todos experimentemos cuánto nos ama. El hombre progresa espiritualmente en la medida que experimenta el amor de Dios y no por cuánto más sabe o por cuánto más hace; y menos por cuanto más tiene.  
4. La petición. Súplica humilde por el cual el alma le pide a Dios que le visite, que descienda hasta las profundidades remotas de su existencia.

Estos pasos se siguen en quietud y paciente espera.

La Virgen también dice en el mensaje, que hay que abrirse a la misericordia de Dios. Esta llamada tiene dos matices. Por un lado es una exhortación a reconocer este importante atributo de Dios. A santa María Faustina, Apóstol de la Misericordia Divina Jesús le dijo que "la misericordia es el más grande atributo de Dios". En el mensaje la Virgen nos invita a reconocerlo y por tal razón, a no temer de acercarse a Ella. Pero por otro lado, también es una invitación a reconocer el pecado. Porque el alma que le pide perdón a Dios y se arrepiente de sus faltas es quien experimenta la misericordia de Dios. Por ello el mensaje también es una invitación a acercarnos al sacramento de la Penitencia y en esta ocasión en orden al misterio de la Navidad que ya se acerca.

El hombre que da el paso de acercarse a Dios, Dios lo recompensa. La Virgen dice: "Él les dará todo lo que necesitan y llenará sus corazones con la paz porque Él es la paz y su esperanza". Precisamente lo que el hombre de hoy busca afanosamente en el mundo es lo que Dios le ofrece, sin embargo no todos lo reconocen.

Oremos:Oh Señor. Hago un acto de fe muy grande en tu presencia amorosa. Yo se que estás conmigo. Muchas personas en el mundo me han fallado, y también yo Te he fallado. También me he fallado a mí mismo. Sin embargo, sé que Tú me perdonas y tienes la disposición de ayudarme.

Yo en este preciso momento me abro a Tu amor. Reconozco que muchas veces las puertas de mi corazón han permanecido cerradas a Él. Hoy te digo: ¡Basta, quiero que entres a mi corazón! Quiero que mores en mí como moraste en el alma de María Tu Hija fiel. Quiero que desciendas a lo más profundo de mi corazón. No quiero vivir más en el pecado. De ahora en adelante quiero pertenecer sólo a Ti porque sé que guiarás mi vida hacia la plenitud. Quiero acogerte una vez más como mi Señor, mi Dios, mi Salvador.

Oh Jesús, también te abro las puertas de mi corazón sin reservas; a  todo lo que hiciste por mi salvación y la de mi familia. Jesús, yo quiero que estés siempre en mi corazón. No permitas que mi corazón se divida, que coexistan la tiniebla y la luz. Nuevamente Te acojo como mi Salvador. Te doy gracias por todo lo que padeciste por mí. Por Tus afrentas y Tu muerte. ¡Gracias Señor porque no tomas en consideración mis faltas sino la fe que en este momento deposito en Ti! Ayúdame a romper para siempre con el pecado y con todo lo que me separe de Ti. Quiero celebrar esta Navidad diferente: con más amor, con más alegría y con más paz. Por eso hoy vengo a Ti. Yo sé que Tú eres el único camino que hace feliz al ser humano en la tierra. No permitas Jesús que mi corazón se desvíe del camino de la luz. No permitas que las tinieblas me arrastren por el camino equivocado, quiero pertenecer completamente a Ti.

Oh Espíritu Santo, llena mi corazón de Tu amor. Me abro plenamente a Ti, a Tus dones, a Tus carismas, a Tus frutos. Ven y visita mi corazón. Disponme a perdonar a quien a lo largo de mi vida me ha ofendido. A no guardar rencor a nadie y que pueda irradiar tu paz a todos. Te necesito, Oh Espíritu Santo. Tú eres el Consolador, el Dulce Huésped del alma.  

María, gracias por venir cada día a la tierra y hablarle a mi corazón! Las palabras de este mensaje eran las que yo necesitaba. Nuevamente me has ayudado a levantarme, a darle a Dios el primer lugar en mi vida. Nuevamente me consagro a Tu Corazón Inmaculado para adelantar su triunfo en el mundo. ¡Gracias María! Te acojo nuevamente como mi Madre y la Reina de mi corazón.

Padre Francisco A. Verar

lunes, 29 de noviembre de 2010

Paz del justo a la hora de la muerte.

