miércoles, 27 de julio de 2011

Propósito.

Cuando San Pedro, saltando de la barca, se lanzó al encuentro del Salvador, caminó con firmeza sobre las olas. El viento soplaba con violencia. Las olas ya se levantaban en torbellinos furiosos y socavaban en el mar abismos profundos. La vorágine se abría delante del Apóstol. Pedro tembló; dudó un segundo. Y así comenzó a hundirse... “Hombre de poca Fe, le dijo Jesús, ¿por qué has dudado?”.
He ahí nuestra historia. En los momentos de fervor nos quedamos tranquilos y recogidos junto al Maestro. Viene la tempestad, el peligro absorbe nuestra atención. Desviamos entonces la mirada de Nuestro Señor para fijarla ansiosamente sobre nuestros sufrimientos y peligros. Dudamos... y luego nos hundimos. 
 (De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent)



Comentario: 
Hagamos un propósito. Cuando nos lleguen los problemas, las tentaciones y los miedos, tratemos de confiar en el Señor. Porque es fácil confiar en Dios en los momentos de bonanza y de consuelo espiritual, pero lo difícil es confiar cuando las cosas parecen que salen al revés de como las planeamos.
Simplemente cuando las cosas se compliquen, digámosle a Jesús: “Yo confío en Ti”. Digámosle a María: “Madre mía, confianza mía”; y aunque no sintamos los efectos de la confianza en nosotros y sigamos sintiendo miedo, habremos hecho un acto de confianza en Dios y en su Madre, y nos alegraremos después que pase la tormenta por ese acto valeroso que hicimos en medio de la oscuridad.
Solo una cosa es necesaria: la confianza en Dios. Si tenemos confianza en Dios, entonces lo tenemos todo. Porque pase lo que pase, nosotros estaremos anclados en esa confianza imperturbable y todopoderosa, porque está depositada en Dios, que es Todopoderoso y para quien no hay imposibles.
Si hacemos algo mal, hagamos como los niños que hacen algún lío, que confían en que su padre lo puede solucionar. Así también nosotros, cuando hagamos algo malo o muy malo, y echemos a perder lo que con tanto sacrificio estábamos construyendo, o que otros estaban construyendo, acudamos a nuestro Buen Padre Dios, que todo lo puede arreglar. Lo único que no tiene arreglo es la condenación eterna en el Infierno.

miércoles, 20 de julio de 2011

Nuestro público es Dios


Nuestro público es Dios
Monseñor Munilla hace un paralelismo entre las críticas que reciben los protagonistas del cuento y las que recibe hoy la Iglesia
Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre |
Seguramente muchos habremos escuchado en nuestra infancia, de labios de nuestros padres y abuelos, aquel sabio cuento que tenía como protagonistas a un padre y a su hijo. Los dos viajaban con su burro atravesando diversos pueblos, suscitando comentarios muy dispares entre los lugareños.

Al pasar por el primer pueblo, el padre montaba sobre el burro y el hijo caminaba a su vera. Los comentarios no se hicieron esperar: "¡Qué padre tan inmisericorde! ¡El pobre niño caminando y él encima del jumento, como si fuera un sultán!"

Al escuchar las murmuraciones, decidieron cambiarse antes de llegar a la siguiente población, de forma que ahora el padre caminaba y el hijo era quien montaba el borrico. Pero, sin embargo, las críticas no hicieron sino cambiar de signo: "¡Mira qué juventud tenemos hoy en día! ¡El anciano padre caminando, y un muchacho tan ágil, sentado a lomos del burro!"

Visto lo visto, pensaron que lo mejor sería montar los dos sobre el asno al pasar por el tercero de los pueblos. Pero las cosas se pusieron todavía peor: "¡Pobre burro! ¡Los que van montados en él demuestran ser más bestias que el desdichado animal!"

Aturdidos por tanta crítica, decidieron entrar al cuarto pueblo, ambos a pie, junto al burro. Pero, ni por esas...: "Pero, ¡qué tontos! ¿Para eso se han comprado un burro?, ¿para ir andando?".

La moraleja que se nos transmitía con la narración de este cuento, era tan evidente como importante: Necesitamos ser libres del juicio ajeno, para poder obrar en justicia y en verdad. Quien tiene su referente en las críticas de los demás o en los aplausos cosechados, está condenado a no actuar en conciencia.

