lunes, 20 de enero de 2014

No retiraremos los crucifijos


A los que odian a Dios, el crucifijo les duele. Saben que la Cruz es signo de la victoria de Cristo y no están dispuestos a tolerarlo. Quieren convertir a Dios en el gran ausente; quieren sacarlo de las calles, de los hospitales, de los colegios, de la universidad. Lo que ha pasado con la exposición sobre la vida y obra de la Madre Teresa de Calcuta, es muy significativo. Unos han declarado sentirse ofendidos por los símbolos religiosos y otros los han retirado para no ofender.

Lo cierto es que la Iglesia de hoy no necesita católicos tibios, cumplidores de preceptos que se conformen con ser tan buenos y tan políticamente correctos que retiren crucifijos de una exposición que versa sobre la vida de una santa de la iglesia. Un absurdo y un contrasentido.

No se trata de imponer nada, sino de proclamar nuestro derecho a ser testigos de Cristo y a manifestarlo públicamente. Por negarse a quitar un crucifijo, más de un cristiano ha dado su vida. Recuerdo ahora el caso de Helen Kafka, una religiosa Franciscana de la Caridad de Viena, que en 1938 desobedeció el mandato nazi de quitar los crucifijos del hospital en el que trabajaba, por lo que fue arrestada y condenada a muerte.

No, no podemos retirar los crucifijos porque a quien nosotros predicamos es precisamente "a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 23).
Fuente:http//eligelavidanet.com.es

lunes, 13 de enero de 2014

LA BELLEZA

La belleza es algo que no se refleja en la fachada. Hay muchas personas bellas que luego resulta que no lo son. Sin embargo, en la madurez, cuando lo físico empieza a menguar, reluce una belleza que con el tiempo crece y se hace más bella.

Y es que la belleza no radica en el aspecto, sino que se esconde dentro del corazón. Se hace difícil verla, porque es algo tan valioso que no se lleva como un cartel publicitario. Así como la fachada luce, refleja y resplandece, la belleza permanece oculta y sale sólo en los momentos que es provocada.
 
Ocurre que pronto, la fachada, expuesta a la intemperie, sufre el deterioro de las inclemencias del tiempo. Más la belleza, guardada en lo más profundo del corazón, se hace cada día más bella. Descubrir la belleza no es tarea fácil. Lleva tiempo y paciencia, pero sobre todo mucha conversación y espacios de compartir y apurar situaciones que la ponga a prueba. A veces es el tiempo quien la descubre, como la fruta que cae, por madura del árbol que la sostiene.
 
Pero vale la pena esperar, porque la belleza nunca muere, siempre está joven y reluciente. Por eso, cuando se descubre la belleza, el amor nunca muere.