Las almas de los justos están en la mano de Dios
y no los tocará tormento de muerte.
Pareció que morían a los ojos de los insensatos;
mas ellos están en paz.
Sb. 3, 1
Justorum anima in manu Dei sunt. Si Dios tiene en sus manos las almas de los justos, ¿quién podrá arrebatárselas? Cierto es que el infierno no deja de tentar y perseguir hasta a los Santos en la hora de la muerte; pero Dios, dice San Ambrosio, no cesa de asistirlos y de aumentar su socorro a medida que crece el peligro de sus fieles siervos. (Jos. 5).
Aterrado quedóse el criado de Eliseo cuando vio la ciudad cercada de enemigos. Pero el Santo le animó, diciéndole: “No temas, porque muchos más son con nosotros que con ellos” (2 R. 6, 16), y le hizo ver un ejército de ángeles enviados por Dios para defenderle.
Irá, pues, el demonio a tentar al moribundo, pero acudirá también el ángel de la Guarda para confortarle; irán los Santos protectores; irá San Miguel, destinado por Dios para defensa de los siervos fieles en el postrer combate; irá la Virgen Santísima, y acogiendo bajo su manto al que le fue devoto, derrotará a los enemigos; irá el mismo Jesucristo a librar de las tentaciones a aquella ovejuela inocente o penitente, por cuya salvación dio la vida. Él le dará la esperanza y el esfuerzo necesario para vencer en la tal batalla, y el alma, llena de valor, exclamará: “El Señor se hizo mi auxiliador” (Sal. 39, 12). “El Señor es mi iluminación y mi salud, ¿a quién temeré?” (Sal. 26, 1).
Más solícito es Dios para salvarnos que el demonio para perdernos; porque muchos más nos ama Dios de lo que nos aborrece el demonio.
Dios es fiel –dice el Apóstol (1 Co. 10, 13)–, y no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Quizá me diréis que muchos Santos murieron temiendo por su salvación. Yo os respondo que hay poquísimos ejemplos de que mueran con ese temor los que hubieren tenido buena vida. Vicente de Beauvais dice que permite el Señor a veces que ocurra esto a ciertos justos, para purificarlos en la hora de la muerte de algunas faltas ligeras. Por otra parte, leemos que casi todos los siervos de Dios murieron con la sonrisa en los labios.
Todos temeremos al morir el juicio divino; pero así como los pecadores pasan de ese temor a la desesperación horrenda, los justos pasan del temor a la esperanza. Temía San Bernardo, estando enfermo, según refiere San Antonino, y se veía tentado de desconfianza; pero pensando en los merecimientos de Jesucristo, desechaba todo temor y decía: Tus llagas son mis méritos.
San Hilarión temía también, pero pronto exclamó lleno de gozo: Sal, pues, alma mía, ¿qué temes? Cerca de setenta años has servido a Cristo, ¿y ahora temes la muerte?
Es decir: ¿qué temes, alma mía, después de haber servido a un Dios fidelísimo que no sabe abandonar a los que le fueron fieles durante la vida? El Padre José de Scamaca, de la Compañía de Jesús, respondió a los que le preguntaban si moría con esperanza: “Pues qué, ¿he servido acaso a Mahoma para dudar de la bondad de mi Dios, hasta el punto de temer que no quisiera salvarme?”
Si en la hora de la muerte viniese a atormentarnos el pensamiento de haber ofendido a Dios, recordemos que el Señor ha ofrecido olvidar los pecados de los penitentes (Ez. 18, 31-32).
Dirá alguien tal vez: ¿Cómo podremos estar seguros de que Dios nos ha perdonado?... Eso mismo se preguntaba San Basilio, y se respondió diciendo: He odiado la iniquidad y la he abominado. Pues el que aborrece el pecado puede estar seguro de que le ha perdonado Dios.
El corazón del hombre no vive sin amor: o ama a Dios, o ama a las criaturas. ¿Y quién ama a Dios? El que guarda sus mandamientos (Jn. 14, 21). Por tanto, el que muere en la observancia de los preceptos muere amando a Dios; y quien a Dios ama, nada teme (1 Jn. 4, 18).
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh Jesús! ¿Cuándo llegará el día en que os diga: Dios mío, ya no os puedo perder? ¿Cuándo podré contemplaros cara a cara, seguro de amaros con todas mis fuerzas por toda la eternidad? ¡Ah Sumo Bien mío y mi único amor! Mientras viva, siempre estaré en peligro de ofenderos y perder vuestra gracia.
Hubo un tiempo desdichado en que no os amé, en que desprecié vuestro amor... Me pesa de ello con toda mi alma, y espero que me habréis perdonado, pues os amo de todo corazón y deseo hacer cuanto pueda para amaros y complaceros. Mas como todavía estoy en peligro de negaros mi amor y huir de Vos otra vez, os ruego, Jesús mío, mi vida y mi tesoro, que no lo permitáis... Si hubiere de sucederme esa inmensa desgracia, hacedme morir ahora mismo con la más dolorosa muerte que eligiereis, que así lo deseo y os lo pido.
Padre mío: por el amor de Jesucristo, no me dejéis caer en tan espantosa ruina. Castigadme como os plazca. Lo merezco y lo acepto; pero libradme del castigo de verme privado de vuestro amor y gracia. ¡Jesús mío, encomendadme a vuestro Padre!
¡María, Madre mía!, rogad por mí a vuestro divino Hijo; alcanzadme la perseverancia en su amistad y la gracia de amarle, y haga luego de mí lo que le agrade.