Pasados ya muchos años, he ido comprendiendo que aquella sabia narración que mi difunto padre nos contaba de pequeños, tiene más aplicaciones de las que él mismo hubiese supuesto. ¿Acaso no le ocurre a la Iglesia hoy en día, lo mismo que a los protagonistas del cuento? ¿No tenemos también nosotros que extraer la enseñanza de conquistar la necesaria libertad interior, para que la vida de la Iglesia sea lo que Dios quiere de ella, sin dejarnos amedrentar por tantas burlas, sátiras y comentarios ligeros?
El padre sobre el burro y el hijo caminando

A veces se le acusa a la Iglesia de paternalismo y/o de autoritarismo: "¡Míralos..., hablan ex cátedra y se creen que están en posesión de la verdad!". En medio de una sociedad en la que la figura del padre, e incluso el mismo sentido de autoridad están en plena crisis, existe una reacción alérgica hacia el Magisterio de la Iglesia.


El hijo montado y el padre a pie

Es de sobra conocida la predicación moral de Iglesia respecto a los más débiles: enfermos, pobres, ancianos, niños no nacidos, huérfanos e hijos de familias desestructuradas, embriones congelados, etc. Pero, sin embargo, tampoco aquí nos libramos de la incomprensión: "¡Cada uno decide los valores que cree que deben ser respetados!". En efecto, la opción cristiana "pro vida", se presenta como enemiga de la mentalidad "pro libre elección".


Los dos montados sobre el asno

Cuando la Iglesia se sirve de los medios modernos para la evangelización -televisión, radio, Internet, presencia en foros públicos, etc-, con mucha frecuencia es percibida y criticada como una intrusa en la vida pública: "¿Por qué tienen que sermonearnos fuera del púlpito?". Y es que, con frecuencia se nos quiere hacer creer que el ámbito de las creencias religiosas se circunscribe únicamente al interior de la conciencia y a la sacristía.


Ambos a pie, junto al burro

Paradójicamente, otras veces la Iglesia es criticada, precisamente, por no dirigirse al hombre de hoy en su propio lenguaje: "¿Cuándo se darán cuenta de que se están quedando anquilosados con esa forma tan obsoleta de evangelizar?". Frente a estas contradicciones, nosotros no podemos perder la conciencia de que los métodos modernos de evangelización, han de ser acompañados con la oración y la penitencia, para que puedan ser eficaces y fecundos.


Moraleja: Nuestro público es Dios

Evidentemente, la moraleja del cuento no puede ni debe ser que, tengamos que hacernos sordos a las correcciones y a las críticas, incluso cuando sean formuladas desde el desamor. Así lo decía sabiamente Unamuno: "Toma consejo del enemigo". Pero, ciertamente, una conclusión necesaria es que no perdamos la paz por causa del ambiente de juicios ligeros y críticas sistemáticas, en el que estamos envueltos. Esta es la moraleja: ¡Nuestro público es Dios! La Iglesia necesita la libertad interior para poder realizar la voluntad de Dios, que es justicia, amor y esperanza para todos los hombres.

viernes, 15 de julio de 2011

Lo que perdemos.

La desconfianza, sean cuales fueren sus causas, nos trae perjuicios, privándonos de grandes bienes. 
 (De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent) 
Comentario: 
Lo que perdemos por no confiar en Dios es incalculable, e incluso podemos perder hasta nuestra alma si desconfiamos de la Misericordia divina.
Pero en las cosas ordinarias de todos los días, debemos confiar ciegamente en Dios, sabiendo que Él domina todas las cosas y que no hay nada que pueda pasarnos sin que Dios lo quiera o lo permita. Y si lo permite siempre es por amor hacia nosotros, nunca por odio o maldad, porque Dios es incapaz de hacer mal ya que el es la misma Bondad. Y aunque las apariencias sean que Dios nos castiga con algún acontecimiento, está en el alma saber ver la mano amorosa de Dios detrás de ese hecho funesto.
Hagamos el intento a partir de hoy, de ahora mismo, de confiar cada vez más en Dios, reconociéndole como lo que Él es: Todopoderoso, y estando convencidos de que Él nos ama y jamás nos causaría un dolor sin un motivo de amor hacia nosotros. Está en nosotros el saber verlo así y jamás desconfiar de Dios, pase lo que pase.
Tenemos que rezar mucho para que Dios nos dé fuerzas para sobrellevar las pruebas y salir victoriosos y con méritos de todas ellas, porque la vida del hombre sobre la tierra es tiempo de prueba, así que quien quiera vivir tranquilo en este mundo, está equivocando el camino, porque en este mundo está también su amo: Satanás, que nos hará la guerra para perdernos en el tiempo y en la eternidad, y al cual Dios permitirá actuar para probarnos y santificarnos. Pero quien no reza no saldrá bien parado de la prueba.
Entonces hay que hacer lo que decía San Padre Pío de Pietrelcina: “Reza, ten fe y no te preocupes”, es decir: reza, ten confianza y no te preocupes de nada.

miércoles, 13 de julio de 2011

Abortó, pasó 20 años de insomnio y tristeza, y hoy, tras perdonarse y volver a Dios, tiene paz