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tiempo de prueba.

Nuestra vida sobre la tierra es tiempo de prueba. Es como una sala de espera para entrar al fin, por la muerte, a la verdadera patria, que será el Cielo para los que mueren en gracia de Dios, o el Infierno para los que mueren en pecado mortal.
Por eso hay que mirar esta vida y las cosas de esta vida, todas las cosas de esta vida, teniendo bien presente esta verdad: la vida sobre la tierra es una prueba.
Entonces tendremos una visión más exacta de lo que nos pasa y lo que le sucede a nuestros seres queridos, no nos desanimaremos si nos sobreviene la desgracia, ya sea material, sentimental o espiritual, porque en definitiva, mientras estamos de camino hay que sufrir toda clase de contrariedades, pero si salimos victoriosos de ellas, entonces nos espera la felicidad sin fin.
Hay muchos que consideran esta vida como todo lo que existe, y así se desesperan si les acontece un fracaso en cualquier campo, porque no tienen la correcta visión de que esta vida no es la definitiva, sino que lo definitivo es lo que viene después de la muerte.
No envidiemos la vida de los que son malos y, a pesar de ello, todas las cosas les van bien. Porque es el mismo demonio quien les provee de logros humanos y materiales para tenerlos después torturándolos por toda la eternidad en el Infierno.
Estemos atentos porque es fácil caer en falsas apreciaciones de lo que sucede en este mundo, y pensar que a quien le va mal, es un castigo de Dios, y a quien le va bien es una bendición del Cielo. ¡No! Justamente muchas veces es todo lo contrario, porque al que le va todo bien y es malvado, eso es señal segura de que es Satanás quien lo está favoreciendo. Y en cambio, si un bueno sufre incontables males, es señal también de que el demonio se venga en él, y Dios lo permite porque sabe sacar del mal un bien, y hacer de ese hombre un pequeño redentor.
Recordemos siempre esto: Los hombres no son ni completamente malos, ni completamente buenos, sino que todos, en diversa medida, tienen mezcladas ambas cualidades. El que es malo, algo de bueno hace; y el que es bueno, algo de malo hace. Entonces Dios castiga en esta vida lo poco malo que hace el bueno, para después darle el Cielo en la eternidad. Y Dios premia en esta vida lo poco bueno que hace el malo, para darle el castigo merecido en la eternidad: el Infierno.
Tengamos estas cosas presentes y juzguemos más sabiamente de acuerdo a como Dios ve las cosas y no con criterios humanos.

martes, 23 de noviembre de 2010

Oración.


Nuestro tiempo debe estar penetrado por la oración.
Oración, sí. Siempre oración.
Oración para dar gracias a Dios y para pedir gracias de Dios.
Oración al abrir y al cerrar la jornada, sin que falte nunca durante el resto del día.
Oración de alabanzas y bendición al Señor
y de petición para que Él bendiga cada día.
Oración ofreciendo la jornada, dando nuestra nada
para que Dios la llene con sus dones
y estos dones puedan en nosotros fructificar.
Oración pidiendo la bendición de la mesa
y agradeciendo la Providencia por la comida.
Oración para recibir la paz de Cristo y para ser portadores de esa paz.
Oración para interceder
y para pedir a la Santísima Virgen y a todos los santos su intercesión.
Oración de reparación.
Oración persistente desde la fe.
Oración espontánea y oración litúrgica.
Oración vocal y oración mental.
En lo secreto del cuarto y frente al Santísimo.
Oración personal y comunitaria.
Oración callada y a viva voz.
Rezo del Rosario en familia, en grupo o solos.
Rosario y Misa. Misa y Rosario.
Y adoración.
Orar con los salmos. Orar con la Biblia.
Oración a tiempo y a destiempo.
Oración litúrgica de las horas y más allá de ellas.
Orar cuando se prueba gusto, y orar desde la aridez.
Orar en la alegría y orar en el dolor.
Siempre oración.
Orar siempre, en todo momento.
“Orar, orar, orar”, pide la Señora y Madre nuestra.
Oración constante y persistente
como lo es el llamado de la Virgen Santísima a la oración.
Y siempre humilde la oración, de lo profundo del corazón.
Porque es ley que cuanto más uno se abaja y se hace pequeño,
más se eleva su oración.
Mi invitación quiere ser para ustedes, hijitos, una invitación para que se decidan a seguir el camino de la conversión, por eso oren…
El camino de conversión es camino de oración. No hay otro.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Anuncio del Evangelio.

Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin. (Mt 24, 14). 
Comentario: 
Si pensamos en el celo apostólico de los últimos Papas, especialmente de Juan Pablo II, que viajó tantas veces y a todas partes del mundo llevando el Evangelio; y si meditamos en que a través de los modernos medios de comunicación, la Buena Noticia se esparce por toda la tierra, es lógico que concluyamos que estamos cerca del fin de que nos habla el Señor aquí. Todavía falta anunciar a todos los hombres el Reino, pero la Iglesia va adelantada en este terreno.
Ojalá nosotros seamos de esos valientes apóstoles que lleven la Buena Nueva a todas las naciones, cosa que ahora, a través de Internet, es más fácil de realizar.
Pero muchos tal vez tengamos que derramar la propia sangre por el Evangelio, cuando llegue la persecución del Anticristo, cuya aparición tampoco está lejana en el tiempo.
No tengamos miedo y lancémonos a la nueva evangelización tan pedida por los últimos Papas y llevemos el anuncio de la salvación hasta los últimos confines de la tierra, obedeciendo al mandato de Jesús que nos dijo: “Id y evangelizad a todas las gentes”.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.

EL REY DE LOS JUDÍOS
Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo
21 de noviembre de 2010

Con esta fiesta de Jesucristo Rey del universo llegamos al final de otro año litúrgico. En la celebración de la eucaristía, domingo tras domingo, hemos ido leyendo y proclamando el evangelio según Lucas. Y ese mensaje, conservado y meditado en el corazón, ha ido iluminando y alimentando nuestra vida diaria.
Al comienzo de este evangelio, el ángel anunciaba a María el nacimiento de su Hijo. Después de indicarle el nombre de Jesús que habría de imponerle, añadía el ángel: “Él será grande y será Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).
A lo largo de su vida, Jesús no ha hecho nada para reivindicar esa dignidad regia que le correspondía. Al contrario, ha declarado una y otra vez que pertenecía al grupo de los pobres. Es más, ha afirmado que el verdadero señorío es el de los que se deciden a manifestarlo en el servicio generoso a los demás.
Ahora, el mismo evangelio presenta a Jesús clavado en una cruz (Lc 23, 35-43). Y por encima de su cabeza hay un letrero escrito en griego, en latín y en hebreo en el que se puede leer la causa de su condena: “Este es el rey de los judíos”. Quienes esperaban verlo sentado en el trono de David, su padre, debieron de sufrir escándalo y decepción.
SALVACIÓN Y SALVADOR

Al comienzo de este evangelio de Lucas, los ángeles habían anunciado el nacimiento de Jesús, diciendo a los pastores: “Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,11). En aquel niño la salvación era un don de Dios destinado a toda la humanidad.
A lo largo de su vida, un centurión rogó a Jesús que fuera a salvar a un siervo suyo (Lc 7,3). Al menos cuatro veces pudo decir a los enfermos: “Vete en paz, tu fe te ha salvado” (Lc 7,50; 8,48; 17,19; 18,42). Él mismo diría que con su visita había llegado la salvación a casa de Zaqueo, pues Él había venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,9).
Ahora, el mismo evangelio presenta a Jesús clavado en una cruz y rodeado por una multitud que se burla de él, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido” (Lc 23,35). Como si salvar su vida fuera la señal de la misión del que vino a salvar a los demás.
BANDERA DISCUTIDA