Bajó a lo más profundo de los infiernos en vida, y tras encontar la paz en el Señor, la felicidad volvió a su vida.
ReL publica el impresionante testimonio narrado por Laura Díaz de Gómez, del Distrito Federal de México, y que fue recogido por el portal oficial del Arzobispado de México – SIAME.
No querer abortar
«Mi testimonio lo comparto con ustedes porque sé lo que es abortar y sé también lo que significa “no querer interrumpir un proyecto de vida”.
»Nací en provincia y a los 16 años viajé al DF para estudiar. Llegué a la ciudad de México con mi maleta llena de ilusiones y de sueños, con ganas de triunfar y de alcanzar el éxito. Me alojé con una tía que era lesbiana. Allí comencé a impregnarme de muchas ideas y empecé a experimentar un fuerte rechazo a la Iglesia a pesar de que mi familia es católica y soy bautizada. Con mi tía viví experiencias muy fuertes, incluso hasta llegué a tener dudas sobre mi sexualidad. Pero como buena emprendedora, quise reafirmar mi inclinación saliendo con varios hombres. Desde los 18 años comencé a tener relaciones sexuales y me ponía a pensar: “total, si me afecta o me embarazo, no pasa nada, aborto y ya”.
Liberal, altanera y alejada de Dios
»A los 21 años estudiaba la carrera de comunicaciones en la UNAM; era una mujer completamente alejada de Dios, liberal y altanera; continuaba con mis aventuras ya que había logrado que mi papá me comprara un departamento… Hasta que un día quedé embarazada.
Un infierno de tristeza
Cuando esto ocurrió, no me alteré ni espanté, recordé aquellas ideas liberales y pensé algo así como lo que hoy se dice: “no puedo tener un bebé ahora porque interfiere con mi proyecto de vida”… así que decidí abortar. Pero con mi bebé murieron también todas mis ilusiones… creo que ese día yo misma me asesiné; me hundí en un infierno de tristeza y vi mi proyecto de vida destruido.
Un insomnio que dura 20 años
»Han sido 20 años de insomnio: iba a un psicólogo y a otro, eran unos momentos de histeria y pánico. Durante las clases en la facultad me salía del salón sin ningún motivo, me ponía muy nerviosa y corría a los jardines a buscar un lugar solitario para poder llorar.
»En la casa, sin saber porqué, no podía dormir en las noches y varias veces escuché el llanto de un bebé… me sentía terrible, era un dolor interminable y una tristeza espantosa. Tuve que dejar la carrera porque reprobé todas las materias, así que comencé a trabajar, pero no podía conservar un empleo por más de tres meses debido a las crisis que me atacaban.
Busqué respuesta en la brujería…
»Precisamente por eso hace unos días me dio mucho coraje cuando leí la declaración de una mujer que decía: “Dejen que las mujeres aborten en paz”. ¡Que tontería! no saben a donde están aventando a las mujeres. Caí en todo: brujería, vacío, soledad… aún no encuentro las palabras para explicarlo.
Encontré la paz
»Años más tarde me casé y me fui a vivir a Cancún. A un costado de la casa donde habitábamos había una capilla, cuyo sonido de las campanas, los cantos, la Misa entraban por mi ventana. Pero mi dureza y miedo no me dejaron entrar ahí. Por mucho tiempo permaneció así. En una ocasión, cansada de la vida, decidí entrar al templo y confesarle al sacerdote todo lo que me estaba ocurriendo. En ese momento me regresó la paz, porque el sacerdote me enseñó a perdonarme a mí misma.
Una vida que cambia
»Poco a poco fui encaminando mi vida y en ese sentido mi esposo fue uno de mis pilares, nunca me juzgó ni me criticó, y sé que le duele también porque a él le gustaría que yo tuviera una paz plena. Por lo que hice con mi bebé sé que no merecía tener un título, no merecía tener un hijo tan hermoso ni un esposo como el que ahora tengo. Cuando me casé no me podía embarazar, pero le pedí a Dios que me diera la oportunidad de tener una vida en mis manos y que esta vez no lo iba a defraudar. Y Dios me concedió a mi hijo que actualmente tiene cinco años.
No más víctimas del aborto
»Cuando regresé a México mi vida estaba cambiando, de la mano de Dios, porque gracias a Él encontré nuevamente el rumbo de mi vida y ahora pienso que el niño que no quise tener está en el cielo. He contado en mi parroquia este testimonio, pero quiero que más mujeres jóvenes lo escuchen, no quiero que nadie sufra la muerte humana -que yo viví- ni que pierdan la paz».

lunes, 11 de julio de 2011

No hacer proyectos.