Al comienzo de este evangelio de Lucas, un anciano había reconocido a Jesús en los atrios del templo y había dicho de él que habría de alzarse como una señal de contradicción, es decir como una bandera discutida (Lc 2,34). Ante él se dividirían las opiniones y las opciones de las gentes, incluidas las más cercanas.
A lo largo de su vida, Jesús ha sido seguido por las multitudes que buscaban en él la luz de su mensaje y también la curación para ellos o para otros. Pero ha encontrado la oposición de los dirigentes del pueblo que rechazaban su doctrina y lo acusaban de hacer portentos en el día santo del sábado en el que estaba prohibido trabajar (Lc 6, 6-11).
Ahora, el mismo evangelio presenta a Jesús clavado en una cruz y flanqueado por dos malhechores. Uno lo insulta y repite el desafío de las autoridades y del pueblo. Si es el Mesías que haga algo por salvarse y salvar a los desgraciados. El otro confía en aquel hombre que da muestras de confiar en Dios. Por eso lo invoca como rey.
- Señor Jesús, te reconocemos como nuestro rey y Salvador, como la señal levantada en alto, que ahora y siempre suscita controversias, rechazos y adhesiones. Acuérdate de nosotros en tu reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Amen.

José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca

lunes, 15 de noviembre de 2010

El mañana: la eternidad.

El acercamiento espiritual hacia el Señor siempre está latente de Su parte, hijos míos, entonces, dad ese paso que tanto os cuesta dar, enfrentad a ese adversario que tenéis delante vuestro y que sólo ofrece lo fácil y el hoy, pensad en el mañana, Cristo es la esperanza del mañana y os ama.
Amén. Amén.
(Mensaje de María del Rosario de San Nicolás) 
Comentario: 
El demonio ofrece la vida fácil, el gozar todo hoy, el disfrutar el momento presente pero contra la voluntad de Dios, y hacernos así un mañana, una eternidad desgraciada.
Es lo que nos proponen los medios de comunicación masiva, especialmente el cine y la televisión, esta última, arma formidable en manos de Satanás.
Pero nosotros los cristianos debemos estar convencidos de que este mundo no es el único, sino que después de esta vida, de esta tierra, que es tiempo de prueba, hay un Cielo y un Infierno que nos esperan, según hayamos vivido en gracia de Dios o en pecado mortal respectivamente.
El diablo hoy nos aturde con los placeres y con las cosas de todos los días, para que no tengamos tiempo de detenernos un momento a pensar, a meditar sobre nuestro futuro. No sobre nuestro futuro en la tierra, sino sobre nuestro verdadero e importante futuro que es la eternidad.
Hoy es tiempo de convertirnos, de tomarnos la vida en serio, porque somos nosotros quienes gozaremos para siempre en el Cielo, o sufriremos también para siempre en el Infierno. ¿Qué importa lo que hagan los demás? A cada uno de nosotros nos debe importar lo que hacemos nosotros, lo que hago yo, porque yo soy el que quedaré, en el momento de la muerte, frente a frente al Juez eterno, Jesucristo, y allí mismo se decidirá mi suerte eterna.
No nos dejemos engañar por el diablo, que hace de todo para distraernos de las cosas importantes de la vida, a saber: la salvación del alma.

viernes, 12 de noviembre de 2010

En la soledad.

¡María, Madre querida!, tú que experimentaste la soledad tantas veces, ten compasión de mí que a veces estoy en soledad. Porque tú muchas veces debiste quedarte sola mientras tu divino Hijo evangelizaba, y también te quedaste sola después de la muerte de tu Jesús. Tú entiendes muy bien a los que están solos, y tienes compasión de ellos, de nosotros.
Madre mía, consuela a los que se encuentran solos, y a los que el demonio los quiere llevar al desaliento, a la desesperación y al suicidio. Confórtalos ya que tú estás con tu cuerpo glorioso al lado de cada uno de ellos. Dales señales de tu presencia materna a su lado, para que tomen valor y coraje para seguir viviendo, esta vez más contentos, sabiendo que tú estás junto a ellos para infundirles confianza y darles alegría, como solo una madre sabe hacer con sus hijos.
¡Te amamos, Madre del Cielo, y nos encomendamos a ti, en las buenas y en las malas, en el bullicio y la alegría, como en la soledad y la tristeza!
¡Bendita seas por siempre, Causa de nuestra alegría!

jueves, 11 de noviembre de 2010

Confiar en el perdón.

Al alma culpable, oprimida bajo el peso de sus faltas, Jesús decía: “Confía, hijo, tus pecados te son perdonados”.
(De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent
Comentario: 
¡Cuántas veces nos parece que no fuimos perdonados por Dios! Hemos cometido un pecado muy grande, o muchos pecados gravísimos, o por lo menos así lo creemos nosotros, y a pesar de habernos acercado varias veces a confesarlos con el sacerdote y de recibir el perdón de ellos, desconfiamos de Dios, creemos que no hemos sido perdonados, y seguimos teniendo miedo y angustia.
Pero Dios, cuando nos perdona los pecados, los destruye completamente y somos nuevas criaturas, completamente limpias. Debemos tener confianza en la Misericordia divina, que es infinitamente más grande que todos los pecados de todos los hombres.
¿Hemos cometido un pecado muy grave? Muy bien, eso está mal. Pero lo que está peor es desconfiar del perdón de Dios, desconfiar de su Misericordia. Y eso es lo que quiere el demonio, para llevarnos a la desesperación y alejarnos así para siempre de Dios. No le demos el gusto y confiemos en Jesús, que es la Bondad infinita y que le duele más la desconfianza que el pecado más grave.

martes, 9 de noviembre de 2010

Del número de los pecados.

Por cuanto la sentencia no es proferida
luego contra los malos, los hijos de los
hombres cometen males sin temor alguno.
Ecl.8,2.
Si Dios castigase inmediatamente a quien le ofendiese, no se viera, sin duda, tan ultrajado como se ve. Mas porque el Señor no suele castigar en seguida, sino que espera benignamente, los pecadores cobran ánimos para ofenderle más.
Preciso es que entendamos que Dios espera y es pacientísimo, mas no para siempre; y que es opinión de muchos Santos Padres (de San Basilio, San Jerónimo, San Ambrosio, San Cirilo de Alejandría, San Juan Crisóstomo, San Agustín y otros) que, así como Dios tiene determinado para cada hombre el número de días que ha de vivir y los dones de salud y de talento que ha de otorgarle (Sb. 11, 21), así también tiene contado y fijo el número de pecados que le ha de perdonar. Y completo ese número, no perdona más, dice San Agustín. Lo mismo, afirman Eusebio de Cesarea (lib. 7, cap. 3) y los otros Padres antes nombrados.
Y no hablaron sin fundamento estos Padres, sino basados en la divina Escritura. Dice el Señor en uno de sus textos (Gn. 15, 16), que dilataba la ruina de los amorreos porque aún no estaba completo el número de sus culpas. En otro lugar dice (Os. 1, 6): “No tendré en lo sucesivo misericordia de Israel. Me han tentado ya por diez veces. No verán la tierra” (Nm. 14, 22-23). Y en el libro de Job se lee: “Tienes selladas como en un saquito mis culpas” (Jb. 14, 17).
Los pecadores no llevan cuenta de sus delitos, pero Dios sabe llevarla para castigar cuando está ya granada la mies, es decir, cuando está completo el número de pecados” (Jl. 3, 13). En otro pasaje leemos (Ecl. 5, 5): “Del pecado perdonado no quieras estar sin miedo, ni añadas pecado sobre pecado”.
O sea: preciso es, pecador, que tiembles aun de los pecados que ya te perdoné; porque si añadieres otro, podrá ser que éste con aquéllos completen el número, y entonces no habrá misericordia para ti. Y, más claramente, en otra parte, dice la Escritura (2Mac. 6, 14): “El Señor sufre con paciencia (a las naciones) para castigarlas en el colmo de los pecados, cuando viniere el día del juicio”. De suerte que Dios espera el día en que se colme la medida de los pecados, y después castiga.
De tales castigos hallamos en la Escritura muchos ejemplos, especialmente el de Saúl, que, por haber reincidido en desobedecer al Señor, le abandonó Dios de tal modo, que cuando Saúl, rogando a Samuel que por él intercediese, le decía (1S, 15, 25): “Ruégote que sobrelleves mi pecado y vuélvete conmigo para que adore al Señor”. Samuel le respondió (1S. 15, 26): “No volveré contigo, por cuanto has desechado la palabra del Señor, y el Señor te ha desechado a ti”.
Tenemos también el ejemplo del rey Baltasar, que hallándose en un festín profanando los vasos del Templo, vio una mano que escribía en la pared: Mane, Thecel, Phares.
Llegó el profeta Daniel y explicó así tales palabras (Dn. 5, 27): “Has sido pesado en la balanza y has sido hallado falto”, dándole a entender que el peso de sus pecados había inclinado hacia el castigo la balanza de la divina justicia; y, en efecto, Baltasar fue muerto aquella misma noche (Dn. 5, 30).
¡Y a cuántos desdichados sucede lo propio! Viven largos años en pecado; mas apenas se completa el número, los arrebata la muerte y van a los infiernos (Jb. 21, 13). Procuran investigar algunos el número de estrellas que existen, el número de ángeles del Cielo, y de los años de vida de los hombres; mas ¿quién puede indagar el número de pecados que Dios querrá perdonarles?...
Tengamos, pues, saludable temor. ¿Quién sabe, hermano mío, si después del primer ilícito deleite, o del primer mal pensamiento consentido, o nuevo pecado en que incurrieres, Dios te perdonará más?
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah Dios mío! Os doy ferventísimas gracias. ¡Cuántas almas hay que, por menos pecados que los míos, están ahora en el infierno, y yo vivo aún fuera de aquella cárcel eterna, y con la esperanza de alcanzar, si quiero, perdón y gloria!... Sí, Dios mío; deseo ser perdonado. Me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, porque injurié a vuestra infinita bondad.
Mirad, Eterno Padre, a vuestro divino Hijo muerto en la cruz por mí (Sal. 83, 10), y por sus merecimientos tened misericordia de mi alma. Propongo antes morir que ofenderos más. Debo temer, sin duda, que, si después de los pecados que he cometido y de las gracias que me habéis otorgado, añadiese una nueva culpa, se colmaría la medida y sería justamente condenado... Ayudadme, pues, con vuestra gracia, que de Vos espero luces y fuerzas para seros fiel. Y si previeres que he de volver a ofenderos, enviadme la muerte antes que pierda vuestra gracia. Os amo, Dios mío, sobre todas las cosas, y temo más que el morir verme otra vez apartado de Vos. No lo permitáis, por piedad...
María, Madre mía, alcanzadme la santa perseverancia.