Entonces te debes habituar a otro modo de pensar, a otro modo de obrar. No te toca a ti pensar lo que te conviene; no hagas proyectos, no construyas el mañana, porque ya ves cómo lo disipo todo en el aire y tú después quedas mal.
(Mensaje de la Santísima Virgen al Padre Gobbi) 
Comentario: 
Como consagrados a María debemos vivir bien el momento presente, con abandono, sin hacer proyectos y planes para el futuro, porque la Virgen quiere ir desvelándonos el futuro a medida que lo vamos viviendo cada día.
Es necesario que tengamos esta docilidad de espíritu y esta disponibilidad para que María nos utilice como quiera, cuando quiera y en lo que Ella quiera.
Hagamos el intento a partir de hoy, de ahora mismo, de vivir así, abandonados en María, preguntándole a cada momento qué es lo que quiere que hagamos. Y no nos preocupemos por ninguna otra cosa, ni por el pasado ni por el futuro, sino estemos seguros y confiados en que la Virgen nos irá llevando de la mano en todo lo que tengamos que vivir en nuestra vida.
Estamos acostumbrados a tener éxito en nuestras obras, pero no siempre las apariencias son las correctas, porque Jesús triunfó cuando todo parecía el más absoluto fracaso. Así también nosotros debemos habituarnos a pensar con la mente de María, y entonces sí que daremos frutos abundantes aunque no hagamos grandes cosas.
Así como la santificación consiste sobre todo en hacer la voluntad de Dios, así también la perfecta vivencia de la consagración mariana es cumplir y seguir la voluntad de María, que Ella nos va revelando momento por momento.
Esto no es algo nuevo puesto que Jesús, en el Padrenuestro, nos ha enseñado a pedir el pan de cada día, el pan de la Palabra, del alimento material, de la voluntad de Dios de cada día.
 Hijo mío, cuando te acerques a servir al Señor, prepárate para la prueba, mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes cuando te sobrevenga una desgracia. (Sir 2,1-2)

 Quien no ha pasado pruebas, poco sabe. (Sir 34,10)

miércoles, 6 de julio de 2011

El cielo lo arregla todo.



Un día San Juan Bosco fue a visitar a Cottolengo. Buscaba un consejo: “¿Qué remedio debo recomendar a las personas aburridas de la vida, desesperadas y llenas de mal genio y de depresión por la pobreza, las enfermedades y problemas de la vida o por el mal trato que les dan los demás? “Mira, Bosco, respondió Cottolengo, el mal del aburrimiento, de la tristeza o de la depresión es el mal moderno más común de todos. Para combatirlo, nos ha mandado Dios un gran remedio siempre antiguo y siempre nuevo: Pensar en el cielo que nos espera. No olvides nunca que un pedacito de cielo lo arregla todo”.


Efectivamente, un pedacito de cielo lo arregla todo. La fe en Dios, el creer que hay otra vida, es de gran ayuda para el ser humano, pero lo es, sobre todo, en momentos de dificultad. 

La fe da felicidad: Dichoso el que confía en el Señor, en su fuerza, en su poder. “Todo es posible para quien cree” (Mc 9,23). La fe en Dios abre caminos, levanta, cura, sana. Esta verdad se la recuerda Gabriel a María: “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37). Con Él todo es posible, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Flp 4,13).

Dios no abandona al que confía en Él. Podemos repetir con el salmista: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, mi Dios nunca me abandonará” (Sal 27,10).
El día que murió Juan XXIII, murió también invadido por el mismo mal un actor de cine archimillonario. Mientras el Papa santo exclamaba: “Cristo, todo por ti y por la salvación de los pecadores”, y moría rezando fervorosamente el padrenuestro, el otro se pegó un tiro. 

Si la fe ayuda en los momentos amargos, una actitud alegre puede borrar los nubarrones más negros. La alegría, aún en momentos de dolor, es una virtud característica de la vida de muchos santos. 

Jesús decía a Sor Consolata Bertrone, mujer que sufría mucho: “Acostúmbrate a vivir con un semblante como el del que está dispuesto a sonreír”.

San Ignacio enseñaba: “Es propio de Dios y de sus ángeles llenarnos de pensamientos de alegría al hacernos ver que nuestra vida y nuestros sufrimientos no son inútiles”.

De San Romualdo dicen sus biógrafos que tenía siempre un rostro tan alegre que llenaba de alegría a cuantos trataban con él.

San Francisco suspirando exclamó: “Qué poquito es vivir sólo para trabajar, y trabajar sólo para vivir. Con razón hay tanta gente que vive triste. Es que no tiene motivaciones elevadas que inviten a tener más entusiasmo”. 

Para vivir en la tierra alegre y feliz, es preciso tener fe y los ojos muy clavados en el cielo. Ciertamente que un pedacito de cielo lo arregla todo.