 (“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

sábado, 6 de noviembre de 2010

[HOtv] Álvaro Domecq - Bienvenido Benedicto XVI.

[HOtv] Alfonso del Corral - Bienvenido Benedicto XVI.

[HOtv] José Luis Requero - Bienvenido Benedicto XVI.

Que no nos secuestren el cielo.

Semana XXXII del Tiempo Ordinario
Evangelio: Lucas 20, 27-38
 Actualmente resulta dificial hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tienda a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. Y me parece una contradicción.
Dice el apóstol San Pablo que el hombre por temor a la muerte, está de por vida sometido al señor de la muerte. Es decir, que el hombre, que quiere apartar de sí el pensamiento de la muerte, que tiene miedo a la misma, que queda desconcertado por ella, es el fabricante de la propia muerte.
En efecto, con frecuencia nuestra vida es imagen de esta mujer infecunda, que por más que intenta matrimoniarse con los ídoles que le son ofrecidos como promesa de felicidad, no lo consigue.Constantemente luchamos por conseguir que nuestro corazón se sienta pleno, vivo, con proyectos de mejorar nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra vida familiar, nuestras relaciones humanas, y nos encontramos siempre con una sensación, agriculde, de frustación, de carencias, de que nos falta algo.
Nuestra esterilidad nos lleva a preguntarnos si nuestro futuro va a se proyección del presente; si esto es lo que nos aguarda para el resto de nuestra existencia; si tenemos que conformarnos con esta muerte diaria corriendo por nuestras venas.
Y la verdad es que habiendo sido llamados a ser iconos de la vida del cielo, nos vamos transmitiendo unos a otros esa esterilidad porque vivimos sin morir. Y cuando vivimos sin morir, la muerte es absurdo, inseguridad, miedo, vacio, soledad, destrucción.
Esta es la realidad que nos secuestra el cielo, que nos hace vivir, frustados, desesperanzados. Cuando al hombre se le quieta de su horizonte, de su vida, el cielo, queda desconcertado, no sabe para qué vive, muere.
Y esto ¿por qué pasa? Porque necesitamos participar de la experiencia de la resurrección de Jesús. El hombre postmoderno, necesita tener la certeza de que la tumba de Cristo está vacía. La seguridad de que Él nos va a sacar de nuestros sepulcros.
Nosotros hemos sido bautizados en su muerte pascual, en la virginidad de una vida cuyo único amor era el Padre.
Hemos sido creados para ser imagen  de la resurrección. Se nos ha olvidado a los cristianos que somos ciudadanos del cielo; que nuestro hábitat es el cielo, que nuestra familia está en el cielo, que nuestra esperanza es el cielo. Esto es así. Según Jesús, la fe en la resurrección se funda en la fe en Dios, que no es un Dios de muertos, sino de vivos. Y el que nos acompaña es uno que ha ido al cementerio y ha vuelto; ha abierto el cielo para nosotros cerrado por el pecado y ha subido para enseñarnos el camino por el que llegamos a él.
Y todos estamos llamados al cielo, porque para Él todos viven. Al cielo sólo van los que viven; los que hacen de su muerte una continuación de su vida.
Es domingo, la Iglesia nos invita a actualizar este misterio pascual de Criso, que en su paso de este mundo al Padre, nos enrola en esta marcha y nos resucita de nuestra muerte.
Que el Señor dirija nuestro corazón para que amemos a Dios y tengamos la constancia de Cristo.
Autor: Rafael María de Santiago Sánchez (Párroco de la Sagrada Familia. Córdoba)
Semanario Diocesano de Información y Formación Cristiana - Nº 257 - 7 de Noviembre de 20101.
Iglesia en Córdoba.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El escándalo de la Cruz.




EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ

Es bien sabido que en agosto del 2011 se celebrará en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud. Son muchos los jóvenes de todo el mundo que ya han dado a conocer su decisión de participar en ese encuentro de fe y de juvenil fraternidad.
En estos meses, las diócesis de España están recibiendo la cruz de los jóvenes. Les fue entregada por Juan Pablo II para que los acompañara de una Jornada Mundial a la otra. Ahora las diversas comunidades preparan excelentes programas para recibirla y para invitar a los jóvenes a reunirse bajo su sombra. Impresiona ver la cantidad de lugares en los que ha sido acogida.
Pero más aún impresiona ver y oír los testimonios de los jóvenes que, gracias a esta cruz de madera, han descubierto la riqueza de la fe, el coraje de la esperanza y la entrega de la caridad. Son jóvenes trabajadores o estudiantes. Pero también son jóvenes que sufren la enfermedad o el desaliento. En los momentos de adoración, algunos se acercan a tocarla con respeto. Otros apoyan en ella su cabeza. Todos dejan sobre ella un beso que va dirigido al Señor de la vida y de la salvación.
Ya decía San Pablo que el Cristo crucificado era “escándalo para los judíos y necedad para los paganos, pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24). También hoy el evangelio de Jesús parece inhumano. Por eso se intenta neutralizarlo subrayando la infidelidad de los que lo anuncian.
Con la excusa de no ofender a los miembros de otras religiones, hoy se trata de retirar la cruz de la escena pública. La cruz nos recuerda la entrega del mayor amor. No estamos dispuestos a seguir un camino que nos exige abandonar nuestro egoísta individualismo.
Monseñor Fulton Sheen escribió que “el Cristo sin crucificar es el deseo de la gente mundana”. Aquel “obispo de la televisión” añadía que “negarse a bajar de la cruz será siempre el reproche a Jesús de los que quieren un Cristo alfeñique, con manos blancas y sin llagas”.
La veneración de los jóvenes de hoy a la cruz les ayudará a comprender que no se sigue de balde a Jesús. Si Él fue perseguido y calumniado, también habían de serlo sus discípulos. Los de antes y los de ahora. En una parte y en otra del ancho mundo, los cristianos sufren persecución y muerte.
Pero no se trata de apuntarse voluntariamente a la lista de los mártires. La cruz anuncia la salvación y denuncia las dificultades que ponemos a la salvación integral del hombre. En consecuencia, la aceptación personal de la cruz les enseña a los jóvenes –y nos enseña a todos- que es hora de ahorrar las cruces de dolor, de olvido y de injusticia que imponemos sobre los hombros de los demás.
Estamos acostumbrados a invocar la señal de la santa cruz para que nos libre de nuestros enemigos. Hoy es hora de invocarla para que el amor de Jesucristo nos ayuda a vivir la fraternidad universal.

José-Román Flecha Andrés